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La hipnótica belleza se los pueblos fantasma encuentra en esta serie fotográfica a uno de sus más exquisitos representantes.

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La poesía sana las heridas infligidas por la razón.

-Novalis

La poesía es materia compleja para la razón. Describirla, definirla, entenderla, es tarea inviable. Hasta cierto punto impredecible, su geografía predilecta parece ser la región más dulce del caos. Y a pesar de su carácter elusivo, el cual tal vez requiere para animar su flujo vital, cuando desea manifestarse, ya sea a través de palabras, silencios, imágenes, o estados de ánimo, parece que no hay fuerza capaz de evitarlo... simplemente emerge sin pedir permiso.  

Seguramente el párrafo anterior es, por fortuna, impreciso. Pero en todo caso resultó de observar esta serie fotográfica que retrata un pueblo fantasma ubicado en el centro del desierto de Namibia. La contemplación de las imágenes, y la alegórica sensibilización que conlleva, consuman genuinamente el acto de la poiesis –el cual Platón describe en "El Banquete", como "la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser".

El concepto de 'pueblo fantasma' se refiere a ese fenómeno en el cual un lugar ordinariamente habitado, con vital colectividad, es abandonado de forma súbita. La rápida despoblación del espacio imprime a estos lugares con peculiares condiciones, como si la interacción que alguna vez alojó no hubiese tenido tiempo de correr junto a sus exhabitantes y se hubiese quedado ahí, suspendida, en una especie de interminable autocontemplación. Y tal vez sea eso lo que envuelve a estos pueblos, un halo esencialmente fantasmagórico –la poesía del abandono.

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Si bien este tipo de sitios suelen caracterizarse por irradiar una especie de magnética belleza, como resultado de una sublimación de complejos entramados energéticos que de pronto extravían su fuente primaria –proceso en el cual los ecos se vuelven tatuajes–, lo cierto es que el caso de Kolmanskuppe, su conmovedora estética y su inusual geografía lo colocan como un ejemplar particularmente onírico. 

En 1910 los alemanes instalaron este pueblo para facilitar la extracción de diamantes en la zona. Lo dotaron con hospital, escuela, una central eléctrica e incluso un salón de bolos y una fábrica de hielo. Sin embargo, con la Primera Guerra Mundial el faraónico colonialismo alemán fue detenido de golpe, y para 1954 Kolmanskuppe fue rápidamente abandonado. Sesenta años después, el entrópico espectáculo fue documentado por el fotógrafo francés Roman Veillon, en su serie titulada “Les Sables du Temps”. 

Con el tiempo, supongo, el desierto reclamó lo que originalmente le pertenecía –obra de esa poética inercia que tiende a un orden que poco tiene que ver con el nuestro. Con persistente lentitud, y sin titubear un instante, la arena se alojó al interior de los inmuebles. Y así, la naturaleza, como máximo artista, esculpió parajes exquisitos: hipnóticas habitaciones y quiméricos corredores ahora habitan el antiguo pueblo minero. Los tonos de los muros, las texturas de la madera que enmarca las ventanas, la luz que se cuela con envidiable libertad, son todos sillares de ensueño. 

Tal vez habrá quienes cuestionen el ADN poético de este espacio, o incluso la posibilidad de que la lírica se manifieste en espacios retratados. Pero creo que, mientras existan lugares como éste, la poesía jamás necesitará ser definida.       

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

 

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Wirikuta, una de las áreas desérticas más prósperas en biodiversidad del planeta, representa la esperanza y los deseos de esta comunidad indígena para conservar sus valores ancestrales.

Huicholes

Entre las colinas de la Sierra Madre Occidental de San Luis Potosí y Chihuahua, está Wirikuta: área semidesértica de 140,000 hectáreas, donde el pasado mítico se entrelaza con el presente a través de un ciclo ritual. Wirikuta es la tierra sagrada a la que peregrinan los huicholes (o pueblo Wixárika), el grupo indígena más antiguo en América Latina, quienes preservan un alodio cultural y cosmogónico: el dios trinario, Hikuri (el venado-peyote-maíz).

Considerado como una de las áreas desérticas más prósperas en biodiversidad del planeta, Wirikuta representa la esperanza y los deseos de esta comunidad indígena para conservar sus valores ancestrales en relación con el impacto de la vida moderna. Razón por la cual, en ella se realiza una ceremonia de iniciación a la adultez y de purificación con base en el cactus endémico, el peyote.

