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Es hora de replantear una estrategia contra las drogas considerando la legalización: líderes de AL

Por: pijamasurf - 04/09/2012

El fracaso de la llamada “guerra contra las drogas” será expuesto ante el presidente Barack Obama por líderes políticos de América Latina en la Cumbre de las Américas que se celebrará en Cartegena, planteando la necesidad de una nueva estrategia frente al problema del narcotráfico.

Con motivo de la Cumbre de las Américas que en esta ocasión tendrá lugar en la ciudad colombiana de Cartagena, líderes políticos de la región expondrán ante Barack Obama el fracaso de la confrontación directa y armada al problema del narcotráfico, la llamada estrategia de “guerra contra las drogas”.

De acuerdo con diversos analistas, esta oportunidad es única no solo por la coincidencia de mandatarios de todo el continente, sino sobre todo porque este momento se presenta como crucial para redefinir el enfoque predominante con el cual se abordan asuntos como la drogadicción, el tráfico ilegal de drogas, el lavado de dinero producto de estas operaciones y otros problemas afines (aproximación que, es necesario aclarar, emana directamente de la Casa Blanca). La intención es conseguir el consenso necesario para plantear soluciones mucho más liberales al respecto.

Otto Pérez Molina, presidente de Guatemala, será uno de los principales impulsores de una iniciativa para terminar con la prohibición de ciertas drogas en el continente, partiendo de la premisa de que el narcotráfico es en esencia un fenómeno económico y como tal debe ser tratado. Escribe Pérez Molina en el artículo “Tenemos que encontrar nuevas soluciones a la pesadilla de las drogas de América Latina”,  publicado originalmente en el diario inglés The Guardian:

De hecho, el paradigma de la prohibición que inspira la respuesta mundial frente a las drogas hoy en día está basada en una premisa falsa: la convicción de que es posible erradicar el mercado mundial de drogas. […]

Sin duda alguna, abandonar el paradigma de la prohibición de las drogas nos puede llevar a un terreno complicado. En este sentido, debo decir que me parecería profundamente irresponsable sugerir una absoluta libertad de mercado para las drogas –es decir, permitir el consumo, producción o tráfico de drogas sin ningún tipo de restricción-. […]

Para dejar las cosas claras, la propuesta del Gobierno de Guatemala es abandonar toda premisa ideológica en el debate con respecto a las drogas (ya sea la prohibición o la absoluta liberalización) y promover un diálogo intergubernamental global basado en un enfoque objetivo y realista: la regulación del mercado de las drogas. El consumo, producción y tráfico debería estar sujeto a regulaciones globales, lo cual significa que el consumo y la producción deben ser legalizados en el marco de un marco regulador estricto. Y legalización por lo tanto no debe ser confundido con liberalización del mercado sin ningún control.

Quizá, como el guatemalteco lo hace, es momento de que los dirigentes nacionales se preocupen menos por la popularidad política coyuntural en sus propios países y asuman la responsabilidad de verdaderos estadistas que saben cuándo es momento de corregir una estrategia que a juzgar por los violentos y costosos resultados, simplemente no está funcionando.

[Guardian]

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Disciplinas tan iconoclastas como el psicoanálisis y la neurociencia han desmitificado el fenómeno amoroso en años recientes, pero se mantiene por lo menos un elemento que cubre de misterio esta emoción: ¿por qué amamos a una persona en específico y no a otra?

Solo amamos aquello en que buscamos algo inasequible

Proust, La prisionera

La romantización del amor, tan propia de épocas pasadas, parece que en la nuestra llega a su fin de la mano de disciplinas tan iconoclastas como lo son el psicoanálisis y la neurociencia ―esta más novedosa que aquel y, para algunos, incluso una especie de antídoto científico a la fabulación del psicoanálisis.

Desde ambas perspectivas es posible entender el amor despojado totalmente de esa idealización o mistificación que desde varias tradiciones se le ha impuesto, esa “aura amorosa” en torno suyo que a la luz de las teorías de Lacan o los descubrimientos neurocientíficos queda reducida a un malentendido en la percepción simbólica del sujeto o al resultado de reacciones neuroquímicas y hormonales que hacen del fenómeno amoroso un algoritmo fisiológico.

