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Federico Erostrabe reflexiona acerca de la transformación simbólica con la que Internet ha moldeado nuestra realidad.
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Mateo Pizarro, "Alexéi Pajitnov o la facilidad de decir mentiras"

No hace tanto tiempo Internet era un lugar al que uno se conectaba. De ahí la frase, que ya prácticamente no tiene sentido, "conectarse a Internet"; porque necesitábamos de una combinación de hardware y software para ingresar a otro mundo que, por entonces, podía servir, entre otras cosas, de escape de la realidad. La comunicación, a menudo anónima, seguía sus propias reglas y si bien era posible que llegado un determinado punto conociéramos en carne y hueso a las personas con las que hablábamos, el dialogar con ellas con el monitor y el teclado de intermediarios era una versión cyberpunk y digital del teléfono. El cambio había comenzado a ocurrir, por supuesto, pero era posible establecer una clara división entre el mundo on line y el que insistíamos en llamar, por costumbre o tradición, el real. Podíamos traer contactos y conocimiento de aquel mundo a este y llevar provisiones y recuerdos por el camino inverso, pero eran justamente dos mundos.

En uno éramos símbolos, usuarios sin rostro, sublimaciones de articulaciones y baudios, mitos recreados. En el otro mundo, "este", el de acá (el de los símbolos inequívocamente es referido como "allá"), vivíamos nuestras vidas cotidianas: trabajábamos, estudiábamos, cenábamos con amigos y familiares, dormíamos y escribíamos y leíamos y mirábamos incontables horas de televisión por aire. Cumplíamos al pie de la letra con una existencia que cambiaba, sí y progresaba, de acuerdo a muchos, de la mano de los avances tecnológicos, pero que se mantenía igual, en rasgos generales, desde hacía bastantes siglos, si no milenios. Siempre fuimos carne y siempre reaccionamos ante las tormentas eléctricas, con miedo o con asombro. Y cuando nació ese otro mundo que nos convertía en dioses y consumidores de pornografía, teníamos nuestro mundo habitual para analizarlo, desmenuzarlo y hacerle caricias en el caso de que se pusiera a ronronear. Como Alicia y Dorothy vivíamos en dos mundos: Kansas (lo real) y Oz (el país de las maravillas)

Neo, por su parte, invierte los roles: parte de la Matrix al mundo real y la catarsis se produce al ver que Kansas era en realidad el reino de Oz, aunque sigue existiendo una separación, dos mundos. Podemos discutir la probabilidad de que ambos mundos sean igual de ilusorios o que en un sentido siempre fuimos símbolos, pero no se logra nada más que alejar el foco de los músculos y las emociones que recorren el cuerpo junto a la sangre. Y mientras nos aproximábamos furtivamente a esa otra realidad y nos proponíamos asimilar la incorporeidad un byte a la vez, los avances tecnológicos y el abaratamiento de los costos, las leyes del mercado y la NSA: en suma, el destino, nos trajo de regalo de Navidad (lo abrimos el 24, después de la medianoche) el wi-fi, el 3G, los smartphones, las tablets y una profunda alteración en la realidad. Sin que nos diéramos cuenta, mientras realizábamos actividades cotidianas en piloto automático y pensábamos qué podríamos almorzar, Kansas fue asimilado por Oz: los dos mundos se hicieron uno, ya no hay separación alguna más que algunas líneas arbitrarias e imaginarias como los meridianos que recorren la Nave Espacial llamada Tierra.

Internet dejó de ser entonces una extensión de la conciencia para ser parte de ella; el ciberespacio y el mundo real, dos hemisferios de una misma totalidad. La palabra "conectarse" dejó de otro sentido más que "acercarse a cualquiera de todos los dispositivos con acceso constante a Internet que rodean una existencia dada y que lo notifican instantáneamente en caso de requerirlo". No hay ninguna divergencia ni salto, ya no nos "conectamos": sólo abandonamos un poquito más el mundo de nuestros ancestros que ya ni siquiera existe: ya no nos "conectamos", pues ya somos nosotros mismos símbolo, mito y LED. Por el otro lado, paradójicamente, el acto de "desconectarse" cobró más valor que nunca y alcanzó propiedades homéricas, convirtiendo a la vez a Douglas Rushkoff en el Deepak Chopra del nuevo mundo. "Desconectarse" es ahora un ejercicio de voluntad idéntico a la meditación que busca silenciar la mente, aunque el objetivo no sea acallar la mente interior sino la exterior (si es todavía posible hacer esa distinción), olvidar por unos momentos la danza de significados, símbolos y sistemas de símbolos que recorren nuestra percepción de manera constante.

En este proceso de explosión y abstracción nos transformamos finalmente en símbolos (nos terminamos de transformar, si mantienen la idea de que siempre fuimos, en parte, quizás por parte paterna, símbolos). Símbolos que respiran y recrean un mito interno tejido con sueños de silicona, entidades abstractas que recuerdan un cuerpo que -atención, último momento: seguirían teniendo un cuerpo, repito: seguirían teniendo un cuerpo, pero faltan precisiones: ampliaremos. No terminábamos de procesar el mundo de símbolos que se abría alrededor nuestro cuando nosotros mismos nos convertimos en símbolos. Nuestros amigos también lo hicieron y todas las personas que conocimos durante estos últimos años son símbolos, parte de una cantidad visible pero reducida de arquetipos culturales que son, a su vez, parte de sistemas simbólicos de mayor o menor complejidad.

