El paraíso imperfecto: La obra de Berlinde De Bruyckere

Si el fin último del arte fuese la provocación, que en si no lo es pero a la vez esta ligado a su esencia más profunda, entonces la obra de Berlinde De Bruyckere podría considerarse impecable. Realmente resulta casi imposible practicar la indiferencia cuando se esta frente a una de sus piezas: las cuales, sin excepción, se encuentra exquisitamente deformadas (¿O reformadas?). pero más allá de gustos o de juicios de valor implícitamente subjetivos, lo que resulta casi innegable es que De Bruyckere propone un incitante acercamiento, una especie de reflexión proactiva, frente a la figura del cuerpo -por cierto uno de los detonantes arquetípicos más relevantes, o estorbosos, dependiendo de como se quiera ver, para la conciencia del ser.

Pero más allá de la seducción amorfa que generan sus figuras, esta artista belga utiliza otro recurso para reforzar su retórica experimental en torno a la proyección de un cuerpo: la eliminación del rostro. Y es que la ausencia de una identidad facial, en combinación con una interpretación del cuerpo como una entidad que representa la permanente lucha entre la forma y la abstracción, terminan por dotar el discurso de De Bruyckere con una naturaleza expresiva que se torna ineludible: una especie de paraíso imperfecto que te orilla a asumir el plano material, el mundo de lo físico, como algo palpablemente relativo.

Finalmente, existe un tercer elemento que reafirma la exploración cuasi-anatómica de De Bruyckere: la asexualidad. A lo largo del último siglo la sociedad (al menos entendida desde el estándar occidental) se ha caracterizado, entre otras cosas, por un abuso en su relación con el mundo de la materia, dinámica a la cual en un plano físico podría adjudicársele la figura del cuerpo como un estandarte. Y el eco conceptual de esta interacción es la identidad, la cual depende en buena medida de la diferenciación física, corporal, que nos distingue. Y tal vez por eso, al jugar con la expectativa que tenemos de un cuerpo, distorsionándolo, aunado a la eliminación de dos pilares alrededor de nuestro concepto de identidad, los órganos sexuales y el rostro, el resultado es una cruda invitación a observar nuestra inédita desnudez y, sobretodo, a replantear el diseño de nuestra autoconciencia.

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