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Una mujer en Francia pasó por una operación en la que tuvo que extraérsele su amígdala, la parte del cerebro encargada de reconocer las emociones de los demás; sin embargo, contrario a lo esperado, no experimentó depresión o ansiedad al despertar, sino un profundo incremento de su capacidad empática.

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¿Cómo sería ser hiperempático? ¿Cómo sería si pudiéramos sentir con alto grado de emoción los sentimientos por los que está pasando otra persona —su alegría, su dolor, su sufrimiento? ¿Por fin quedaría salvado el abismo de la otredad?

En uno de los casos médicos más asombrosos de los últimos años, una mujer experimentará esto por el resto de su vida, luego de que tuviera que removérsele su amígdala en una cirugía cerebral.

El hecho es particularmente extraordinario porque la amígdala es la parte del cerebro encargada de procesar el reconocimiento de las emociones de los demás, por lo cual su remoción debería traducirse en una incapacidad absoluta para realizar eso.

Sin embargo no fue así y, según reportó la propia paciente, después de un día en que sufrió varias convulsiones, despertó con una “nueva, espectacular excitación emocional” que persistió durante 13 días.

Habitualmente las personas que pasan por una cirugía en donde se les remueven partes de su lóbulo temporal, entre ellos la amígdala, experimentan depresión o ansiedad después de la operación, de ahí que el caso de esta mujer sea sorprendente. Aurélie Richard-Mornas, neuróloga del Hospital Universitaro de Saint-Étienne, en Francia, quien se encuentra a cargo de la paciente, definió su estado como “hiperempatía”.

La mujer experimentó esta habilidad con su familia, pero también lo hizo incluso al mirar a otras personas en la televisión y al leer sobre situaciones emocionales en novelas y otras obras ficticias.

Entre otros hallazgos, el caso de esta mujer podría mostrar que, contrario a lo que se ha sostenido hasta ahora, las funciones del cerebro que nos permiten relacionarnos con la realidad no están limitadas a zonas específicas, sino que más bien son el resultado de la interacción de distintas partes, interacción que quizá el mismo cerebro tiene la capacidad de reparar cuando, como aquí, se ve dañada drásticamente.

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Por: pijamasurf - 01/15/2014

Las gráficas del cerebro cuando toma decisiones ariesgadas podrían ayudarnos a mejorar nuestra toma de decisiones a un nivel tanto laboral como personal.

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Tomar riesgos no sólo significa meter dinero a la bolsa, engañar a alguien, invertir en algún negocio. El riesgo existe a escalas mucho más pequeñas y cotidianas. De hecho, tomamos riesgos casi todos los días tanto en nuestro trabajo como en nuestra vida personal. Quizá mandamos un mail íntimo que no sabemos qué efecto tendrá, o tomamos una llamada de conferencia mientras estamos manejando, o decimos que sí a un proyecto que no tenemos tiempo de desarrollar. Por cada apuesta que funciona y quizá hasta genera una fortuna, cientos de ellas se escurren por la oficina.

En un esfuerzo por entender cómo funciona nuestra toma diaria de decisiones, un grupo de investigadores liderados por Sarah M. Helfinstein de la Universidad de Texas en Austin trató de identificar dónde emergen en el cerebro. Ese esfuerzo involucró el escaneo de 108 cerebros de participantes que jugaron un juego llamado Balloon Analog Risk Task [Globo análogo de tareas de riesgo]. Para el juego, los jugadores escogieron si darle un golpe más al globo y arriesgar que tronara, o si detenerse y cobrar puntos.

La afectividad del experimento residió en su simpleza. El globo fue un reflejo bastante confiable de los tipos de riesgos cotidianos que tomamos tanto en casa como en el trabajo. Los jugadores no saben cuándo tronará el globo (al igual que las personas no saben cuándo los cachará su jefe viendo porno en la oficina o qué resultará de tener sexo sin protección).

El equipo analizó la actividad cerebral que ocurría justo antes de que los jugadores tomaran una decisión riesgosa (tronar el globo), o una decisión segura (cobrar los puntos). Así, si un jugador tronaba el globo al cuarto golpe en un juego, y cobraba puntos en el cuarto golpe en otro juego, los investigadores observaron la tercera decisión de cada test. Este diseño permitió la comparación de situaciones donde la cantidad de riesgo era la misma pero la decisión subsecuente difirió.

A partir de todo esto desarrollaron un algoritmo para predecir qué elección harían los jugadores en el siguiente turno. Cuando pusieron a prueba la fórmula, ésta adivinó correctamente el comportamiento de cada jugador. Para ser precisos, los predictores principales del cerebro cuando una persona tomaba un riesgo fueron el cortex del cíngulo anterior, la corteza insular y el lóbulo parietal. Es decir, los jugadores no tomaron riesgos por la emoción (esto hubiera encendido las regiones de recompensa del cerebro), tomaron riesgos porque no pudieron controlarse para tomar decisiones seguras.

Esto no significa que tu jefe pueda comenzar a predecir tu comportamiento; lo relevante de este experimento es, más bien, que si los empleados saben que el autocontrol es el factor cognitivo clave en el comportamiento de riesgo, pueden encontrar maneras para moldear el ambiente de trabajo para fortalecerlo. Por ejemplo, programar una decisión importante para antes de la comida puede no ser una gran idea si el control prueba que es más débil cuando tienes hambre. “Podemos comenzar a ver los distintos elementos que son importantes para ayudar a tomar mejores decisiones”, apunta Helfinstein.

Evidentemente, si no existiera el riesgo todo sería bastante aburrido, bastante plano y tibio. Pero algunas de nuestras pequeñas apuestas cotidianas pueden hacer que la vida en la oficina sea más tolerable. Conocer nuestras debilidades es imprescindible para diseñar una vida sin tantas caídas. O, en otras palabras, conocer nuestras debilidades nos podría ayudar a elegir mejor nuestras batallas, nuestros riesgos cotidianos.