Los kits de Charlotte cuestan 60 dólares y constan de una bolsa de plástico elástica con una apertura para que pueda insertarse un tubo de plástico con helio. Al inhalarse el helio las personas mueren instantáneamente. (Los kits de Charlotte no incluyen el helio, los suicidas deben de coneguirlo ellos mismos).
Esta abuelita empresaria de la muerte aprovecha una laguna legal en Estados Unidos en su negocio, pero la reciente muerte de Nick Klonoski, de 29 años utilizando el kit de Charlotte, ha hecho que los legisladores de Oregon consideren hacer un delito vender estos kits al menos en su estado. Tan solo el año pasado Charlotte vendió más de 1,600 kits en alrededor de 100 mil dólares. No hay duda que el tema es controversial.
En el espectro contrario el australiano Don Ritchie vive a un lado de The Gap, el sitio predilecto para los suicidas de su país y pasa sus días intentando convencer a las personas que no acaben con su vida. Ritchie dice haber convencido a más de 150 personas a que no se arrojaran al abismo; Charlotte ha vendido más de 1000 kits, quizás facilitando el suicido de más de 100 personas, una especie de equilibrio cósmico que los neutraliza (aunque quizás en cuestiones de karma la balanza se rompa).