Algo tan humano, necesario y aparentemente sencillo como nuestra relación con el entorno y el océano de corazones que laten a nuestro rededor exige, hoy en día, un gran esfuerzo perceptual y la capacidad de reconocer patrones -estamos obligados a descubrir los significados, a ver entre líneas. Y además de los seres humanos, también las corporaciones de las que vemos propagandas en la tele y hasta las aplicaciones que instalas en tu teléfono son a la vez organismos que nacen y mueren (y renacen, de acuerdo a algunas teorías) y complejos sistemas simbólicos. El propósito más básico (si es que existe) de esta danza semántica parece ser una reinterpretación sistemática de sí mismo mediante la creación de nuevos y mejores significados que conformen un mito personal más vivo, recordando también que no estamos solos sino que formamos parte de una inmensa cantidad de sistemas orgánicos, simbólicos y arquetípicos.

Twitter del autor: @ferostabio

 

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A quien quieres, eres: para tu cerebro, lo que le pasa a un ser querido te pasa a ti mismo

Por: Javier Barros Del Villar - 01/05/2014

La neurociencia descubre que en el cerebro humano lo que le sucede a un ser querido se experimenta como si nos sucediera a nosotros mismos.

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No le pregunto a la persona herida cómo se siente,

yo mismo me transformo en esa persona herida.

-Walt Whitman, Song of Myself 

El amor, el cariño, el respeto por el otro y la amistad podrían agruparse en torno a una habilidad que poseemos los seres humanos: la empatía. Indudablemente esta capacidad empática es materia prima fundamental de nuestra existencia y, tal vez, apela al sentimiento más auténtico que una persona puede gestar. Incluso podríamos especular sobre el papel que juega la empatía en la evolución y la supervivencia de nuestra especie o, como advertía Roger Ebert, "creo que la empatía es la máxima virtud de una civilización".

Si bien los alcances de la empatía son, creo, plenamente comprobables mediante la experiencia individual, lo cierto es que la nitidez de este fenómeno se manifiesta tangiblemente incluso a nivel neuronal. Hace unos meses, investigadores de la Universidad de Virginia concluyeron, tras una serie de experimentos con escáneres de resonancia magnética para monitorear la actividad cerebral, que cuando existe un lazo de afecto y familiaridad con otra persona, nuestro cerebro la experimenta como si fuésemos nosotros mismos. 

Lo primero que descubrieron fue que nuestro cerebro distingue tajantemente entre los extraños y aquellos a quienes 'conocemos'. Y luego hallaron que aquellas personas que asignamos a nuestra red social se funden con nuestro sentido de ser a un nivel neuronal –fenómeno que se intensifica entre mayor es el lazo de afecto. James Coan, uno de los psicólogos involucrados en el estudio, advierte al respecto:

Notamos que, mediante la familiaridad, otras personas pasan a formar parte de nuestro propio ser [...] Nuestro yo termina por incluir a esas personas con quienes experimentamos cercanía. Esto posiblemente se debe a que los humanos necesitan de amigos y aliados con quienes puedan unir fuerzas y concebirlos de la misma manera en que se autoconciben. Y cuando las personas pasan más tiempo juntas, entonces esta similaridad se refuerza. 

El experimento consistió en escanear la actividad cerebral de 22 personas. Los voluntarios eran advertidos de que recibirían sutiles shocks  eléctricos. Ante esta amenaza, sus reacciones fueron contrastadas con aquellas en que existía la posibilidad de que un ser querido fuese a recibir el mismo tratamiento. La respuesta neuronal era casi idéntica en ambos casos, lo cual no ocurría cuando se trataba de una virtual amenaza contra un desconocido (consulta aquí el estudio completo).  

Esencialmente se diluye la frontera entre el "yo" y el "otro". Nuestro ser pasa a incluir aquellas personas que nos son cercanas. Si un amigo está bajo amenaza, en nuestro interior ocurre lo mismo que si nosotros estuviésemos amenazados. Somos capaces de entender el dolor o la contrariedad que él puede estar atravesando, tal como podemos entender nuestro propio dolor. 

In Lak'ech (tú eres mi otro yo)

Saludo tradicional Maya

Algunas reflexiones al respecto

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Al leer el estudio en cuestión, además de emocionarme, no pude evitar preguntarme qué sucede, entonces, cuando lastimamos a un ser querido. Seguramente al estar molesto con un amigo, porque a su vez nos sentimos ofendidos, nuestro cerebro es capaz de removerlo temporalmente de esa región neuroafectiva y por lo tanto podríamos infligirle un daño. Sin embargo, para que eso ocurriese primero él habría tenido que hacer lo propio, previo a incurrir en el acto que produjo nuestra reacción. Y en este sentido sólo quedaría apelar al sentimiento de autodestrucción, es decir, el concebir a alguien como un "yo mismo" no le exime de mi deseo de, en ciertas circunstancias, lastimarlo, pues ni siquiera mi propio "yo" está a salvo de mi propia destrucción. Consecuentemente, si yo dejase a un lado las prácticas autodestructivas, difícilmente lastimaría a mis seres queridos. 

La segunda reflexión que podría detonar este fenómeno es cómo podríamos llegar a ese paraíso empático en el cual realmente concibiésemos a cualquier persona, querida o no, como un propio yo. Cómo eliminar esa distinción entre aquellos a quienes me une el afecto y esas personas a quienes considero simples desconocidos. Lo anterior no para demeritar los lazos de afecto que experimento por "los míos", sino para derramar este mismo sentimiento de forma incluyente, y así consumar una postura, asumo, impecable, en lo que respecta a la tolerancia, la comprensión, y el respeto por el otro.

En fin, supongo que nos toca a cada uno encontrar este tipo de respuestas, pero no por ello deja de resultar fascinante la simple idea de concebir que, más allá de la poesía o la metáfora, realmente tenemos la capacidad de fundir el yo con el otro. 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis