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El carácter profundamente subjetivo de la escritura hace de esta actividad un territorio autónomo, un espacio donde podemos comprometer aquello que somos y también lo que no somos y hacer de esto nuestra fortaleza.
02 Andre Petterson: Eastern Novel (2010)

Escribir está sobrevaluado. Se trata de un ejercicio valioso en sí mismo y por varias razonas, qué duda cabe, pero pienso que desde hace un tiempo, décadas quizá, son muchas las personas que creen que escribir es más un talento que una capacidad, una suerte de don o de habilidad reservada a un puñado de privilegiados, un gremio que, por otra parte, se ha encargado de reproducir y perpetuar este prejuicio, chapando la escritura con los oropeles del oficio y la profesión, dictaminando desde sus tribunales el supuesto valor que puede tener algo que se ha escrito.

Escribir, es cierto, no es una capacidad natural, al menos no en ese sentido de lo natural que, en contraste, posee el lenguaje oral. Aprendemos a hablar por imitación y al hilo de los días, pero el lenguaje escrito alguien más tiene que enseñárnoslo. O al menos esa es la consigna y también el pretexto por el cual se cuelan la marginación y la exclusión. Por siglos y aún en nuestra época, el analfabetismo ha funcionado también como un mecanismo de control social, una forma de mantener a raya, una regla de etiqueta no escrita que en la frivolidad de algunos sirve incluso para distinguir clases sociales y descubrir el origen de una persona.

¿Pero qué decir del analfabetismo de los letrados? ¿Qué decir de quienes saben leer y escribir y sin embargo no leen ni escriben? O leen pero no escriben. Así como hay campañas de promoción a la lectura y gobiernos y organizaciones civiles preocupados por los pocos libros que se leen en determinados países, quizá deberían emprenderse también cruzadas para que la gente escriba, masivamente. ¿O escribir no es tan importante como leer?

Sí, escribir es tan importante como leer, y probablemente más todavía, sobre todo si consideramos el carácter liberador de ambas actividades. Escribir es, potencialmente, más liberador que leer porque la lectura en nuestro tiempo también es territorio de la programación mental y la ideologización. ¿Sirve leer si lo que se lee son los libros de Paulo Coelho y Dan Brown? Serviría si algún día los libros de Paulo Coelho se terminaran y el lector se viera forzado a explorar lo desconocido y lo ignorado. Pero lo cierto es que ni los libros de Paulo Coelho se terminarán nunca (porque otros como él se multiplicarán ad infinitum) y el lector de este tipo de literatura se ha vuelto tan refractario a un nivel mínimo de dificultad que, aventuro, preferiría dejar de leer a, digamos, probar suerte con Kafka.

Por eso considero la escritura como un espacio, si no ajeno a la colonización del pensamiento, al menos más propicio para hacer evidente esta colonización ―y, si es el caso, subvertirla, rebelarnos contra ella. Escribir para hacer patentes las ideas que no son del todo nuestras y sin embargo son las mismas con las que pensamos y actuamos a diario. Un dominio en el sentido literal del término: la soberanía absoluta del yo, con sus heredades y sus bastardías, su autocontrol y sus vastas regiones inexploradas, un rincón o un universo autónomo, libre según la medida de nuestra propia libertad.

¿Y hay quienes piensan que pueden valorizar todo esto? En cierto sentido nadie tiene la capacidad para valorar lo que escribes porque nadie es capaz de escribir como escribes. En la escritura comprometemos lo que somos, y no exagero. Las palabras que usamos son las palabras que escuchamos en nuestra infancia, las que leímos en nuestros primeros libros, las que repetía el más querido de nuestros amigos. En las palabras que usamos está esa parte de nuestra vida que pasamos en las bibliotecas, en las salas de cine, en las calles y las cantinas y los mercados, en las correrías de madrugada. No las frases de la mujer que creíamos que nos amaba, sino las palabras que elegimos para contarnos la historia de una mujer que creíamos que nos amaba. La sintaxis desde la cual intentamos entender el mundo. Los regaños de nuestros padres y nuestros maestros. Las trasposiciones. Las metáforas. Los equívocos. Los errores. Eso, lo que somos y lo que creemos ser, lo que los otros creen que somos, lo que quisiéramos ser, lo que nunca fuimos, lo que nunca seremos, es parte de la red a veces compleja y casi siempre absurdamente simple que se vuelve real cuando escribimos.

Por eso la escritura libera.

Por eso nadie puede escribir como escribes.

También en Pijama Surf: ¿Tener un diario o transcribir disciplinadamente los sueños son comportamientos profundamente egoístas?

Twitter del autor: @saturnesco

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El libro de los sueños más antiguo que se conserva

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Por: pijamasurf - 06/10/2013

La fascinación en torno a los sueños y la necesidad de descifrarlos son tan antiguas como el momento en que el ser humano se percató de la existencia de esa realidad paralela que solo surge cuando la conciencia duerme; un papiro egipcio es el documento más antiguo que se conserva al respecto.

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La realidad onírica ―idea que de un inicio parece contradictoria― ha fascinado al ser humano desde siempre, lo mismo en su historia personal que en la colectiva. La biografía de una persona podría trazarse, también, por los sueños que la asaltan cuando duerme; y si fuera posible recolectar los sueños de decenas, cientos, miles o millones de personas que comparten una misma época y lugar, sin duda este tipo de exploración socio-onírica ofrecería otras claves para entender ese momento histórico.

Este interés por los sueños se ha manifestado, entre otros aspectos, en libros que buscan descifrarlos, reducirlos a un significado inteligible ya de vuelta en la vida diurna y consciente. Una de las creencias más remotas que sin embargo ha sobrevivido hasta nuestros días, es que lo sueños son un mensaje, y su dificultad simbólica se toma como prueba de ello. En efecto: ¿por qué si no los sueños son tan enigmáticos? ¿No es porque intentan decirnos algo?

En este sentido, el documento de codificación onírica más antiguo que se conserva es un papiro egipcio cuya antigüedad se data en el año 1275 antes de nuestra época, probablemente escrito durante el reinado de Ramsés II, de la Dinastía XIX.

El papiro comienza con un singo herético en la parte superior de una columna y sigue con la frase “si un hombre se ve a sí mismo en un sueño”; después, en líneas horizontales, se describen distintos sueños que al final se valoran como “bueno” o “malo”. El texto enlista primero los sueños buenos y en segundo lugar los malos. “Malo” está escrito en rojo, “el color del mal presagio”. Aquí un par de ejemplos:

Si un hombre se ve a sí mismo en un sueño mirando hacia una ventana, bueno; significa la escucha de su llanto.

Si un hombre se ve a sí mismo en un sueño con su cama en llamas, malo; significa que está alejando a su mujer.

Según especulan los historiadores, el papiro tuvo varios dueños antes de ser depositado en el cementerio de Deir el-Medina, donde fue encontrado. Uno de sus poseedores conocidos fue el escriba Qeniherkhepshef, quien al reverso copió un poema alusivo a la Batalla de Kadesh, en la que el ejército faraónico repelió a las tropas de los hititas. En buena medida fue gracias a esta transcripción que el documento pudo fecharse. A partir de entonces este se conservó en la familia del escriba durante más de un siglo. Actualmente se conserva en el Museo Británico.

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En Scribd, el Libro de Sueños de Jorge Luis Borges.

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