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Nunca ha sido tan fácil saber un poco de muchas cosas y aparentar que sabemos de todo ¿Qué significa esto para la calidad de nuestras interacciones y el verdadero conocimiento?

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Quizás no nos damos cuenta de lo raro que es esto: podemos estar en casi cualquier parte del mundo e iniciar una conversación sobre un tema cultural al azar y es probable que la persona con la que conversamos, aunque sea desconocida y haya nacido en un país que en un principio nos podría parecer exótico, tenga por lo menos una vaga noción de lo que estamos hablando y logre al menos fingir que sabe de lo que estamos hablando sin que nos demos cuenta de que está fingiendo. Y seguramente todos estaremos contentos de seguir nuestra conversación superficialmente, reafirmando nuestra pertenencia y nuestra homogeneidad sin arriesgarnos a que descubran que no sabemos y que somos diferentes. Esto, sin embargo, no siempre ha sido así. Antes las personas sabían cosas distintas, que eran inaccesibles al no ser parte de una cultura específica.

Supongo que esto es a lo que se refieren las compañías de teléfonos celulares al siempre decirnos que nos conectan con el mundo  y que todo el territorio ya ha sido colonizado por la tecnología.  Todos conectados en la misma línea, viendo las mismas imágenes y consumiendo la misma información. Navegando por la superficie, en la era de la híper-información, con un escudo de datos y factoides, atentos a las modas: saber lo suficiente para que los demás no descubran que no sabemos y nos desnuden (como una nueva pesadilla de ir desnudos a la escuela o al trabajo).

Een un interesante artículo en el New York Times, Karl Taro Greenfel escribe:

Nunca ha sido tan fácil fingir que sabemos tanto sin verdaderamente saber nada. Elegimos temas y bits relevantes de Facebook, Twitter o alertas de email y los vomitamos después. En vez de ver Mad Men, el Superbowl, los Óscar o el debate presidencial, simplemente puedes navegar los feeds de alguien haciendo live-tweets del evento o leer los encabezados de los diferentes sitios. Nuestro canon cultural está siendo determinado por lo que sea que tenga más clicks.

Hoy no sólo podemos saber sobre todo lo que está pasando en el mundo de las celebridades o de la política internacional en 15 minutos de dieta informativa, también podemos agenciarnos de un pequeño arsenal de alta cultura en la presentación de quotes y frases célebres o datos wikipédicos suficientes para impresionar a una chica o defendernos mínimamente en una cena en una embajada. Es más, podemos escribir sobre literatura y filosofía sin haber leído libros de los abstrusos autores de los que hablamos –pero eso sí, disparar una frase inspiracional, fresca de recibir cientos de retweets, un gancho al hígado del lector ávido de encontrar sus creencias reflejadas, cultivando un aura intelectual para nuestra reputación en línea. Esto no siempre ha sido así –antes la mayorías de las personas, cuando hablaban sobre un autor, en realidad habían leído libros o, al menos, artículos completos de ese autor.

Taro Greenfeld sugiere  que existe una presión para saber –o para parecer culturalmente letrados, para así salir a flote e ilesos en nuestras interacciones sociales. “Nos acercamos peligrosamente a dar un performance de sapiencia que es en realidad un nuevo modelo de no-saber-nada”. ¿Saber un poco de todo es lo mismo que saber mucho de nada? O, ¿de toda esta panoplia de trivia, de todas las conexiones de datos superfluos, del agregado hipervinculado surge, como de un gestalt holístico, la sabiduría? Aldous Huxley famosamente dijo que lo importante no eran las experiencias que tenemos sino lo que hacemos con ellas y la forma en la que las procesamos; seguramente, lo mismo ocurre con la información: no importa tanto la cantidad y hasta la calidad de la información que tenemos sino nuestra capacidad de procesar, relacionar, detectar patrones e incluso transformar esa información en conciencia.

NPR hizo un ejercicio ilustrativo de lo que ocurre en nuestra era. Publicó en el día del April Fool’s Day una nota con el título Why Doesn’t America Read Anymore? (¿Por qué ya no se lee en Estados Unidos?). La nota se viralizó en Facebook obteniendo numerosas interacciones, incluyendo muchos comentarios de personas que aseveraban que ellos si leían o que exhortaban a los demás leer la nota. La nota, por supuesto, era una broma y su único contenido era afirmar que era una broma. Una inteligente treta motivada por la sensación que tenían los editores de que las personas comentan y comparten artículos que no sólo no han leído sino que ni siquiera han visitado.

Esto mismo lo hemos constatado en Pijama Surf; algunas de las notas tienen más shares en FB que vistas (lo cual claramente muestra que muchas personas comparten notas que ni siquiera han visto). Lo mismo ocurre con los comentarios, lo cual nos muestra el gran nivel de discusión que, en ocasiones, ocurre en estas notas.

