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Escritores del Cielo en Hades (2/10: Sanación auto-literaria y Diálogo con Uno Mismo)

Por: Jasun Horsley - 06/08/2011

Segunda entrega de esta didáctica narrativa psicoliteraria, obra del filósofo contemporáneo Aelous Kephas; ¿Cómo desarrollar un diálogo con uno mismo y aprovechar los efectos terapéuticos de una auto-narración sincera?

Imagen: Cortesía de Lucinda Horan

Segunda Parte / El Oyente: Desarrollando un diálogo con Uno Mismo

“En el Génesis, la primera instrucción de Yahweh a Adán no es algo práctico tal como hacer un fuego o modelar un arma. Él le enseña al primer hombre a nombrar todas sus criaturas. Mediante este acto, Yahweh enfatiza que el nombrar es el más potente de los poderes que conferirá a los mortales. A través del nombrar, Adán obtiene ‘dominio sobre toda la tierra’. El nombrar confiere sentido y orden. Nombrar es conocer. Conocer es controlar.”

Leonard Schlain, 'The Alphabet Vs. the Goddess'

Es lógico asumir que, antes de que las palabras fuesen escritas por primera vez, comenzaron como sonidos.  Mientras que podemos asumir esto sobre las especies, podemos observarlo más directamente cuando se trata de individuos. Cuando un bebé aprende a hablar no construye un vocabulario palabra por palabra (un proceso que inicia más tarde), comienza produciendo sonidos ininteligibles en imitación a aquello que escucha. Gradualmente, estos sonidos comienzan a  asemejar un lenguaje reconocible y se inicia la comunicación verbal. Poco después de esto el niño aprende a leer y escribir y el lenguaje se ajusta, no solo como un sonido, también como una imagen. Se convierte en un script, un código. La escritura introduce entonces una nueva posibilidad, la de palabras separadas de una comunicación directa, consiguiendo la correspondiente posibilidad de comunicar no solo a través del tiempo, sino también del espacio. Como escribe Leonard Schlain en ‘The Alphabet Vs. the Goddess’, “La palabra escrita es esencialmente inmortal. Para un primate hiperconsciente que se había percatado de que la muerte era inevitable, el descubrimiento de este método para proyectar nuestro propio ser más allá de los límites de una vida parecía no menos que algo milagroso”.

Existe otra posibilidad que Schlain no discute, otro propósito para escribir que no tiene nada que ver con la inmortalidad y ni siquiera con la comunicación en un sentido ordinario. Se trata de la posibilidad de escribir sin intención alguna de compartirlo jamás con otro ser humano —tal como, por ejemplo, escribir un diario personal. Miles, quizá millones de personas lo hacen diariamente (ahora menos por causa de los los blogs y Facebook, que han abierto la posibilidad de comunicarse con extraños) y el aprendizaje resultante o supuesto de ello es que el mantener un diario es un proceso terapéutico. Y si este es verdaderamente el caso, ¿cómo funciona? La respuesta obvia es que el escribir un diario es una manera de comunicarte con tu propio ser.

“Para dialogar,

primero pregunta:

y después… escucha.

—Antonio Machado

A diferencia de hablar con uno mismo (lo cual produce un efecto bastante diferente), la autocomunicación solo es posible a través de la escritura. Registrar por escrito las actividades o pensamientos propios crea una distancia entre uno mismo y el material en bruto de nuestra existencia, así como potencialmente entre nuestro “motor” cotidiano y nuestra conciencia. Como en una buena terapia, uno le está hablando a una otredad imparcial, desinteresada, pero completamente atenta, con la diferencia de que en este caso el “Oyente” eres tú mismo. Este Oyente es algo que podemos desarrollar nosotros mismos, sin lo cual ninguna comunicación real es posible. Antes de que podamos comenzar a escuchar a los demás tenemos que aprender a escucharnos a nosotros mismos. Solo así podemos hallar nuestra voz verdadera, por que el discurso real solo puede existir como respuesta al escuchar, ya sea interna o externamente. [1]

