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El sistema educativo pareciera morir si sus ceremoniales y sus representaciones fundamentales fuesen replanteadas de raíz. Son lo más constante de la constancia histórica de la escuela. Son la identidad. Son la inmutabilidad. Son el problema, pues; o lo condensan, al menos. Son nuestro objetivo.
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Como siempre, la identidad de las instituciones descansa en un grupo relativamente reducido de ritos y símbolos que la define. Ceremoniales y emblemas que hacen que una escuela sea una escuela, por ejemplo; o una iglesia, una iglesia.

Un grupo reducido, decíamos, pero absolutamente rígido.

Meterse con ellos –por lo tanto- es meterse con el núcleo constitutivo de la institución. Cambiarlos es cambiarla.

Esos ritos y símbolos operan como nudos borromeos de la escuela. Interdependen entre ellos y en ellos se condensa y se representa la identidad de la institución. Son esos puntos de almohadillado donde se amarra el discurrir institucional y se define lo posible y lo imposible, lo real y lo irreal, lo que es y lo que no. Grandes saturaciones densas que concentran años o siglos de tradición y resguardan lo más caro de la institución. Estandartes ideológicos que persisten inmutables y mantienen la tradición de la institución.

(Estoy pensando en cuestiones como el izamiento de la bandera, las formaciones, los saludos en el aula y los actos escolares, así como en las carteleras, las gráfica en general, las vestimentas de la directiva, los pasillos, los timbres, las planificaciones, las reuniones de padres, las boletas y esas cosas.)

En general -a estas alturas-, incluso ya son solo forma, con escasa conciencia del fondo que traen por detrás. Son formatos o representaciones que ya ni recuerdan para qué son o qué quieren decir. Por eso son tan eficaces. Se han mimetizado con la realidad velando su carácter ideológico, cargado de signos que portan ideas que pertenecen a una cosmovisión. Parecen neutros y son lo contrario. Están camuflados en su presunta candidez. Se hacen pasar por naturales.

¡Vamos a intervenirlos! Vamos a repensarlos para avanzar en nuestro anhelo de construir una escuela nueva. Vamos a plantearnos cómo se iza la bandera en la escuela nueva; es decir, qué quiere decir la bandera en la escuela nueva, y con ella la patria, las reuniones de la comunidad escolar, los buenos días, el patio y todo lo demás que está ligado a ese punto de almohadillado que es el izamiento de la bandera en la escuela. Y así, si no con cada uno, al menos con varios de sus ritos y símbolos. Vamos a desmontar y analizar su logotipo y su identidad gráfica; vamos a preguntarnos por qué está tan desfasada de casi todo y parece no enterarse…

Vamos a preguntarnos, pero por sobre todo vamos a sustituirlos por otros ritos y otros símbolos, que nos empujen a otra escuela.

Confiemos en que interviniéndolos, intervendremos la institución. Vamos a confiar en su inmenso poder de síntesis y de reverberación.

Porque si en lugar de hacer el análisis por la positiva, lo hiciéramos por el lado de la resistencia institucional a su transformación, seguro que nos encontraríamos con que los puntos de honor de la escuela, es decir, de identidad y de resistencia, vuelven a ser sus ritos y sus símbolos. El sistema educativo pareciera morir si sus ceremoniales y sus representaciones fundamentales fuesen replanteadas de raíz. Son lo más constante de la constancia histórica de la escuela. Son la identidad. Son la inmutabilidad. Son el problema, pues; o lo condensan, al menos. Son nuestro objetivo.

Vamos a desmontar la pizarra (sea verde o digital), a remover el frente en el aula, a prohibir la gestualidad magistral (dedo en alto, letra de molde, escritorio de frente, vestuario fuera de época, etc.), a instalar las clases abiertas y prohibir las fotos en los actos escolares. Y a ver qué pasa. Vamos a implantar nuevos ritos en la escuela como las asambleas estudiantiles para decidir las reglas de convivencia, como los discursos en manos de los niños y los actos escolares como puesta en escena del disenso y el debate. Vamos a rediseñar los logos, a reescribir las misiones, a replantear los reglamentos, a rehacer el concepto de cartelera, a divulgar honestamente nuestras espontaneidades. Vamos a invadir la sala de dirección y redecorar (es decir, replantear) la sala de profesores. Vamos a crear espacios comunes y saberes comunes, de usos múltiples. Vamos a descompartimentar los edificios y el conocimiento. Vamos a mezclarnos un poco y a olvidarnos de los derechos que nos resguardan. Vamos a exponernos a las críticas y entrenarnos en la revisión crítica. Vamos a negociar con las familias, sin conceder lo que no debemos conceder. Vamos a sacralizar lo sacro y a desacralizar lo que nos está hundiendo.

Vamos a operar el esquema simbólico que estructura la pétrea institución escolar. Vamos a intervenirla en su médula espinal. Vamos a relevar y replantear su sistema nervioso central. Vamos a tocar hueso.

Si somos discretos y nos movemos sin prepotencias, incluso tal vez nadie se alarme y pocos se den cuenta de que estamos poniendo en marcha la revolución definitiva.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com