Escribiendo algunos posts me doy cuenta de que entre menos denso y cargado de referencias sea el texto más éxito tendrá el post, especialmente si se pueda sintetizar en una lista de bullets o frases cortas. Queremos que alguien desbroce y desglose para nosotros el contenido y sólo leer lo supuestamente esencial –las perlas exprimidas—, pero no queremos atravesar ese proceso mayeutico con el autor. Pronto desarrollaremos una reacción alérgica cuando veamos una serie de largos y densos párrafos con enunciados igualmente extensos desdoblando múltiples significados y evocando múltiples momentos en la cámara de ecos del texto (tiempo desgranado, espejos), como si no pudiéramos respirar por tantos caracteres hacinados en el texto, buscando el espacio blanco como el aire.

Tal vez en algún momento descubrimos que no era necesario saber mucho, que con un cierto mínimo podíamos obtener los beneficios sociales de saber. En un examen de escuela leímos los cliffnotes (versión resumida de un texto comúnmente usado por estudiantes anglosajones) de una novela y pasamos el examen. O salimos con una chica y fingimos que sabíamos del tema que le interesaba o que conocíamos un país al cual ella quería ir para impresionarla, y conseguimos más fácilmente su afecto. A esto se  suma internet, donde estamos a un click de distancia de obtener un resumen especializado de cualquier tema que nos interese.

Así, haciendo una reverencia a la tradición recordemos a Sócrates, quien, como todos sabemos (y este es uno de los conocimientos globales infaltables que pueden hacerte pasar un rato vergonzoso en su pifia), dijo: "Yo sólo sé que no sé nada". Eso es lo que se llama un buen comienzo en el camino de la sabiduría. En medio del simulacro del conocimiento resulta hasta más simpático no saber --no saber lo que todos saben. Ser una cabeza vacía parece más interesante que ser una cabeza llena de datos anodinos o de frases hechas dichas por alguien más, cuyo sentido y contexto ignoramos. No saber es también una postura más honesta, y la honestidad es evidentemente el paso fundamental para la verdad. La filosofía platónica decía que "saber es recordar" pero quizá actualmente, antes, debemos olvidar para poder acceder a una capa de memoria más profunda.

Twitter del autor: @alepholo

 

 

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Eso que gritan los mexicanos cuando el portero rival despeja, podría sacar a la Selección del Mundial

AlterCultura

Por: PijamaSurf Mexico - 06/24/2014

La FIFA abrió una investigación por los "cantos homofóbicos" que los aficionados mexicanos entonan cada vez que el portero rival despeja; una de las sanciones podría ser la expulsión del equipo nacional del Mundial de Futbol Brasil 2014

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Desde hace unos años, en la liga profesional del futbol mexicano se popularizó una singular costumbre: en cada ocasión en que el portero del equipo visitante despeja a causa de un saque de portería, los aficionados locales se sincronizan en un grito que comienza con una prolongada “¡Eeeeeeh!”, sigue hacia la sílaba “¡Puuuuu!” y cuando el pie del portero golpea el balón, finaliza con un liberador “¡Toooo!”.

 

“Puto”, como quizá sepan los hispanoparlantes, es una de las palabras más emblemáticas de nuestro idioma, protagonista de uno de los sonetos más ingeniosos de Quevedo (aunque también el culmen de su misoginia: “Puto es el hombre que de putas fía”) y que, al menos en América Latina y particularmente en México, se convirtió en un vocablo denigratorio para referirse a los hombres homosexuales, sin duda uno de los más usados en una cultura que desde sus inicios se caracterizó por su patriarcalismo. Que esto es casi exclusivo de este lado del Atlántico queda de manifiesto en el Diccionario de la Real Academia Española, en donde la acepción: “Hombre que tiene concúbito con persona de su sexo” ocupa el 4° lugar.

En cuanto a la práctica referida, ésta es, como decíamos, reciente. Curiosamente su origen se encuentra en Guadalajara, una de las ciudades que, sotto voce, se caracterizan por su comunidad homosexual pero que también, paradójicamente, tiene en el tequila y los mariachis dos de sus emblemas más propios. Ahí donde se bebe el licor de los machos y se entonan los himnos del donjuán a la mexicana, ahí también la vida nocturna destinada a los hombres homosexuales es legendaria.

Sin embargo, esas contradicciones que a los mexicanos nos parecen tan habituales, tan incompresiblemente normales, no son recibidas de la misma manera fuera de nuestras fronteras. Y como prueba, una investigación que la FIFA acaba de abrir luego del partido entre las selecciones de México y el país anfitrión del Mundial de Fútbol, Brasil, celebrado el pasado martes. Fieles a sus novísimas tradiciones, los muchos aficionados nacionales que asistieron al encuentro se complacieron en gritar “¡Puto!” en todos los despejes de Júlio César, el imponente portero brasileño.

De “cantos homofóbicos”, calificó la FIFA, por vía de su Oficina Antidiscriminación, a estas muestras de entusiasmo futbolístico. Y quizá con razón, aunque también es muy posible que a cualquier mexicano que lea esto le parezca que el organismo exagera. Si la investigación concluye que los aficionados incurrieron en discriminación por cuestiones de orientación sexual, el castigo podría ir de una multa económica a la expulsión del equipo nacional del torneo.

También en Pijama Surf: Algunas cifras sobre la homofobia en México.