De entrada recordemos que en el psicoanálisis lacaniano el enamoramiento hacia otra persona, en cierto sentido, no existe. Hay en todo caso un equívoco, la identificación errónea de algo que el sujeto cree advertir en otra persona, un excedente en el otro que carece de realidad más allá de la figuración del sujeto, un algo que el otro no tiene pero que el enamorado admira y desea para sí. La conocida fórmula del objet petit a (según lo explica Žižek):

¿En qué consiste el señuelo del amor? Cuando estoy enamorado, amo a alguien a causa del objeto a en él, a causa de lo que “en él [es] más que él mismo”, en síntesis, el objeto del amor no puede darme lo que demando de él ya que no lo posee, dado que, en lo más íntimo, se trata de un exceso. Lo que define al amor es esta discordancia o brecha básica (elaborada por Lacan a propósito de la relación de Alcibíades con Sócrates en el Banquete de Platón): el amador [erastés] busca en el amado [éromenos] lo que a él le falta, pero, como lo expresa Lacan, “lo que a uno le falta no es lo que está escondido dentro del otro” —de este modo, lo único que le queda por hacer al amado es realizar una especie de intercambio de lugares, cambiar de objeto a sujeto del amor, en síntesis: devolver amor.

Esto por lo que toca al psicoanálisis, ideas acaso cuestionables que  para algunos poseen coherencia, sentido y realidad a pesar de (o gracias a) la retórica laberíntica en que están envueltas, sobre todo porque encuentran eco en experiencias concretas relativas al amor.

Por otro lado tenemos la neurociencia, en donde, según palabras de Helen Fisher, bioantropóloga en la Universidad de Rutgers especializada en la evolución de las emociones humanas, el amor no es una emoción, sino, por el contrario, “un sistema de motivaciones, un impulso, es parte del sistema de recompensas del cerebro”.

En efecto: el amor romántico se explica como la combinación de altos niveles de dopamina y norepinefrina, además de poca serotonina, todo lo cual se conjuga para generar en el cerebro el pensamiento obsesivo hacia la otra persona que caracteriza la atracción amorosa. Estos mismos químicos también son los responsables de las sensaciones de euforia que sobrevienen cuando el panorama amoroso se presenta favorable y el viraje brutal hacia la depresión o la frustración cuando se atisba un posible fracaso. En relaciones amorosas de largo aliento son la oxitocina y la vasopresina las que nos proveen el sentimiento de tranquilidad y comodidad que sentimos cuando nos encontramos en compañía del ser amado.

Ahora bien, ambos planteamientos explican con (relativa) suficiencia por qué amamos y qué pasa en nuestra mente cuando amamos. Sin embargo, a mi juicio esto no basta para desmitificar el amor, para defenestrarlo de ese sitial privilegiado que ocupa en las intenciones sentimentales de casi cualquiera. Pervive en un rincón una circunstancia relacionada con el amor cuyo misterio parece ampliarse y cubrir la noción entera, so riesgo de echar por tierra todas estas teorías.

Podemos saber por qué amamos y qué pasa fisiológicamente en nuestro interior cuando amamos, pero ¿por qué elegimos amar a una persona en específico y no a otra? Tomando en cuenta que a diario, en los muchos días de nuestra vida, nos cruzamos con muchísimas personas, entablamos contacto cotidiano con otras, iniciamos o reanudamos relaciones con las más variadas, ¿por qué no caemos enamorados (si se me permite el galicismo) de más de una de estas a cada momento con la misma intensidad que sí sucede con una sola y con expectativas más ambiciosas?

Hablo, ya se ve, de ese relámpago letal y poco frecuente que es el enamoramiento, ese arrebato súbito, ese coup de foudre, ese acceso de locura, esa manía erotike, esa forma de la posesión, el “flechazo” del imaginario popular que intenta emerger al lenguaje solo a través del sentido figurado y las metáforas, de los muchos significantes aledaños a una realidad en esencia inefable.

Tal vez exagero, pero me parece que todos esos esfuerzos por sujetar racionalmente la naturaleza amorosa quedan supeditados a la irracionalidad del azar, de la casualidad, del encuentro fortuito con una persona que sin saber por qué comenzamos paulatinamente a amar, justo como si en ese preciso instante potencias ajenas a nuestra voluntad y nuestro entendimiento nos hicieran cautivos dentro de nuestra propia ignorancia, forzando una entrega irremisible a su actuar inevitable.

Con todo, que el psicoanálisis o la neurociencia no puedan ofrecer una respuesta satisfactoria a este problema no significa —al menos no para mí— que abdiquemos por completo de la racionalidad. Quizá el enamoramiento sea, después de todo, solo un asunto de probabilidades.

 

Referencias:

“This is your brain in love”, de Maria Popova, en brain pickings

¡Goza tu síntoma! Jacques Lacan dentro y fuera de Hollywood, de Slavoj Žižek, en Scribd

Twitter del autor @saturnesco