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Reflexionemos sobre la importancia de poder elegir cómo modificamos nuestra mente y la posibilidad de poder hacerlo de manera segura e informada: legalizar el uso medicinal de sustancias como el DMT, el LSD, los hongos alucinógenos y la ayahuasca debería de ser parte de la agenda, no sólo la marihuana

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En su inercia de clasificar a la mayoría de las drogas psicoactivas como ilegales y asociarlas con violencia y subversión ideológica, la "guerra contra las drogas" se lleva consigo y atropella a sustancias que tienen un enorme potencial medicinal y una capacidad de provocar experiencias que dotan de significado a la vida humana.

La palabra "psicodélico" significa que "manifiesta la mente" y fue acuñada por Humphry Osmond en su correspondencia con Aldous Huxley, quien empezaba a mostrar interés en el uso de mescalina y LSD como una forma de deshinibir la función cerebral para acceder a una dimensión sensorial y mnemónica más amplia: el mundo de las imágenes arquetípicas, del anima mundi o de la percepción extrasensorial. En el origen de esta palabra que ha llegado a ser muchas cosas --capacidad visionaria, recreo sensorial, colores, luces, música, experiencias transformadoras, viajes que lo mismo proyectan el cielo que el infierno-- podemos entrever una de las razones subyacentes por las cuales sustancias como la mescalina, la ayahuasca, la psilocibina, el LSD, el DMT, el MDMA o la ketamina, todas las cuales han demostrado un notable uso medicinal y/o terapéutico, siguen estando ensombrecidas por la prohibición y la mirada condenatoria de la sociedad: manifestar la mente no es algo que fomenten las personas que hacen leyes en nuestra sociedad. Es mejor para el actual sistema y el orden de las cosas reprimir la mente o dejarla como está.

Terence McKenna, el gran entusiasta de las sustancias psicodélicas, solía decir con su característica pirotecnia verbal que tener una experiencia psicodélica no sólo era el derecho de una persona sino una urgencia vital de la mente, de la misma manera que el sexo es una urgencia del cuerpo: cualquier persona que se considerara seriamente interesada en explorar el misterio de la existencia debía de ingerir alguna vez en su vida una fuerte dosis de un enteógeno en la oscuridad y "poner atención y respirar". ¿Por que no pensar e incluso luchar por la idea de que es un derecho básico poder tener una experiencia psicodélica?

En este tenor, el Dr. Thomas Roberts ha publicado un brillante texto sobre los psicodélicos como un derecho constitucional fundamental. En primera instancia esto podría sonar como la disparatada petición de una cabeza de ácido o algo así, pero bien analizado, hay una lucidez impecable en los argumentos de Roberts (profesor de la Universidad de Northern Illinois).

Desde la década de los '60, con el boom de la psicodelia, cuya cara visible fue Timothy Leary, las sustancias psicodélicas han sido encasilladas como drogas controladas de tipo 1 (las más reguladas), agrupando a la heroína y la cocaína en la misma categoría que el LSD o la mescalina. Esta clasificación no sólo castiga severamente a aquellas personas que consumen estas "drogas" (que seguramente no deberían de ser llamadas con la misma palabra: drogas, lo cual denota una falta de sensibilidad matizada, aunque este es ciertamente el término oficial); impide, también, que se designen fondos federales a cualquier tipo de estudio o contrato relacionado a su legalización. Y aunque en los últimos años hemos visto un prometedor renacimiento de la medicina psicodélica, sobre todo después del estudio seminal de la Universidad de John Hopkins con hongos alucinógenos y del trabajo de MAPS, existe un claro rezago si se compara con lo que se ha logrado con la marihuana. Mientras que la marihuana se encuentra en el centro de la agenda del activismo y empieza a convencer a todas las personas indicadas --al menos de su uso medicinal--, otras drogas psicodélicas ni siquiera se discuten, dejado de lado una paleta multicolor de ricas posibilidades para la medicina y la psicología.

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Thomas Roberts advierte, siguiendo las conclusiones a las que llegó Rick Strassman, que la mayoría de los incidentes negativos reportados con el uso de psicodélicos son justamente debido a las drásticas regulaciones: dosis en cantidades desconocidas, posible contaminación de las sustancias, consumidores con condiciones de salud riesgosas y un "set and setting" estresante: "Estos 'percances' ocurren debido a que nuestras políticas actuales prohíben legalmente hacer pruebas a las drogas, guiar y preparar las sesiones y realizar una integración post-sesión".

Hace unas semanas se dio a conocer el caso de la muerte de una niña de 15 años en Inglaterra, aparentemente por consumir MDMA impuro. La madre, Anne Marie Cockburn, reclamó con notable lucidez al gobierno la importancia de legalizar el consumo del MDMA, justamente para poder regular la pureza y ofrecer una alternativa segura.