Estamos familiarizados con la frase “sacarte algo del pecho”, que se refiere a que al hecho de soltar algo que nos provoca tensión o incomodidad al hablarlo o al menos entenderlo bajo una luz menos estresante. La razón por la cual esto sucede es que al hablar de algo con otra persona lo podemos apreciar desde una perspectiva, desde el exterior y no del interior, y así menguar su control sobre nosotros mismos. Esto sucede cuando tenemos un oído comprensivo a quien ventilar nuestra frustración, pero tiende a funcionar mejor si este oído es neutral, tal como sucede en una terapia. La terapia nos permite re-experimentar nuestro problema desde la perspectiva de un observador imparcial pero curioso, exento de cualquier reacción emocional intensa. Esta presencia es el Oyente, una figura al mismo tiempo interesada y desinteresada, simpática pero imparcial, no involucrada. Cuando nos comunicamos con nosotros mismos de esta manera, al escribir, con la expresión creativa, el pensamiento profundo o la meditación, traemos a escena a el Oyente —esa parte de nosotros que equivale a un comprensivo pero desinteresado amigo o terapeuta— y podemos reconcebir el problema desde una nueva perspectiva. Los beneficios de esto se bifurcan: no solo experimentamos nuestro problema bajo una luz menos agobiante, también obtenemos acceso a una parte de nosotros mismos que es capaz de erigirse por encima de cualquier problema porque se involucra aunque conoce nuestra información más íntima. El Oyente es nuestro propio terapeuta interno.

Ya sea compartiéndolo con alguien neutral o escribiéndolo, lo que ocurre a través de este acto comunicativo es que tenemos la oportunidad de observar aquello que está en nuestro interior de una manera que sentimos segura de abordar. En términos de reconcebir el problema, si estamos enojados, podemos describir nuestro enojo y las razones que lo provocan y, en consecuencia, observar su forma y asumir su existencia. Entonces podemos poseer al enojo de tal forma que el confrontar su causa original se vuelve un proceso mucho más fácil y directo. En lugar de actuar con enojo, lo “tomamos” y conducimos a una persona o situación y lo expresamos de una manera menos emotiva y más balanceada. Es un espacio de ensayo psicológico en el cual podemos darnos cuenta con exactitud de lo que somos y de lo que no somos capaces —en dónde nos encontramos— antes de subir al escenario y actuar frente a la audiencia.

Este tipo de diálogo con uno mismo puede producir un efecto acumulativo: crea un loop de retroalimentación recursiva en el cual, entre más revelamos el contenido de nuestras mentes y lo integramos, mayor es nuestra aceptación de como somos, mayor es nuestra capacidad de abrirnos ante los demás, recogiendo los resultados de tales esfuerzos. Alquímicamente hablando, estamos dibujando el camino a nuestro laboratorio mental y transmutándolo, a través del darnos cuenta y de un largo y doloroso proceso, en oro. Al establecer una manera distinta de relacionarnos con nosotros mismos, a través de un continuo diálogo, estamos construyendo una especie de identidad social privada que, poco a poco, podemos llevar con nosotros al mundo exterior. Además, al tiempo que fortalecemos nuestro sentido individual de verdad, el significado y el valor, vamos lentamente aterrizando en la realidad.

Leer Parte 1 / Pornografía y Sanación Chamánica

Leer parte 3 / El Espejo Mágico y la Escritura Telepática

Leer Parte 4/ Sueños Lúcidos y el Trauma Original

* Aelous Kephas, nuevo colaborador de Pijama Surf, es uno de los más reconocidos autores del alterocultismo y la metanarrativa contemporánea. Entre sus obras publicadas destacan: Matrix Warrior: Being the OneThe Lucid View: Investigations Into Occultism, Ufology and Paranoid AwarenessHomo Serpiens: A Secret History of DNA from Eden to Armageddon.

Blog personal del autor: aeoluskephas.blogspot.com

 


[1] Si estamos demasiado ocupados criticándonos a nosotros mismos no podremos realmente escuchar lo que estamos tratando de comunicar. De la misma manera, cuando pretendemos escuchar a los otros, en realidad estamos demasiado ocupados imaginando lo que queremos decir a continuación y simplemente aguardando la oportunidad para hacerlo. Esto no es un diálogo.

