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Cuando se extraña a una persona a la que queremos, es entonces cuando florece el fantasma. Un simulacro que es una suerte de miembro amputado, ya que cuando dos personas se unen por suficiente tiempo sus cuerpos se articulan.

miembro

Unable to believe in anything at the unchanging core

of being but a phantom limb’s complete and constant

Wing-ache

Jefrey Schultz

Hay fantasmas que toman el lugar de una ausencia. Estos seres que nos siguen a todas partes, y que con frecuencia nos habitan, se desenvuelven de distintas maneras y toman diferentes formas de acuerdo al efecto que busquen lograr (asumiendo que tienen agencia propia y que no nacen puramente de la imaginación). Los que incumben aquí no son, como las apariciones, una refulgencia traslúcida, sino una niebla antropomorfa, portadora de  placer y de dolor como lo sería una extremidad de nuestro cuerpo. Son los fantasmas de los sentidos (el fantasma de la vista, el del tacto, el del olfato, el del gusto) que aparecen producto de proyecciones del cuerpo, de la memoria del cuerpo. A ellos, que todas las personas experimentan alguna vez en distintos grados, se les atribuye un lugar importante en el mundo ya que están directamente relacionados con la más alta señal de vida: el dolor. 

En su definición médica, el síndrome del “miembro fantasma” es un fenómeno psicológico post-amputación que se origina en el cerebro. Es la sensación de que un miembro faltante sigue unido al cuerpo y se mueve debidamente como el resto de las extremidades. La sensación fantasma también puede ocurrir después de la extirpación de otras partes del cuerpo: cuando te sacan una muela, te quitan los ovarios, te extraen un ojo. La memoria física de las ausencias se queda impresa en la fantasía. Y duele. Pero el dolor es intermitente; los fantasmas también generan confort y una especie de sensación de compañía, de completitud. Quizá por eso se quedan tanto tiempo. 

Por otra parte existe el llamado “dolor fantasma”, proveniente de alguno de estos espectros; puede darte un dolor de cólicos menstruales después de que te ha dado la menopausia, por ejemplo. Oliver Sacks habla sobre el miembro fantasma en el caso de amputaciones. Y el neurocientífico V.S. Ramachandran aborda el mismo tema desde los espejos. Lo cierto es que este específico fantasma ha ocupado a todo tipo de personas a lo largo del tiempo, desde médicos hasta escritores y artistas, y esto es quizá porque es la inmensa prueba de que el cuerpo recuerda, y es la metáfora que explica el extrañamiento. 

Cuando se extraña a una persona a la que queremos y estábamos bastante acostumbrados, acontece el fantasma. Un simulacro que es una suerte de miembro amputado, ya que cuando dos personas se unen por suficiente tiempo sus cuerpos se articulan. De ahí el dicho común de que una persona es la extensión de otra. La parte responsable de estas presencias es enteramente la memoria del cuerpo, que es tan  potente que dispone de trucos para conseguir un efecto determinado y tiene la facultad de retener geometrías y de mandar señales de dolor al cerebro si se le separa de una porción a la que había adoptado como suya. En consecuencia, cuando una persona se queda sin otra, esta sigue merodeando por su casa, su cama, su hora de comida, su mesa de trabajo. Y, lo más extraño, lleva consigo la temperatura y el peso exacto de lo que sustituye. (Sweet substitute). 

“Constantemente usamos términos simbólicos para representar conceptos que no podemos comprender del todo” diría Jung, es por eso que al fenómeno de tener a nuestro lado una ausencia perfecta le llamamos phantom limb; un fantasma que ocupa el lugar de otra cosa. Sin embargo, a diferencia del miembro fantasma clínico, el metafórico nunca se queda en un mismo lugar; se mueve (lo mueves) a donde quieras que te acompañe. Está como conectado a ti por hilos y venas y tiene mucho que ver con la famosa declaración de Antonio Porchia: “quién no llena su mundo de fantasmas, se queda solo”. 

