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La insoportable saudade del espacio sideral: Astronautas suicidas

Arte

Por: pijamasurf - 08/17/2011

Algo ocurre cuando se viaja al espacio y la conciencia se expande y luego se regresa a la aburrida realidad de los suburbios, una nostalgia del espacio cósmico que puede convertirse en una letal depresión.

 

Tal vez algo ocurre cuando se cruza el litoral entre la Tierra y el espacio sideral, cuando se  rompe la placenta azul, fuera de la protección del campo magnético del planeta, recibiendo los rayos cósmicos, muones y neutrinos del infinito.  La psique se transforma, la conciencia se expande. A veces estos estados alterados o la profunda belleza del vacío y la armonía del esferas hacen que los astronautas no logren regresar del todo. Un jet lag cósmico los persigue por el resto de sus vidas, el deseo de abandonarse al mar de las estrellas, de flotar para siempre en la oscuridad que los envuelve como un vientre más amplio hacia un nuevo nacimiento.

Estos astronautas regresan a la Tierra como zombies, con sus almas aún vagando por la galaxia, buscando reunirse con el Hacedor de Hologramas. Con un caso agudo de los blues de la Luna.

Esta sensación de desconsuelo total ha sido retratada por el fotógrafo Neil Dacosta. No explica mucho, solo cita al líder del programa espacial norteamericano, un hombre que podría ser un clon:

"Entiendo que algunos creen que deberíamos regresar a la superficie de la Luna, pero debo de decirlo de manera escueta, ya hemos estado ahí antes".

¿Acaso quieren ocultar los secretos del Monólito Negro, o la presencia de entidades extraterrestres con las cuales han pactado y que son como vampiros energéticos sobre el cuello espiritual de la humanidad? ¿En realidad se están suicidando estos astronautas, o son suicidados? La CIA o una voz de la Luna habla en el silencio del espacio infinito.

 

 [Astronaut Suicides]

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La más reciente película de Woody Allen puede verse como una revalorización crítica del presente, de esta realidad que tenemos y, más importante, en la que estamos obligados a actuar.

La tarde de ayer vi, finalmente, Midnight in Paris, la más reciente película de Woody Allen. Lo digo así, como aliviado, porque sin duda una película de Allen es ahora un must-see, un “producto”, si se me permite la expresión, que debe adquirirse siquiera para tener tema de conversación ocasional con el amigo, conocido o pariente cuyos gustos cinematográficos, culturales o de entretenimiento se cruzan en la zona «Woody Allen» con los nuestros.

Por fortuna Midnight in Paris, sin importar que sea una mercancía impresa con el inconfundible sello del director neoyorquino últimamente avecindado en Europa, supera por mucho esa pobre clasificación. Es un producto de consumo, nadie lo niega, y quizá uno tan alienante como cualquier otra película hollywoodense, rayana (con perdón de los allenofílicos) en las fantasías más opiáceas de Disney si se ve solo superficialmente, sin embargo, no sería una buena película si ese cuento de hadas parisino se quedara en eso, en la fantasía simplona e irrealizable, ciega ante ese gigantesco cliché («Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo») en que quedó convertida la capital francesa, particularmente para quienes no participan de su fasto y esplendor, luego de ser durante casi todo el siglo XX el polo más importante de las vanguardias artísticas, el cenáculo desde donde se regaban para el resto del mundo las técnicas más novedosas, la crítica más despiadada, el canon más selecto y las obras más arriesgadas lo mismo en literatura que en música o pintura que en el resto de las artes y otras disciplinas del pensamiento. No es gratuito que Allen haya elegido esta profusa época como el imán que atrajera y cautivara la atención de los espectadores, acaso la mayoría nostálgicos irredentos o al menos románticos animosos de esa inigualable y casi cósmica conjunción de talento y originalidad, irrepetible no solo por todo el genio ahí reunido, sino también por cierto halo de comunión que a todos rodeaba y cobijaba, una cierta solidaridad que por momentos parecía —o así se ve con el lente de la nostalgia— sobreponerse al ego propio de los artistas, a su testarudez infantil e insoportable.

Pero, como decía, esta no es una de las llamadas películas “de época”, es decir, no intenta retratar aquella década ni la vida y las tribulaciones de esa para la que Gertrude Stein, según cuenta Hemingway en Fiesta y seguramente otros en sendos lugares, en un momento de ingenio y lucidez, acuño el epíteto de “generación perdida”. Nada de eso. Allen se acerca a esta etapa de la historia de las artes sí con candoroso respeto —acaso el mismo que el protagonista demuestra la primera vez que conoce a alguno de aquellos figurones: los Fitzgerald, Hemingway mismo, T. S. Eliot, etc.— pero, más importante, si no de manera crítica, sí con algo que freudianamente podríamos llamar “principio de realidad”.

No sin maestría Midnight in Paris oscila entre la realidad y el delirio —y por momentos amenaza con caer definitivamente en este, como le sucede (¿pero le sucede?) a Adriana, la amante de Picasso que decide quedarse para siempre en la fantasía de la belle époque. Por cierto, ya que esta  secuencia salió a cuento, vale la pena abrir un paréntesis para hacer notar ese cuádruple juego de reflejos entre la realidad y la ficción, dentro y fuera de la película, que Allen implementa tanto con esta decisión de Adriana como con la iteración del vehículo que permite a tres personajes transportarse en el tiempo, introduciendo las clásicas paradojas que gracias a Einstein (o con mayor probabilidad a Back to the Future) sabemos que se producirían si esos intercambios entre presente, pasado y futuro fueran posibles fuera de una realidad imaginada y contenida como la cinematográfica.

Quizá podría decirse, sin pretensiones de extraer una moraleja del relato, que ese es uno de los nodos de la película: la reconciliación del continuum que llamamos historia o vida o realidad que solo por comodidad o por regocijo íntimo fragmentamos. La aceptación última de que este presente, esta realidad, sin importar que sean o no reales, son lo único que tenemos, sin que esto implique que sean poca cosa: es más que suficiente darnos cuenta que aquí y ahora confluyen todas las épocas y todos los hombres, «siglos de siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí».

Aun así, es como si cayéramos de un abismo a otro, de los túneles interminables de la intercomunicación temporal a la abisal fosa de la conciencia. Con todo, el problema no es irresoluble. Existe una manera simple, aunque ardua, de salvar el delirio, de escapar tanto del laberinto de la añoranza por el pasado como del callejón sin salida del solipsismo: la acción. Hacer algo: siempre según nuestra certidumbre íntima, eso que cada uno cree su vocación, su llamado, su razón de ser. Escribir, como el protagonista. Filmar películas, como Allen. Lo que sea, pero hacer siempre algo. Atento al pasado, pero no su cautivo. Seguro de sí, no enamorado de sí.

«Sin embargo, en el arte no existe iniciador ni precursor (cuando menos en el sentido científico). Todo reside en el individuo, cada individuo reinicia, por su propia cuenta, la tentativa artística o literaria, y las obras de sus predecesores no constituyen, como en la ciencia, una verdad adquirida de la que se beneficia el siguiente. Actualmente, a un escritor genial le queda todo por hacer. Su situación es más o menos la misma que la de los tiempos de Homero» (Proust, en su Contra Sainte-Beuve).

Midnight in Paris: no una celebración, sino una resolución por el presente.

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