 

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Serás felicitado de manera automática, obligada, anodina, en serie, gracias a Facebook y a su protocolo de alertas de cumpleaños

No sé por qué pero me gusta escribir sobre facebook. Sin llevar un récord preciso, este debe ser el tercer o cuarto texto que dedico a la más popular de las redes sociales, la que, a mi juicio, encarna mejor el humus de esta época, ese amasijo de valores, ideales, miedos y aspiraciones que, de algún modo, se refleja en cada fotografía íntima hecha pública, en los I like y los enlaces compartidos, en los status y los comentarios, los jajaja y los XD, en las inúmeras expresiones de alegría o frustración o rabia o tristeza o regocijo o pena o dolor o indiferencia que, diariamente, a todas horas y en cualquier parte del mundo, responden a la pregunta ¿Qué estás pensando? Pienso, pero no con claridad, que facebook es la más diáfana y al mismo tiempo la más turbia de las emanaciones de nuestra época, correspondencia exacta y punto ciego, una suerte de reflejo irreconocible del rostro que a diario nos acompaña.

No quiero, sin embargo, ensayar una sesuda elucubración fenomenológica sobre facebook y sus implicaciones en la sociedad occidental de inicios del siglo XXI. No quiero sonar academicista. Mis intenciones, por ahora, son más modestas. Me gustaría tratar un detalle nimio y por todos conocido: el recordatorio que, amable y generosamente, facebook genera siempre que la fecha del cumpleaños de un amigo se encuentra próxima.

Para quienes tienen una cuenta de facebook y en ella a todos los amigos posibles, felicitar a alguien en su cumpleaños ya no es problema ni el olvido pretexto para malquistarse con el festejado. Ahora basta un mínimo de atención en la página de inicio, en su esquina superior derecha, para verificar rápida y eficazmente si ese preciso día es el cumpleaños del amigo de la infancia o del compañero de trabajo, del pariente, del exnovio, de la joven recién conocida con quien se quisieran estrechar relaciones. Basta ese mínimo de atención para comprobar que sí, que ese día es el cumpleaños o que no, que falta poco menos de una semana para el mismo.

Pero incluso sin esta minúscula desviación de la mirada a tan específico rincón del monitor, el sistema mismo hace notar al usuario que otros de sus contactos —porque, casi siempre, un amigo es amigo de otros amigos, de ahí el sentido de la red social— han dedicado dos o tres segundos de su día y su visita al perfil para llover felicitaciones sobre el susodicho. Porque, faltaba más, no hay quien no pueda improvisar y dedicar un Felicidades, un Happy Birthday, un Muchos días de estos, un Que te la pases súper y que recibas muchos regalos!!!, una sonrisa tan abierta y cordial como lo permita el emoticón elegido para lacrar el breve y correcto parabién anual que, según dictan los más rancios cuadernillos de etiqueta y buenas maneras, debe dedicarse al pariente, la amistad, el contertulio, señor, señora, señorita, esa persona cualquiera que por, como suele decirse, azares de la vida, quedó situada en algún punto de nuestro espectro afectuoso o de mero interés utilitario.

¿Que cuál es mi problema con todo esto? Los cumpleaños en sí mismos, obviamente, pero, en este caso, el aura hipócrita que rodea esas felicitaciones sosas, instantáneas, anodinas, ese aire suyo de manufactura tercermundista y producción en serie, de reproducción robótica y despacho maquinal.

Hace un tiempo, precisamente por los días en que cumplo años, ideé un experimento facebookero que nunca puse en marcha. Consistía éste en cambiar un número indeterminado de veces, durante un año, la fecha de nacimiento que utiliza el sistema para generar la mencionada alerta. De esta forma, habría recibido felicitaciones el 8 de enero y después el 15 de abril y también el 20 de agosto y el 12 de diciembre y, tal vez, muchas más, tantas como el ocio y mis ganas de burlar la inteligencia de los otros me lo hubieran permitido. Porque ese era o es el quid del ejercicio: hacer notar el nivel de automatismo al que facebook nos somete, las a veces enormes porciones de voluntad y discernimiento que tributamos a este insomne monstruo creado por Zuckerberg con tal que no revoque nuestro dudoso derecho a fisgonear por sus intersticios.

Pero, como dije, nunca me animé a probar mi idea. Casi nadie soporta a un petulante que se cree mejor o más inteligente que la mayoría. A nadie le gusta quedar como un tonto o un títere ni que se rían a sus costillas de su correcta o hipócrita sinceridad, de sus buenos deseos.

Además, timorato, temí perder al puñado de amigos que, quiero suponer, todavía conservo.

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