Pero el fantasma también está acompañado de nosotros. El phantom limb es una relación de mutuo encanto y de puras sensaciones externas; uno siente las cosas allá, donde termina su cuerpo y comienza el espectro, y viceversa. El espectro, que tomó la forma de un objeto de afecto, de deseo, no quiere dejar de serlo. Sería descabellado. La única manera de deshacerse de él es, paradójicamente, volviéndolo fantasma. Dejando que se desvanezca hacia la impalpabilidad por falta de atención y por cambio de costumbres. O, puesto en sus mismos términos, amputando al miembro fantasma.

 

Twitter del autor: @luciaomr

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"Pay attention and breathe". -Terence Mckenna

En un mundo donde nuestra interacción social suele estar mediatizada y nuestras herramientas de trabajo son en sí mismas medios de comunicación que no dejan de emitir mensajes --interminables parpadeos electrónicos en el flujo del tiempo--, la atención se ha convertido en un recurso limitado sumamente codiciado. Según Jason Silva, "la atención es el nuevo petróleo" y "está siendo devorada cada vez más rápido"; en el mercado mediático los gurús del marketing y la comunicación ponen sus mejores esfuerzos al servicio de "capturar y manejar [la atención de las] personas". 

Aunque seamos conscientes de que nuestros medios y nuestros gadgets fomentan el consumo de información breve y segmentada, como en snacks predigeridos, extractos eminentemente visuales o llamativos --poco reflexionamos sobre lo que le sucede a nuestra capacidad de concentrarnos y a la duración de nuestros periodos de atención. Aunque  meditar, desconectarnos a ratos de Internet, salir a caminar al bosque o leer literatura clásica nos pueden situar en otro flujo de tiempo, más amplio, cuyos futos reposados pueden extenderse a todas las áreas de nuestra vida--es indispensable deternernos a observar nuestros hábitos de navegación y la relación que tenemos con nuestros gadgets para implementar estrategias de aprovechamiento (en la voraz competencia por la atención que en ocasiones torna a nuestro cerebro en contra de nosotros mismos).

¿Cuando navegas por internet cuánto tiempo pasas en la misma página? ¿Si te quedas en un mismo sitio por mucho tiempo sientes la urgencia del zapping? ¿Si te encuentras con un artículo cuya extensión va más allá de un par de párrafos y parece tener cierta densidad informativa, te posee una especie de incomodida intelectual y rápidamente te refugias en Facebook? ¿Cuando no tienes "nada" que hacer tomas automáticamente, en un vacío de Pavlov, tu smartphone y te pones a ver fotos en Instagram? ¿Cada cuánto refrescas tu proveedor de mail para ver si ya llegó otro correo? ¿En ocasiones crees escuchar el ringtone de tu télefono sonando, pero cuando lo desbloqueas te das cuenta que fue tu imaginación? ¿Te suele pasar que excedes el tiempo para contestar un captcha (porque se te olvido mientras navegabas por otros sitios) y tienes que esperar 45 minutos más para bajar el disco que querías en páginas como Rapid Gator o Uploaded? ¿Sientes una necesidad física de tener cerca tu celular como si fuera un miembro fantasma? ¿Cuándo fue la última vez que surfeaste la Red sin estar checando updates en alguna red social, divagando como buen ciberfláneur sin sentir el apremio del reloj, en la deriva pura de la data?

