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El tiempo vibra mágicamente en las fotografías animadas de Qi Wei Fong

Por: pijamasurf - 03/07/2014

Con esta serie de imágenes, Qi Wei Fong logra mostrarnos el transcurrir de los días y los cambios que la luz hace en el espacio.

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Una fotografía tiene dos dimensiones, pero a través de la composición y el foco puede dar la percepción de profundidad, e incluso de tiempo. Los grandes fotógrafos se las arreglan para engañar al ojo y jugar con las leyes del espacio. Las mejores imágenes son aquellas que te hacen sentir que puedes dar un paso más allá y sentir en la cara el aire de ese mundo que está del otro lado. 

Hace varios meses, el artista Qi Wei Fong sacó una serie de fotografías titulada Time is a Dimension en la que mostraba collages en capas de paisajes y ciudades fotografiadas en periodos de entre 2 y 4 horas. Desde ese proyecto, Fong ha dado un paso adelante, animando las imágenes en su nuevo proyecto Time in Motion.

Estas nuevas fotos, tomadas en locaciones en China, Indonesia y Bali, muestran el cambio de la luz desde el amanecer hasta el ocaso a través de rayos angulares y círculos concéntricos que brillan trémulamente mientras el tiempo pasa.

Podemos pensar que estas fotos muestran una fuga hacia el horizonte en distintos tiempos, pero también podríamos pensar que todos esos tiempos se conjugan en un mismo espacio. Imagina ese lugar improbable en que todas las horas del día coexisten, en que en el onceavo piso del edificio donde trabajas se puede ver el amanecer mientras que tres pisos abajo aún es de noche. O una ciudad en que cada barrio vive un tiempo distinto, en que el tono de la luz cambia con sólo cruzar la calle y en la que en cualquier minuto puedes decidir si se te antoja armar un picnic de mediodía o cenar a la luz de las velas.

Puedes ver el resto de la serie aquí.

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Lo opuesto al paraíso: visita Oimiakón, el lugar más frío del planeta (FOTOS)

Por: pijamasurf - 03/07/2014

Bajo un pálido sol de primavera, un puñado de personas cubiertas en piel de reno cavan durante horas en el hielo para lograr colocar en el hueco poco profundo un ataúd. Hace -52°C, temperatura suficiente para congelar un cuerpo desnudo en apenas un minuto. Esto podría estar ocurriendo ahora: mientras el mundo mira con pasmo o entusiasmo la aparición de un nuevo teléfono celular o la final de una copa de futbol, los habitantes del círculo polar de la región de Oimiakón, en la zona este de Siberia, trabajan durante horas, a veces días, para enterrar a sus muertos.

¿Por qué sus poco más de 500 residentes no deciden vivir en otro lugar? ¿Cuál es el atractivo de vivir en el lugar más frío de la Tierra, con temperaturas récord de -96°C, donde las actividades se reducen a comer carne de ciervo o caballo y los días fluctúan entre tres horas de luz en invierno y 21 horas en verano?

Nadie lo sabe, siempre han vivido ahí. En 63°15′N 143°9′E / 63.250, 143.150.

El cultivo de cualquier planta comestible es imposible. Los autos dejan de funcionar al poco tiempo, los aparatos electrónicos se congelan, las baterías se agotan por el puro esfuerzo de mantenerse encendidas.

Para Stalin, el dictador ruso, éste era un lugar demasiado crudo incluso para pensar en abrir una prisión.

Oimiakón está conectado con el mundo sólo por los turistas que atraviesan el círculo polar para sentir las temperaturas congelantes debajo de gruesos abrigos de invierno, siempre insuficientes. Van de cacería a los bosques de hielo perenne, pescan en el hielo, visitan alguna de las fuentes termales que son como una paradoja dentro de un infierno de hielo, o lo opuesto al paraíso. Si el infierno en lugar de flamas tuviera hielo, probablemente se vería como Oimiakón, el lugar que un puñado de familias siguen llamando hogar.