Estamos de acuerdo con Roberts en que "la política psicodélica debería fomentar el desarrollo de lugares seguros y de procedimientos productivos para que se beneficien de este innovador camino para resolver problemas. Para mejores resultados, estos centros probablemente deben ser incrustados en espacios que provean revisión, preparación, guía e integración profesional". La idea no es legalizar las sustancias psicodélicas a lo salvaje, sino crear los canales conducentes para que puedan ser incorporadas a la sociedad como un saber, como parte de una nueva ciencia integral y así puedan ser maximizadas tanto medicinal como psicológica o espiritualmente. 

Thomas Roberts toca la fibra medular de esta cuestión. Ya no se suprimen libros o ideas subversivas, se suprimen estados mentales, en este caso de una conciencia psicodélica. "Además de nuestro estado mente-cuerpo ordinario, despierto, por default, nosotros los humanos tenemos la habilidad de lograr muchos estados mente-cuerpo con sus particulares habilidades residentes... Usando mindapps (psicotecnologías), podemos instalar estos estados en nuestras mentes. Los psicodélicos son una familia de mindapps". Estas apps mentales son continuación del concepto de los ocho circuitos del cerebro de Tim Leary, la biocomputadora humana y los metaprogramas de John Lilly o los "túneles de realidad" de Robert Anton Wilson. En nuestro mundo, construido por la percepción y el lenguaje, todo es un software que llevamos más o menos (in)conscientemente. Es nuestro derecho como seres inteligentes desechar o rediseñar estos programas portátiles que instalamos en nuestro cerebro. "La inteligencia es la habilidad nativa de una criatura de lograr sus fines variando el uso de sus poderes", escribió Barzun. Los psicodélicos son parte de esta variación posible de nuestros poderes.

Hay otro componente importante en esta ética psicodélica. Desde el trabajo de Osmond y Janiger (quien administró LSD a Cary Grant, en terapia) pasando por Leary (quien realizó un experimento exitoso con prisioneros para disminuir su reincidencia a través de psicodélicos), Stan Grof, Claudio Naranjo o las actuales clínicas de iboga y ayahuasca para tratar adicciones, las sustancias psicoldélicas son parte de un poderoso linaje en el tratamiento y saneamiento de la psique humana, el cual, por supuesto, se remonta a las antiguas tradiciones chamánicas. Y sin embargo, señala Roberts, enfocarnos sólo en la psicoterapia nos hace perder de vista algo importante: las experiencias psicodélicas nos informan sobre qué significa ser una persona y qué es la cultura humana". Al  ser "psicotecnologías" también son reservas de memoria, una especie de bosques tropicales de la mente con una riqueza histórica de gran diversidad de imágenes, arquetipos e información equivalente a las zonas protegidas de nuestro planeta. Nuestra cultura ha preferido sepultar estas profusas selvas de información que a su vez acarrean una cierta conducta y forma de habitar el mundo, puesto que abrir la caja caleidoscópica de Pandora significa también liberar una hueste de demonios y sombras que no necesariamente son agradables y amenazan el edificio de nuestra razón. Al mismo tiempo, nuestros doctores están acostumbrados a medicinas predecibles que pueden tomarse en cualquier lugar, y no están preparados a considerar la importancia del ambiente y de las condiciones particulares en las que se encuentra el paciente. Las medicinas psicodélicas muestran que existe un aspecto holístico y subjetivo en toda administración farmacológica --y esto es un paradigma que el sistema de salud actual no  ha logrado asimilar y el cual no le conviene adoptar, en tanto a que resta poder a las farmacéuticas y a los médicos que recetan fármacos libremente sin proveer una experiencia de integración y cuidado personalizado.

 

eatmsAl final, lo que podemos extraer de la prohibición al por mayor de los psicodélicos (permitidos sólo para culturas que se encuentran al margen de la civilización occidental) es que nuestra cultura tiende a la homogeneización de la realidad, la masificación de la individualidad y la monopolización del poder (económico y mental). Roberts llama a esto "la falacia del estado único", ese camino unívoco de la legislación del bien y del conocimiento. Los psicodélicos amenazan directamente este "estado único", al mostrar inmediatamente que existen múltiples estados (de conciencia, de percepción e incluso de ser). Uniendo dos famosos títulos: son las puertas de la percepción de realidades aparte. Suponen una heterotopía de miradas que son a su vez mundos distintos, todos igualmente validos y posibles. Así las cosas, los psicodélicos son una crítica ontológica del mundo institucionalizado como un estado único. Algo que comúnmente es descrito como un "alucinógeno", tiene, sin embargo, el reiterado efecto de hacer ver que la palabra realidad debería de estar, si somos precisos con el lenguaje, siempre bajo comillas y en plural: "realidades". 

