*

X
La re-sacralización de nuestra realidad individual y compartida parece un ingrediente ineludible para acelerar la evolución.

800px-Robert_Fludd's_depiction_of_perception_updated_in_English

A fin de cuentas no hay algo más sagrado

que la integridad de tu propia mente

R.W. Emerson

Evolución es un termino interesante. Por un lado es una especie de insalvable inercia, impresa en el código madre de todas las cosas, un poco en sintonía con la idea de la transformación como exclusiva constante en el universo –y por cierto una transformación inteligente. Pero también concebimos este ‘estado’ como una especie de meta siempre asequible pero jamás alcanzable, por el cual hay que luchar permanentemente, esforzarnos –de algún modo no existe un tope evolutivo, y cuando alcances ese punto que hoy has imaginado, seguramente para entonces se habrán desdoblado ya nuevos y pertinentes horizontes  que añorar.

La palabra evolución ocupa hoy un lugar privilegiado en el imaginario colectivo. Dentro del misticismo pop se recurre a ella de manera constante, como si se tratara de una especie de estrella polar que guía el ánimo, individual y colectivo, orientado a alcanzar un algo mejor. Hoy la evolución, más allá de su acepción tradicional, como inercia genética, se percibe como una deseable posibilidad e incluso, por qué no, como una ‘obligación’ generacional –recordemos que la responsabilidad colectiva debiese ser proporcional a la cantidad de conciencia, de data sensibilizada, que tenemos a nuestro alcance.

Jugando con esta idea de materializar una realidad compartida más coherente, más armónica, justa y disfrutable, y de lograrlo en el menor tiempo posible (me refiero a la posibilidad de consumar una evolución acelerada), me parece que un recurso determinantes es el volver a concebirnos, y a nuestro entorno, como algo sagrado. 

Re-sacralización de la realidad

Una característica esencial en la interacción del ser humano con la ‘realidad’, que alguna vez ejercimos pero que con el tiempo se diluyó, alude a una especie de panteísmo práctico, en el que se reconoce un carácter sacro en todo. Esta cualidad cultural, cosmogónica, se traduce en un respeto hacia el entorno –incluida la naturaleza, el prójimo, los objetos materiales, y uno mismo–, fortalece la tolerancia como principio de interacción, y de algún modo lo impregna todo con un sentido trascendental, más allá del culto masivo del ego.

Siempre que pienso en este tema, en la necesidad de, otra vez, ritualizar nuestros actos, y de percibir en todo una porción de divinidad, me viene a la mente el caso de una tribu, lamentablemente no recuerdo cual, en cuyo dialecto no existe el término sagrado. La ausencia de este concepto se debe a que sus integrantes simplemente no pueden concebir algo que no sea sacro, y por lo tanto la existencia de dicha palabra no tiene sentido alguno. 

Durante esta travesía imaginaria, la re-sacralización, creo que podríamos concentrarnos en aplicar el proceso a ciertos puntos cruciales de nuestra realidad, por ejemplo:

El arte, históricamente una herramienta fundamental en el desarrollo de la humanidad, y que por diferentes razones se ha visto envuelta en sofisticadas abstracciones, ecos de glamour, mercantilización, y fórmulas pre-establecidas, debería de, además de honrar su potencial naturaleza como catalizador de  flujos conjuntos, como recurso para cuestionar y como superficie para interpretarnos, retomar su función como vehículo para conversar con lo divino, para explorar las fronteras con otros planos, y para comunicar los resultados de dicha exploración.

La práctica del sexo, una de las fuerzas dominantes de la naturaleza humana, tendría que, lejos de su satanización moralina y de su frívolo libertinaje, reencontrarse con su esencia sacra, en sintonía con los preceptos de diversas tradiciones, desde el tantra hasta la alquimia, que le atribuyen una condición de portal al origen unitario del todo.

Finalmente incluiría al ser, a ti y a mi. Antes de aspirar a una evolución colectiva, o algo así, es imprescindible que en lo individual renovemos la forma en la que nos auto-percibimos. Más allá del consumo, de las pertenencias que nos rodean, de las proyecciones psicosociales a las que nos asociamos, lo cierto es que tendríamos que recordar nuestra identidad original como pequeños fragmentos del gran holograma. Cada una de nuestras acciones y decisiones, cada pensamiento y discurso, están dotados de un ingrediente que trasciende cualquier construcción cultural, racional, incluso emocional, lo sagrado.

