*

En esta ocasión Pablo Doberti nos habla del proceso creativo, la traducción y la escuela.
El mejor cotizador de autos en línea

borges-1

Borges también nos dejó aquella idea de que la traducción mejora el original. 

Se puede leer como una provocación genial, y lo es, pero en Borges no acaba ahí. La tesis que está por debajo de esa máxima es sólida y le da complejidad y entidad.

El proceso creativo es, por definición, errático y conlleva una cuota razonable de azar y de capricho. En la creación, las cosas no siempre son porque así deben ser; simplemente, muchas veces, las cosas son porque son. El verso duodécimo del poema; el final de aquella novela; la inesperada reacción del héroe en el capítulo XXII. Simplemente, el autor, en la soledad de la creación, juzgó –quiso, se antojó de– que así debería ser.

En la traducción, no. El traductor (como la novela policial de enigma, decía Borges) aprieta la causalidad. Todas las decisiones del traductor tienen una razón de ser, responden a un conjunto articulado y explícito de premisas. Por eso es que mejora el original, porque le encuentra causa al azar, justificación al capricho, sentido al error, motivo a todo.

La enunciación más general de todo esto y que nos interesa para esta nota es que las experiencias, inexorablemente, se sistematizan a posteriori. Nadie crea como si tradujera, ni nadie traduce como si creara. En la creación, el autor trabaja con la inestabilidad de la página en blanco, expuesta a sus vacilaciones, a las turbulencias del no saber hacia dónde, a la ansiedad de no tener certeza de si será. El autor corta, mata a ciegas y orientado apenas por la brújula de su intuición creativa. En la traducción, por el contrario, todo es más cierto, más necesario, menos azaroso, menos intuitivo, más sesudo y menos glamuroso.

Así son el a priori y el a posteriori de las experiencias, siempre. Cuando voy de ida, voy a tientas y juego, y gozo y padezco de la ansiedad de la incertidumbre creativa. Cuando vuelvo, vuelvo seguro, más serio, menos audaz, más confiado, con menos angustia existencial, con esa relación garantizada entre esfuerzo y producción. No hay una mejor que la otra, creación y traducción, pero son diferentes.

Vamos a llevar ahora todo este marco conceptual a nuestro terreno.

Cuando proponemos pensar la escuela debemos plantearnos si pensarla como el que la está creando o como el que la está traduciendo. Quiero decir, preguntarnos si está escrita o hay que escribirla. Yo creo que debemos reescribir la escuela, que es conceptualmente lo mismo que escribirla y bien diferente a volver a traducirla. 

Pero solemos confundir las instancias.

El traductor trabaja bajo la sombra pesada del traduttore-traditore. Opera buscando honrar el antecedente. El escritor, en cambio, hinca el diente en la tradición para alterarla, para reconducirla, para matarla –en alguna medida. Su creación depende de su capacidad de sacudirse el estereotipo al que la pura tradición lo conduce (la repetición de la fórmula de género). Tiene que matar al padre, nos diría Freud. El traductor, en cambio, lo canoniza.

Si nos obstinamos en ser meros traductores de la escuela que nos precede, acabaremos alienados, porque nuestra traducción ya no mejora, sino que tan solo repite. La escuela vieja está cansada de tanto pulimiento; ya no hay cómo sacarle brillo. Debemos refundirla. Reescribirla, tomándonos los derechos propios de la creación: derecho a la incertidumbre, al capricho, al desconocimiento, a la angustia, a la incertidumbre en general y la inestabilidad estructural. En ese marco y bajo esas pasiones es que vamos a desarrollar la escuela nueva.

Claro, no es fácil. No estamos muy preparados para eso. Nos gusta trabajar bajo el aura “científica” seria del traductor, que tiene una dosis mucho más alta de sudor que de inspiración y anda más seguro y “eficiente” por la vida. Nos exigen esa seguridad de justificación propia del a posteriori y no soportan de nosotros (las familias, la prensa y la sociedad en general) que no estemos seguros, que nos confundamos, que andemos a tientas, que probemos, que erremos, que neguemos tradiciones, que arriesguemos, que digamos que no sabemos y que no sepamos. No soportan que nos gobierne la angustia carismática de la creación y nos acaban confinando a la seguridad un poco aplastada propia de la rutinaria traducción.

Pero Borges nos vuelve a salvar. Para que el traductor respire y viva necesita recuperar sus derechos perdidos. Para el caso, no los mismos que los del creador, sino los del apretar causalidades, de inyectar razones donde sólo hay ocasiones, y en general, el de inyectar poética en todo y para todo.

“Tuvimos la experiencia, pero no su sentido. Con el sentido, reinstalamos la experiencia”, nos decía Eliot. Solo entenderemos la escuela que vamos a inventarnos a partir de la escuela que efectivamente inventemos. No hay otra manera. La experiencia nueva reabre el proceso se resignificación. Por eso debemos soportar el tanteo, la inestabilidad. Son propias de la cruzada que estamos emprendiendo. Si a la escuela nueva le negamos su derecho a desconocerse como sentido y su derecho a sondear su propia experiencia nueva, no la dejaremos nacer. Insisto: no hay manera.

Desconocernos para reconocernos, a posteriori, a partir de lo que sucede con nuestro desconocimiento. Creación. Luego -como siempre-, las múltiples y posteriores traducciones de esa escuela nueva la irán puliendo otra vez, apretándola en su renovada causalidad, justificándola. Volviéndola tan seria como la quieren y tan sólida como la necesitamos.

Pero después. Si no, si no tenemos un antes y no lo tenemos deshilvanado, errático, tentativo e intuitivo, no lo tendremos; es decir, no tendremos nuestra escuela nueva. Nos toca entregarnos de cuerpo y alma al proceso creativo del poeta genial y un poco loco. La cátedra (luego) lo traducirá y lo discutirá por años y por siglos, y acabará canonizándolo. Imaginemos a Poe, si queremos imaginarnos a alguno. Nosotros, los agentes de la escuela nueva, no somos hoy el actual Poe, celebrado, pulido y arrumbado; somos aquel Edgar Allan Poe, enloquecido, vivo, vagabundo y genial que anduviera por los Estados Unidos incipientes, alucinándose, callado y en las sombras.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.