¿Quién tiene el derecho de decidir qué ideas puedes o no considerar? ¿Quién tiene el derecho de regular cómo eliges usar tu mente? No el Congreso de los Estados Unidos, no la DEA, no el Instituto Nacional del Abuso Contra las Drogas. Sostengo que tú y yo y todos los demás tenemos el derecho a determinar el contenido de tu mente, seleccionar nuestros procesos de pensamiento, y explorar y desarrollar nuestras mentes como creemos apto.

Este es el llamado de Roberts para exigir el derecho constitucional del uso de psicodélicos. La lucha apenas comienza y no son necesarios tintes revolucionarios (no se necesita hablar de la revolución de la conciencia o de la luz de la mente). Es simplemente una cuestión de informar, presentar la evidencia y remover los viejos paradigmas y programas. Simplemente más programas, más opciones de realidad y de percepción; esto es lo que hace la evolución: favorece la diversidad.

Twitter del autor: @alepholo

 

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Entre el gourmet y el delirio psicoactivo, comer cerebros puede tener algunos beneficios, aunque no sin ciertos riesgos

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Alimentarse de cerebros puede ser muy sano. Comer cerebro metafóricamente, principalmente a través de libros, en lo que podríamos considerar un arte de digestión memética, tiene enormes beneficios potenciales para nuestra salud mental y nuestro funcionamiento cognitivo. Y es que el lenguaje escrito es una poderosa tecnología de "refrigeración" para almacenar y transmitir información que puede considerarse como una forma de telepatía. Pero este artículo no se trata de explorar solamente esta metáfora geek de libros como cerebros, sino del acto en sí de alimentarse de materia cerebral de diferentes animales.

El sitio Mysterious Universe analiza esta tradición ampliamente difundida de alimentarse del cerebro de distintos animales, principalmente la vaca. En India y Pakistán se disfruta del Maghaz, un platillo compuesto de un popurrí de cerebros de vaca, cabra y borrego que se combina con una salsa de pistache. En Malasia y en Indonesia, por ejemplo, se come Gulai, un platillo similar al curry, que suele servirse con cerebro de vaca. En Camerún, el jefe de una tribu celebra su corona devorando el cerebro fresco de un gorila (ese otro rey de los homínidos). 

Más allá de la práctica ritual, comer cerebro puede llegar a tener beneficios si se hace con moderación. Estos órganos son ricos en ácido docosahexaenoico (DHA), una forma de ácido graso Omega-3 que juega un papel en el desarrollo del cerebro infantil y puede usarse para combatir el Alzheimer. Al parecer en este caso aplica la ley seudocientífica de las correspondencias, que sugiere que las formas tienen significados afines: el cerebro es bueno para el cerebro.

Existen, sin embargo, algunas desventajas (salvo que seas un zombie) al comer cerebros, como el exceso de colesterol que, de adoptar esta práctica, se estaría acumulando en tu cuerpo (los cerebros son especialmente ricos en colesterol). A su vez, comer cerebro en exceso podría causar una encefalopatía, como la famosa "enfermedad de las vacas locas".

En su Enciclopedia de sustancias psicoactivas, Richard Rudgley documenta el uso tradicional y experimental de ciertos animales como sustancias psicoactivas o medicinales. Por ejemplo, se dice que el alquimista suizo Paracelso podría haber ingerido una sustancia derivada del hombre. Según su discipulo Oswald Crollius, la referencia en los escritos de Paracelso a “Mumia patibuli” es a la carne de un hombre que murió de forma violenta y que se ha preservado en el Aire. El médico John Hartman hace referencia a que el cerebro de un joven molido en un mortero y mezclado con partes de su esqueleto es una efectiva medicina. El alquimista Robert Boyle escribió sobre los beneficios de los remedios hechos con polvo de huesos humanos. Todo esto podría relacionarse, aunque algo extendidamente, con el hecho de que el cerebro humano produce naturalmente DMT, la potente sustancia psicodélica que es parte del brebaje de la ayahuasca y que se consume en diferentes presentaciones por diferentes culturas. Se ha encontrado que los esquizofrénicos producen una mayor cantidad de DMT, lo cual podría relacionarse con el “Mumia patibuli” de Paracelso, siendo que en su época muchos esquizofénicos eran enviados al patíbulo. Pero faltaría ver de qué forma es posible extraer del cerebro humano DMT, y no sólo en el lenguaje celeste, altamente hermético de los alquimistas. Esto es algo que imagina Terry Southern en su cuento “The Blood of a Wig”. Así que, tal vez, fumar cerebros podría ser algo que un grupo selecto de psiconautas podría probar.