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El arte de estar en el trabajo pero no trabajar

Por: pijamasurf - 11/11/2014

En algún sentido, podríamos estar viviendo la era dorada de la simulación laboral (largas pero poco productivas jornadas)

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Hasta cierto punto, vivimos en la era de la distracción. Campos de pestañas, "ventanitas", pantallas, sonidos, conversaciones y noticias, entre otros, están permanentemente luchando por nuestra atención, a todas horas, sin respetar el baño, el templo o la oficina. Y lo anterior, aunado a otros factores en torno a las circunstancias laborales que viven millones de personas, han terminado por refinar el antiguo arte de "trabajar sin trabajar", incorporando a muchos a un terreno que en algún momento fue casi exclusivo de burócratas y holgazanes. 

Con la consagración del capitalismo y los estilos de vida que promueve, el concepto de empleo fue modelándose bajo una guía deshumanizada: trabajar para ganar dinero que luego pueda usarse para comprar cosas desechables, innecesarias pero ligadas a una noción de estatus social. La eterna persecución de bienes materiales para construir una endeble identidad que luego, en algún punto de nuestras vidas, se revele a sí misma como absurda e insuficiente.

Douglas Rushkoff cuestiona la posible obsolescencia del actual modelo de empleo y comenta:

Me da miedo siquiera preguntarlo, pero ¿desde cuándo el desempleo se convirtió en un problema? Entiendo que todos queremos nuestro salario, o al menos queremos dinero. Queremos alimento, techo, vestido y todas esas cosas que el dinero puede adquirir. ¿Pero de verdad queremos empleos?

La productividad, como la zanahoria que perseguimos infinitamente sin preguntarnos por qué o para qué, se traduce casi inevitablemente en la pérdida de sentido de una buena porción de nuestra existencia –sobre todo si consideramos que dedicaremos una buena parte de nuestras vidas a laborar, algo así como 100 mil horas–. Nociones como compromiso, inspiración, congruencia y gusto fueron gradualmente ausentándose de nuestro panorama, y así se favoreció, paradójicamente, el arte de la simulación laboral, estar en el trabajo cumpliendo "horas hombre" y resolviendo tareas a cuentagotas, pero realmente sin trabajar.  

Lo anterior, un modelo laboral arcaico, innumerables distractores, poca identificación de los empleados con sus lugares de trabajo, nula inspiración y falta de estímulos creativos, ha provocado que cada vez más personas se entreguen a la simulación laboral. Un caso épico es el de un burócrata alemán que servía en el ayuntamiento de Menden, un pueblo alemán, y quien tras retirarse luego de 14 años de "laborar" ahí confesó jamás haber hecho algo: "Desde 1998 estuve ahí pero en realidad no estuve presente. Así que estoy bien preparado para el retiro". La confesión se filtró a un diario local y causó revuelo. 

Paradójicamente, este fenómeno que parece hoy más popular que nunca, contrasta con la era del estrés laboral: jornadas interminables y la disolución de las fronteras entre vida privada y trabajo (fomentado por la comunicación electrónica y los dispositivos móviles). Al respecto un estudio realizado en Suecia reveló que los empleados utilizan entre 1.5 y 3 horas de su jornada laboral, diariamente, a resolver asuntos o atender distracciones que no tienen que ver con sus tareas. Y finalmente tenemos el fenómeno de la procrastinación, la cual es como estar corriendo pero sin avanzar, es decir, estar haciendo cosas, incluso bajo presión, pero sin realmente estar resolviendo o avanzando en nada. Estos dos últimos factores podrían explicar por qué a pesar de que cada vez estamos más tiempo en una oficina pero sin trabajar, eso no excluye la posibilidad de que nos sintamos estresados.

En fin, un fenómeno más de la vertiginosa contemporaneidad sobre el cual valdría la pena reflexionar –quizá, comenzando por responder a si estás leyendo este artículo desde tu oficina y en horario laboral. 

 

 

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Una imagen altamente simbólica, acaso alquímica: la luz del Sol sobre el mar de metano de Titán, eco del proceso creativo universal

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Estas imágenes enviadas por la sonda Cassini (el robot más fino del Sistema Solar), que explora Saturno y sus lunas, son ciertamente impresionantes pero quizás no lleguen a deslumbrarnos, ante nuestra costumbre de ver nebulosas retocadas que semejan festivales de pirotecnia cósmica. Sin embargo, hay un cierto resplandor simbólico que quizás nos haga sensibles a la poesía y al misterio que ofrecen estas excursiones hacia los gigantes de gas.

En la primera imagen, vemos el reflejo de la luz del Sol en un mar de hidrocarburo en Titán. Esta es la primera vez que podemos ver el reflejo especular del Sol en el mar de otro mundo, en este caso el Kraken Mare; para hacerlo, es necesario que la sonda se encuentre en el lugar preciso en el momento exacto (cuando el Sol está justo encima del horizonte y se hace un claro entre las nubes). En la segunda imagen vemos al Sol sobre el Kivu Lacus, un lago también en Titán.

Titán tiene cierto parecido con la Tierra. Es la segunda luna más grande del sistema solar y el único lugar que posee grandes extensiones de líquidos, aunque no de agua sino de metano. Se cree que las condiciones que observamos podrían ser similares a las que tuvo la Tierra cuando se inició la vida; por ello, es un enorme laboratorio para buscar la vida primigenia.

Lo más sobresaliente de esta composición es el eco simbólico con el momento de creación. En la Biblia tenemos la narración del "espíritu de Dios que se agitó sobre las aguas" para marcar el punto inicial del mundo (ese espíritu es representado como la luz). Es en la literatura védica, sin embargo, donde esta imagen cobra su más profunda relevancia. En su libro de mitología de la India, Ka, Roberto Calasso escribe:

El primer estado entre todos, aquel al que se vuelve entre un acontecimiento y el siguiente, como a una última barrera, es el nacimiento del fuego desde el agua. De Agni desde Soma. El fuego líquido… Por eso la primera forma adoptada por el pensamiento fue la de un bracero sumergido que se expande, un resplandor en el agua. 

Según Calasso, esta imagen del fuego en el agua se repite en los Vedas y marca el punto en el que la mente se desdobla y penetra el mundo, es el abrevadero de la materialización del espíritu --esa misma chispa creativa. Una imagen que los alquimistas tomaron, como fusión de los opuestos, para designar a uno de los elixires (medicina universal), el ignis-aqua o alkahest. Dice el alquimista Eirenaeus Philalethes que "el vulgo arde con fuego, nosotros con agua".

Si bien la imagen de este "fuego líquido" en Titán es apenas un atisbo metafórico y seguramente no se compara con la primera imagen de la Tierra desde otro mundo, lo que Carl Sagan llamara "una canica azul pálida", uno puede dejarse llevar por un cierto asombro místico.  Tal vez al asomarnos a estos mundos, de alguna forma, estemos espiando el proceso de ignición de la vida en alguna de sus manifestaciones.

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 Twitter del autor: @alepholo