Esta es la sintomatología de una atención dividida en la era de la hiperestimulación informativa. No se trata de oponer un puritanismo ludita, sino de reflexionar sobre hasta qué punto nuestros gadgets nos hacen menos eficientes (como sugiere Douglas Rushkoff). Y es que por más que Facebook o Twitter (por citar las redes sociales más populares) sean formidables herramientas para conectarnos con nuestros amigos o encontrar información interesante, su misma naturaleza, aquello que los hace tan atractivos --sus filtros, sus trozos de información relevante constantemente actualizándose que nos hace saltar de un lugar a otro, la misma friendliness de su diseño , etc.-- las hace poco favorables para cultivar nuestra atención y concentrarnos en tareas puntuales de manera más prolija. Es parte de una especie de ennui digital que solemos procrastinar y merodear conectados por horas cuando podríamos haber resuelto alguna tarea específica en 45 minutos de concentración ininterrumpida.  Y después podríamos encontrar el resolano, sin estrés de tener que completar algo, un mundo abierto. (A esto se une el efecto nocivo que tiene la luz brillante de las pantallas después del ocaso, un efecto que nos deja encandilados y enganchados como si fueran una adictiva droga de diseño).

Una investigación de la Universidad Carnegie Mellon mostró que cuando los estudiantes eran interrumpidos con mensajes de texto mientras tomaban un examen sus resultados eran 20% más bajos que cuando sus teléfonos estaban apagados. Según otro estudio, en promedio un grupo de estudiantes lleva su atención a navegar la Web o checar su mail cada dos minutos cuando se encuentra haciendo la tarea en casa con sus propios aparatos. Trabajadores adultos logran enfocarse en una misma tarea sólo 11 minutos.

Ante este estado general de la atención, la profesora de Historia del Arte y Arquitectura de la Universida de Harvard, Jennifer Roberts, ha implementado en su curso la tarea de detenerse a observar una pintura o una escultura por tres horas seguidas. Sobre esta asignatura, que ha recibido cierto eco mediático, escribe Daniel Willingham de la Universidad de Virginia: "Lo que me gusta tanto de esta tarea es que contradice la creencia de que te aburrirás fácilmente si pones tu atención en una sola cosa por mucho tiempo... Cuando cambiamos rápidamente nuestra atención, nos perdemos de cosas que nos pueden dar un entendimiento más profundo del mundo ". Los mismos estudiantes suelen decirle a Roberts que después de esas tres horas han generado algunas de sus mejores ideas e insights sobre el arte y también sobre sus propias vidas.

Según la Dr. Cathy Kerr de la Universidad de Brown el hecho de que nuestra atención se reparta en tantas actividades está causando pequeños cambios en nuestro cerebro --pero practicar la atención sostenida diariamente también resulta en cambios sutiles en nuestro cerebro en otro sentido. Tal es la neuroplasticidad que donde pone la mirada transforma su capacidad de ver. O en palabras de Steven Johnson: "Nuestros pensamientos transforman nuestros espacios y nuestros espacios nos regresan el favor".

Según explica Tony Schwartz, autor de The Energy Project, al igual que durante el sueño, nuestros cuerpo en la vigilia están regidos por un ciclo de 90 minutos --nos movemos de un estado de alerta a uno de fatiga fisiológica en estos intervalos. Es por esto que es importante encontrar una forma de renovación de energía y atención, por lo que se recomienda trabajar concentradamente en una tarea durante una hora y media y luego descansar, meditar o entretenerse con otra cosa por un intervalo de entre 15 y 30 minutos para luego dedicarse a otra tarea. Consejos para una administración del tiempo en la era en la que el ser humano vive en el tiempo de las máquinas (un tiempo en el que todo puede pasar al mismo tiempo). Según Douglas Rushkoff: "En vez de encontrar estabilidad en el aquí y en el ahora, acabamos reaccionando al asalto siempre presente de impulsos y comandos simultáneos" y "sí, podríamos estar en medio de una crisis existencial pero estamos demasido ocupados para notarlo". El resultado del asalto multiventana de la información es que el presente nos resulta un shock.

Achtung, achtung, era el mantra que escuchaba un joven universitario que buscaba ser iniciado en los misterios y dar a luz una nueva conciencia.  No está de más pedir atención, en la era de la sobreinformación y de la distracción, tenerla es una especie de oro de la mente.