Ojalá que algún día, al igual que en el caso de la tribu “sin nombre”, el adjetivo sagrado deje de existir en nuestro idioma. Y en todo caso recordemos las palabras de Ralph Waldo Emerson, lo sagrado comienza en nuestra propia mente.

Twitter del autor: @ParadoxeParadis    

 

Te podría interesar:

La relación entre la ansiedad y la creatividad según Kierkegaard

Por: pijamasurf - 08/19/2013

El filósofo danés nos ofrece un valioso punto de vista acerca de cómo la ansiedad (esa cosa indefinida y aterratora) está estréchamente relacionada con la creatividad y por qué nuestra productividad depende de cómo nos relacionemos con ella.

black-smoke-artwork-HD-Wallpapers

Para Kierkegaard, la ansiedad es una fuerza dual que puede ser tanto destructiva como generativa, dependiendo de cómo lidiemos con ella. En su tratado El concepto de la ansiedad, el filósofo danés explica la ansiedad como el efecto mareador de la libertad y la inmensidad de la existencia humana: una posibilidad que o te paraliza o te invita a actuar. Escribe:

La ansiedad es completamente diferente al miedo y a conceptos similares que se refieren a algo definitivo; la ansiedad es la realidad de la libertad como la posibilidad de la posibilidad.

[…]

La ansiedad puede compararse al mareo. Aquél que por casualidad se encuentre mirando hacia el ancho abismo se mareará. Pero, ¿cuál es la razón para esto? Está tanto en su propio ojo como en el abismo, porque supón que no hubiera mirado hacia abajo. Es así como la ansiedad es el mareo de la libertad, que emerge cuando el espíritu quiere proponer la síntesis y la libertad se asoma al abismo hacía su propia posibilidad, echando mano de la finitud para soportarse a sí misma. La libertad se rinde ante el mareo. En ese preciso momento todo ha cambiado, y la libertad, cuando vuelve a surgir, se encuentra con culpa. Entre estos dos momentos está el salto, que ninguna ciencia ha explicado y que ninguna ciencia puede explicar. Aquél que se vuelve culposo en la ansiedad se vuelve tan ambiguamente culposo como es posible volverse.

Quizá sin tantos conceptos figurativos podamos entender que la ansiedad de la que habla Kierkegaard es esa parálisis ante lo indefinido. Estamos educados a actuar y tomar decisiones basados en lo limitado, lo finito, lo mesurable. O al menos eso creemos. Pero cuando estamos parados frente al acaso, entonces surge el mareo. Y el mareo es la ansiedad. Pero el filósofo lleva ese concepto un paso más allá diciendo que una vez que hemos sentido ese mareo y esa parálisis ante la libertad, cuando volvemos a sentirlo ya va cargado de culpa. Y la combinación de la culpa y la ansiedad, apunta, “es el peligro de caer; en otras palabras, el suicidio”.

Sin embargo, para Kierkegaard la ansiedad también es una gran educación para los hombres, y argumenta que el fracaso o la fecundidad dependen de cómo nos orientemos en la ansiedad. “Quien esté educado [en la posibilidad] se queda con ansiedad; no se permite a sí mismo ser engañado por su falsificación incontable y recuerda claramente el pasado. Así los ataques de ansiedad, incluso si son aterradores, no lo serán tanto como para que corra de ellos. Para él, la ansiedad se vuelve un espíritu de servicio que contra su voluntad lo lleva a donde realmente desea ir”.

Así, para Kierkegaard la relación entre la creatividad y la ansiedad es muy estrecha. Es precisamente porque es posible crear (crearnos a nosotros mismos, crear nuestras innumerables actividades diarias, escoger un camino y seguirlo) que uno siente ansiedad. Nadie sentiría ansiedad si no hubiera posibilidades. Y naturalmente crear significa destruir algo previo. La culpa de la que habla Kierkegaard tiene mucho que ver con defraudarnos a nosotros mismos al paralizarnos ante las posibilidades y no atrevernos a destruir y crear.  

[Brain Pickings]