*

X
El insomnio es, probablemente, tan viejo como el sueño, y por ello mismo existen una buena cantidad de remedios y consejas de los que compartimos uno de antiguo abolengo que quizá valga la pena intentar.

Ahora, a medida que crecen la impaciencia y el anhelar, el paisaje se aleja, el muro y las cosas de enfrente se retiran y repliegan sobre sí mismas, el reloj marcha más despacio. Todo se ha puesto a vivir una vida aparte, impenetrable. 

Octavio Paz, El arco y la lira

Si el sueño prefigura a la muerte, ¿el insomnio será un antecedente de la eternidad? Así parecen pronosticarlo esas noches en que el cuerpo y la mente se niegan a descansar, cuando se revuelven en pensamientos y sensaciones que nos mantienen contra nuestra voluntad y nuestro deseo en el mundo de la vigilia, varados en nuestra propia e insoportable conciencia como el viajero que pierde la conexión de un vuelo, que llega justo cuando ha salido el último tren, el último autobús, antes de que todas las corridas se reanuden al día siguiente. El insomnio como una metáfora a veces dolorosa de los días y las noches que pasaremos en la inane vacuidad de la vida que no muere.

Consejas y remedios para aliviarlo no faltan, tan viejo como es el insomnio, acaso tanto como el sueño. Beber leche tibia con miel o comer una ensalada ligera, suscitar un orgasmo, contar cuántas ovejas saltan el cercado de la imaginación, leer y varios más, entre los que la música es uno de los más socorridos.

Si admitimos que el insomnio también es pretexto para la creación (o al menos esa es la consigna romántica), resulta lógico que en torno a este existan varias expresiones artísticas que lo ensalzan o lo desprecian, y también otras menos pretenciosas cuyo único fin es hacerlo llevadero. Tal es el caso de las Variaciones Goldberg, una de las obras más emblemáticas de Johann Sebastian Bach, notable por el intimismo que transmite en comparación con otras piezas mucho más grandilocuentes y magnas y sublimes, acaso signo de las circunstancias en que fueron escritas. Al respecto escribe Johann Nikolaus Forkel, uno de los primeros biógrafos del músico:

[Para esta obra] tenemos que agradecer la instigación del antiguo embajador de Rusia en el tribunal electoral de Sajonia, el conde Kaiserling, quien frecuentemente paraba en Leipzig trayendo consigo al susodicho Goldberg, con el propósito de que este recibiera instrucción musical de Bach. El conde casi siempre estaba enfermo y pasaba varias noches sin dormir; en esas ocasiones Goldberg, que vivía en la casa, tenía que quedarse en la antecámara para tocar durante su insomnio. Una vez el Conde dijo en presencia de Bach que quería algunas piezas de clavicordio para Goldberg, suaves pero vivas, para así animarse un poco y aliviar el tedio de sus noches insomnes. Para cumplir su deseo, Bach pensó en una serie de variaciones, una forma que hasta entonces había tenido muy poco en cuenta por la recurrencia y la repetición de la misma base armónica. Pero como todas las composiciones de ese periodo, las Variaciones son una obra maestra, y el único ejemplo de este tipo que Bach legó. A partir de entonces el Conde las llamó siempre sus variaciones. Nunca se cansó de ellas y por mucho tiempo las noches de insomnio fueron noches de “Querido Goldberg, toca una de mis variaciones”. Tal vez Bach nunca fue tan bien recompensado por una de sus obras como lo fue por esta. El Conde le entregó un cáliz dorado con 100 louis-d'or. Sin embargo, incluso si el regalo hubiera sido cientos de veces más rico, el valor artístico de las Variaciones no hubiera quedado cubierto.

A continuación ofrecemos 4 versiones de la pieza. En primer lugar, la del clavecinista francés Pierra Hantaï, probablemente una de las mejores interpretaciones de las últimas décadas, que posee el talento suficiente para recuperar y transmitir el espíritu original de la composición.

