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El exquisito legado fotográfico de Lewis Carroll

Por: pijamasurf - 03/31/2011

Lewis Carroll, autor de “Alicia en el país de las Maravillas”, además de un genial escritor y filósofo, dedicó parte de su vida creativa a la fotografía y generó un fascinante archivo de sublimes imágenes.

Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido como “Lewis Carroll” no se limitó a ser un maverick de la lógica fantástica (dilucidando la rama filosófica del pensamiento racional a través de una proyección narrativa exquisitamente fantástica) sino que también incursionó en el mundo de la fotografía. La obra fotográfica de Carroll se ha mantenido bastante al margen de la cultura pop, no obstante que en algún punto llego a acumular un archivo de 3,000 fotografías, del cual aún se conserva una tercera parte (el resto sucumbió a manos de la entropía) y que es considerado uno de los fotógrafos más destacados de la época Victoriana.

Con Carroll a cargo del obturador, podemos pasear por un mundo fantástico que utiliza a las niñas como el catalizador a esa otra realidad donde el sueño emerge de si mismo, como un irreal fractal, para convertirse en algo más nítido que los que la propia realidad nos convida, es decir, a través e sus fotografías, al igual que de sus cuentos, queda en evidencia la ambigüedad de lo que consideramos como “real” y se nos sugiere una naturaleza de oníricas posibilidades en la composición original de nuestro universo.

Fue en 1856 cuando descubrió la fotografía, que entonces se perfilaba como el nuevo gran arte, y su amor por esta técnica se consumaría gracias a la influencia de uno de los pioneros de esta disciplina artística, su amigo Oscar Gustav Rejlander. Ya en 1880, tras 24 años de prolífico trabajo con los el arte de la luz capturada en haluros de plata y cristales, Carroll decidió, abruptamente, abandonar la fotografía.

Además de la sensual ternura que manifiestan las niñas captadas por Carroll con su cámara, el escritor y filósofo inglés también gustaba de retratar otros elementos, curiosamente varios de ellos con una sólida identidad arquetípica, como muñecas, árboles, esqueletos, y perros. Su obsesión por retratar niñas pequeñas, y en especial por fotografiar a Alexandra Kitchin, a quien retrató en más de cincuenta ocasiones, le valió el rumor de que tenía ciertas tendencias pedófilas. Sin embargo, y a diferencia del también genial inglés, David Hamilton, quien acostumbraba fotografiar desnudas a las niñas de la alta sociedad campirana de aquellos tiempos, en realidad Carroll pocas veces cruzó la frontera de la desnudez y en los pocos casos en que lo hizo al parecer regresó las imágenes a la familia de las niñas.

Pero más allá de los lúcidos silogismos que su mente construía, y de su virtuosismo literario que queda en irrefutable evidencia con obras como Alice in Wonderland (1865) y Through the Looking glass (1872), al parecer la fotografía jugaba un papel bastante especial en la necesidad expresiva de Carroll, funcionando como una especie de jardín secreto que se “extrovierte” a través de un catártico ritual: proyectar al exterior la encarnación gráfica de tus sentimientos…

 

 

 

 

 

 

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Las conexiones nueronales del cerebro animal y los filamentos que forman los cúmulos de galaxias tienen un asombroso parecido que nos hace pensar que el universo es un enorme cerebro diseñado para tomar consciencia de sí mismo y procesar información

Esta ilustrativa comparación entre la conectividad neuronal de un ratón y un cúmulo de galaxias, nos hace ahondar en la profunda intuición de que existe una correspondencia formal entre todas las cosas del universo, una fractalidad cósmica, que hace honor a la máxima hermética: "como es arriba, es abajo". También nos  hace explorar la posibildiad, por el mero encanto de las formas y la sublimación de los espejos, de que el universo en sí mismo sea un ser consciente y que su marcoestructura sea similar a la microestructura de un cerebro (diseñado para procesar información). Quizás el princicpio fundamental del universo, antes que la energía o la materia, es la información, y esta misma información se manifiesta, se representa de forma en la que pueda ser transmitida en todo el sistema de la forma más eficiente, posiblemente en todas partes al mismo tiempo, a la velocidad de la luz  (a la cual el tiempo deja de pasar).

Nuestras nueronas son estrellas; nuestra sinapsis es una galaxia; nuestro cerebro es el universo.

Sobre esta azogada (y mística) semejanza entre la red neuronal y la red galáctica, Jay Alfred escribió:

Las galaxias visibles en el universo no están aisladas ni desconectadas, sino están entretejidas por una estructura o red de filamentos que es la materia oscura que sirve como andamiaje del universo. Esta estructura en forma de red es una carcterística tanto de la materia oscura como del plasma magnético. La apariencia de esta red tiene un asombroso parecido con una disección del cerebro (ver imagen al principio de la entrada y hacer zoom).

Pero no sólo es la morfología (aspectos estructurales) de la estructura del universo a grandes escalas la que es similar al cerebro humano, sino también la fisiología (las funciones). Estos filamentos transportan corrientes de partículas cargadas (iones) a lo largo de grandes distancias que generan campos magnéticos, al igual que una fibra nerviosa. Y forman circuitos, al igual que los circuitos neuronales en el cerebro.

El alto grado de conectividad es lo que distingue al cerebro de una computadora ordinaria. La conectividad también es notable en la red cósmica. Las galaxias se forman cuando estos filamentos se cruzan entre sí. Un cúmulo (nexus) de filamentos provee la conectividad para transferir no sólo energía sino información de un núcleo galáctico a otro.

[Earth's Brain Akashic Records]

Twitter del autor: @alepholo