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Reflexiones sobre el anonimato, la fama, y la sociedad contemporánea; ya sea practicando la delincuencia, el estrellato, o la simple subsistencia, la juventud de hoy también esta muriendo

Mucha de la gente de mi edad hace cosas de gente de mi edad. Algunos terminan sus tesis o se titulan. Otros trabajan metódicamente y les pagan por hacerlo. Otros más siguen estudiando.

Salvo por dos o tres abajo firmantes cuyas protestas publica la prensa revolucionaria, ninguno de nosotros figura en los periódicos ni dicen nuestros nombres en los noticieros. Somos parte de la medianía que hace lo que hace sin que al resto del mundo le importe lo que hace —aunque, en cierto sentido, sea muy importante hacerlo.

Pero hay un puñado que sí llama la atención y cuyas identidades y actos son registrados por el ávido público de nuestro tiempo. Las letras de esos nombres son transcritas y repetidas por otras personas que tienen por ocupación transcribirlas y repetirlas porque otras personas a su vez los buscan y los registran y los repiten —y los olvidan al instante siguiente o los recuerdan voluntaria o involuntariamente durante cierto tiempo.

Algunos de esos pocos, como Cristiano Ronaldo o el Niño Torres o Wayne Rooney, son demasiado conocidos y las imágenes de sus rostros y sus cuerpos son reproducidas millones de veces en distintas posiciones y actitudes y con distintas ropas encima. Muchos de esos pocos se ganan la vida de forma convencional, a través de un trabajo simple aunque exigente. El resto, por el contrario, el reducido resto de estos pocos, recibe su pago por una labor peculiar y que algo tiene de inexplicable, consistente únicamente en ser quien el mundo espera que sea. Cristiano Ronaldo, el ejemplo antonomástico de estas poquísimas personas, sólo tiene que ser Cristiano Ronaldo para ganar en unas cuantas horas el dinero que muchos de la medianía ganamos en meses y quizá hasta años.

Los otros cuyos nombres merecen la luz de la atención pública y que también tienen mi edad y que también salen de sus casas para buscar el dinero que satisfaga sus necesidades (necesarias o no) están asaltando microbuses, o planeando y ejecutando secuestros, o vendiendo droga, o matando gente a destajo. A veces, cuando la suerte les falla o se revela su parca pericia para la labor elegida, son muertos o prendidos y el reportero que informa sobre lo sucedido anota sus generales y las transmite, primero el nombre, después la edad, de la cual queda resonando en los oídos del auditorio el tono asombrado con el que fue pronunciada, como esperando que en la antesala de la oreja, en su pabellón, las palabras que refieren los hechos cambiaran en la última fracción de segundo antes de ser escuchadas definitivamente y se convirtieran en otros números, que serían más años, y entonces, quizá, la nariz y los pulmones de uno respirarían con un ritmo distinto o soltarían, según dice el lugar común, un suspiro de alivio o al menos de cierta tranquilidad generacional, porque sólo así quien escucha las noticias se daría cuenta de que la gente está muriendo, claro, porque hay muertos todos los días y a todas horas, aunque nunca antes, ni en la vida de esta generación ni en la de un par de otras atrás de ésta, se contaran tantos todos los días y a todas horas, pero al menos, decía, si las edades no fueran las que son, habría quien pensara para sus adentros que la gente que se mata y delinque es gente mayor, maleada, que no tuvo de otra, y que a sus treinta y tantos, aunque en pleno vigor y sobrado de redaños que mejor se aprovecharían en una fábrica o a la mitad de un sembradío, obligado quizá a mantener quién sabe cuántas bocas, concluyó que el último y ya único medio a su alcance para dar de comer a los suyos era la transgresión y el delito. Pero las cosas no son así y ésta no es sino una historia contaminada por cierto romanticismo ramplón originado en las sufridos novelones del diecinueve y asentado por la comunicación masiva del siglo XX, hábil en reproducir modelos culturales sosos y vacíos de significado. Las cosas son, en la realidad, también simples, pero vivas y pestilentes y tozudamente viscerales.

La verdad, sencillamente, es que la gente de mi edad también está muriendo.

También tengo un blog y una cuenta de twitter.

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Los japoneses van a cafés que hospedan gatos callejeros para poder interactuar con estos místicos mininos.

Al parecer los cafés para gatos son lo de hoy en el particular estilo de vida de los japoneses. Estos cafés son lugares a donde las personas pueden ir, tomar café y pasar el rato con los pequeños felinos (lo cual hace que el latte sea más caro). La revista Vice reporta que en los últimos cinco años han surgido 79 de estos cafés en el país nipón.

El secreto del éxito de estos cafés tiene que ver con la hiperurbanización japonesa. La mayoría de los japoneses viven en edificios de departamentos con estrictas normas de convivencia, donde es prohibido tener mascotas. Sólo las personas que viven en condominios familiares pueden tener mascotas, lo cual hace que sea muy díficil para los jóvenes tener gatos. Y los japoneses aman a los gatos, ya que el fino lenguaje silencioso de los mininos es un espejo de su refinación y su timidez. Además, siendo que generalmente no entablan conversaciones con los extraños,los gatos son una forma de descargar la soledad, algo que se muestra de forma notable en un par de novelas de Haruki Murakami.

El corresponsal de Vice en Japón dice que los gatos de los cafés no son ni siquiera gatos con pedigree, pero no importa, son los amos de  los cafés y se siente cuando entras a uno de estos cafés que los gatos lo saben, porque se mueven altivamente, vibrando su superioridad. Algo que puede ser un problema para algunos de estos establecimientos que prometen a sus clientes que recibirán un poco de pussy lovin en el desierto urbano.

Vía Vice