Después se encuentra Glenn Gould, el legendario y extravagante pianista que irrumpió en 1955 con una interpretación heterodoxa de las Variaciones, sumamente personal y fuera del canon pero, al mismo tiempo, ejecutada con solvencia y pasión, además de un consumado aunque singular entendimiento de la sensibilidad barroca y específicamente bachiana. Ese fue el primer anuncio del revuelo que Goud levantaría en las siguientes décadas por su toma de postura ante la música y la forma que esta tomó en sus interpretaciones. Gould volvió a las Variaciones casi 30 años después, en 1981, y algunos meses antes de morir; la vivacidad y el ardor de la juventud desparecieron para dar paso a la calma y la introspección, cierta melancolía mortecina que, por última vez, confirmó la genialidad del canadiense.

Finalmente compartimos una transcripción de la pieza para trío de cuerdas realizada por el violinista Dmitry Sitkovetsky (quien, por cierto, se la dedicó post mórtem a Gould) y ejecutada por este mismo, Gérard Caussé en la viola y el reconocido chelista Misha Maisky.

Asimismo, después de los videos se encuentra un enlace para descargar estas 4 interpretaciones en mp3 y 3 más: dos en clavecín en manos de Karl Richter y Gustav Leonhardt, y una transcripción para arpa interpretada por Catrin Finch.

Es imposible saber, por supuesto, para insomnio de quién esta música será un alivio, como antaño lo fue para el conde Kaiserling, pero se trata de Bach, y esa parece razón suficiente para intentarlo. 

Pierre Hantaï

 

 Glenn Gould (1955)

 

 Glenn Gould (1981)

 

Mischa Maisky, Nobuko Imai y Julian Rachlin 

 

 

Enlace para descargar 7 interpretaciones de las Variaciones Goldberg (Gould, Hantaï, Sitkovetsky-Maisky-Caussé, Leonhardt, Richter, Finch).

También en Pijama Surf: Retratando el insomnio: fantasmas atrapados en un sueño ligero

Twitter del autor: @saturnesco

Te podría interesar:

TOP: las 19 fotografías mejor vendidas de la historia

Arte

Por: pijamasurf - 04/09/2013

¿El arte tiene precio? Románticamente se diría que no, porque, como el trabajo, es imposible tasar aquello que va más allá dela materialidad y está hecho de otra sustancia. Románticamente, no hay pago que cubra aquello que el arte expresa, manifiesta, presenta.

Con todo, el sistema económico en el que vivimos tiene como una de sus funciones y pretensiones elementales asignar un costo a todo, convertir todo en objeto susceptible de encontrar equivalencia con esa mercancía que es todas las mercancías: el dinero.

¿El arte tiene precio? Sí, al menos cuando voluntaria o involuntariamente (¿pero es posible lo “involuntario” en este sistema?) se incorpora al circuito de la producción y la circulación, de la oferta y la demanda, el consumo, la compraventa.

En este top que presentamos se encuentran las 19 fotografías más caras de la historia, algunas de las cuales han alcanzado precios verdaderamente increíbles. ¿Justificadamente? Esa quizá sea la pregunta de fondo, un enigma que se desdobla de lo meramente económico a los motivos por los cuales consideramos valiosa una obra (en todos los sentidos posibles).

Más de medio millón de dólares por el retrato de Andy Warhol tomado por Robert Mapplethorpe: ¿es por Warhol o por Mapplethorpe? ¿O por ambos? ¿Cambiaría nuestra percepción sobre la obra, la percepción social que implícitamente se encuentra cifrada en la suma pagada por la imagen, si el modelo hubiera sido otro? ¿La antigüedad de la fotografía de Billy the Kid, su carácter emblemático en la historia estadounidense, vale más de 2 millones de dólares?

Se trata de preguntas poco fáciles de resolver, como poco fácil ha sido la relación entre el mundo del arte y el del valor económico.

Salvo que se indique lo contrario, en la fotogalería los precios se encuentran en dólares.

También en Pijama Surf: ¿La fotografía es un arte menor por desarrollarse a la sombra de la pintura?

En Faena Sphere: La sensibilidad de las sombras, Mapplethorpe el fotógrafo de lo oculto

[Photography Talk]