El objetivo de esta tradición no es sólo llevarle ofrendas al dios trino Hikuri, quien vive en las colinas y en los sagrados manantiales, sino también recolectar el peyote, estimado como la guía espiritual de la comunidad. Para algunas personas, especialmente aquellos que participan en ceremonias, bajo un contexto sagrado, el peyote permite experimentar la separación consciente del alma y del cuerpo en tan sólo un instante fractal, y a partir de entonces invocar a los dioses en la tierra mágica de sus ancestros. Sólo de este modo, los implicados en la ceremonia del dios peyote pueden ser bendecidos con visiones y mensajes divinos; todo esto entre el poder de la música tradicional, de la fuerza del vínculo interpersonal y de las emociones ancestrales. 

Wirikuta, también llamado “El corazón del mundo”, es el lugar cuyos sistemas ancestrales intentan trascender más allá del escepticismo moderno y del conocimiento hodierno. No obstante, dentro de una pelea desigual por conseguir los beneficios de la naturaleza a través de su explotación, estos valores culturales de la antigüedad están en peligro de extinción, así como también la comunidad indígena, donde se funden las esencias de vida y de muerte.

Desgraciadamente, desde 2010, este territorio ha estado en riesgo de perder tanto su biodiversidad como su cultura. Debido a que el área es rica en minerales, algunas compañías mineras de Canadá han pretendido sacar provecho de ello, prometiendo crear miles de empleos para los habitantes de la región y, claro está, sin afectar ecológicamente la zona. No obstante, los habitantes de Wirikuta consideran esta situación como una amenaza al ecosistema y a su paradigma cosmogónico.

Hace aproximadamente tres años y medio, las autoridades mexicanas autorizaron la actividad minera canadiense, argumentando que se trataban de un plan administrativo para proliferar la biodiversidad del lugar. No obstante, varios grupos de civiles se rebelaron contra los ataques ambiciosos a su santuario, formando así “Frente en defensa de Wirikuta”. ¿El resultado? El gobierno anunció públicamente que una de las compañías mineras estaba renunciando a trabajar en el área. Es decir, sólo una de las muchas que estaban tras los bienes brutos del lugar.

En consecuencia, desde hace dos años, el ritual concilatorio entre dioses prehispánicos y mortales modernos ha sucumbido a las consecuencias de la actividad minera. Huicholes: los últimos guardianes del peyote es un video que evidencia el conflicto de esta situación. De acuerdo con los autores, es una historia acerca de la lucha contra el gobierno mexicano, con el fin de proteger esta tierra santa:

 

Las sequías que azotaron las tierras de la Sierra Madre han implicado una pérdida en el cultivo de la comunidad indígena, provocando que sus integrantes salgan de sus hogares para buscar empleos en las minas. Por consiguiente, ha empeorado la degradación en el ambiente y el impacto negativo en la cultura del lugar. Incluso, en alguna ocasión también llegamos a comentar que: “La flagrante irresponsabilidad del gobierno mexicano representa una ofensa múltiple, tanto a los recursos naturales, como a la preservación del medio ambiente y de la cultura Wixárika, una de las más vivas y coloridas de este país”.

El territorio de Wirikuta representa todo el bagaje filosófico de Wixárika, aquel lugar donde se funden las esencias de vida y del sol, de la identidad cultural y de la supervivencia como pueblo originario. Varios defensores del pueblo huichol han mencionado:

En Wirikuta están nuestros guardianes. Es nuestra catedral y dentro de ella hay varias capillas. También es una universidad. Ahí está nuestro hermano el venado y el padre Sol para dar luz en el mundo. Nosotros somos sus discípulos. Esto es lo que defendemos.

Debemos tomar en cuenta que hay una gran distancia entre el territorio sagrado y la tierra como propiedad privada o comunal. Hay una parte de los mexicanos que tienen derecho a su territorio en sentido amplio, porque en él han formado su cultura, su religión; la percepción de su subsistencia, una fuente de riqueza y entrega. Esto es clarísimo entre los huicholes.

Habría que mencionar que el asunto de Wirikuta y la preservación del peyote tiene cierta complejidad. Algunos habitantes de poblados "peyoteros" como Vigas de Coronado, Wadley, Estación 14 y otros más hacen mención de que son los mismos huicholes los que están acabando con el peyote, al ser los únicos autorizados por el gobierno a portar y a consumir esta planta, y al hacerlo en cantidades desmesuradas. Si bien el peyote es parte central de su cosmogonía, también es cierto que es patrimonio del mundo y no sólo de una comunidad.

De cualquier forma resulta indispensable que las autoridades mexicanas consulten y comprendan al pueblo de Wirikuta, obteniendo un mutuo acuerdo en relación con la legislación vigente. De modo tal que se puedan garantizar de manera efectiva sus derechos fundamentales: su concepción del mundo, su entrega peregrinante a lo divino, su territorio y su fe. De lo contrario, al quitarles estas bases humanas, se estarían apropiando de sus esperanzas culturales, y por consiguiente de su raison d’être