Google, el algoritmo de la genialidad

La semana pasada, debo confesarlo, opté por el camino fácil, por el de la denuncia más o menos simplona sobre algo bastante evidente: la paulatina intromisión de Google en algunas de las actividades y conductas de nuestra vida diaria y también en la conformación de la subjetividad contemporánea. Sin embargo, mi intención original era escribir sobre otra cosa, glosar a mi manera el anuncio de que algún día Google traducirá poesía poéticamente, es decir, respetando en la traducción la rima, la acentuación o la métrica de determinado poema.

No sé bien por qué me inquietó esta nueva pretensión googleleana, tanto como para reincidir en el tema. Quizá porque me gusta leer poesía. Quizá porque tuve la fortuna de comenzar a leerla con seriedad tardíamente, sólo cuando fui capaz de advertir las razones por las cuales un poema es un objeto siempre sorprendente, único, inimitable. A la luz de esta experiencia sé que un poema puede ser admirable o conmovedor gracias a su rima, su acentuación o su métrica —o a pesar de todo ello: más allá de las reglas, más allá del molde a llenar o de la estructura por cubrir, late una fuerza distinta que anima desde el interior al poema, una fuerza que procede lo mismo de la genialidad del poeta que del lenguaje mismo, el cual, por un instante, emerge ilusoriamente como un ser autónomo que se sobrepasa a sí mismo sólo para cubrir con la sombra de su exceso la creación del poeta. Sin ese toque, como dice más o menos Paz en algún lugar de El arco y la lira, el poema no es poema, el poema es apenas un mecanismo retórico.

Tal vez por eso hasta ahora se ha dicho que sólo un poeta puede traducir a otro poeta. Se cree que sólo un poeta posee el juicio, la experiencia y la sensibilidad necesarias para saber ver ese núcleo precioso que mantiene con vida un poema y para trasladarlo íntegro a otro lenguaje, a un medio distinto. Para hacerlo resulta indispensable, además de conocer a cabalidad ambas lenguas técnicamente, la de origen y la de destino, tener oído para sus ritmos, sus pausas, sus coloraciones, trazar los límites de su expresividad, reconocer las flaquezas y los talentos de cada una. Se necesita talante poético, intuición y a veces también suerte.

Los ejemplos de traducciones geniales no son pocos y se remontan a varios siglos. Uno reciente aunque quizá ya no tan novedoso es el del Hamlet de Tomás Segovia, notable poeta e incansable y variopinto traductor (a Segovia le debemos la traducción de autores tan disímiles como Harold Bloom, Lacan y Breton, entre muchos, muchos otros).

Como sabemos incluso sin haber leído nunca el drama de Shakespeare, uno de sus momentos más importantes es ese en el que Hamlet inicia un monólogo con el  archiconocido verso «To be, or not to be: that is the question». Sabemos también que la traducción usual de la segunda mitad ha sido, en español, “ese es el dilema” o, más comúnmente, “esa es la cuestión”, frases totalmente artificiales, tan ajenas para nuestra lengua que, sin duda, este es el único lugar donde se han pronunciado y desde donde se esparcieron a otros contextos. Tomás Segovia, en cambio, dio otra traducción al hemistiquio. Por su condición de poeta conoce al dedillo las reglas más básicas y las más extravagantes de la poesía española, conoce también la naturaleza de esta lengua, la esencia que permanece a pesar de los accidentes. Para él, el monólogo de Hamlet comienza, en español, de esta manera: «Ser o no ser, de eso se trata». [Y aquí más vale decir, con el Evangelio, qui habet aures, audiat, o de una forma menos hermética pero igual de tautológica, que la poesía no se explica —cuando se entiende]

Quizá por eso permanezco tan escéptico ante el anuncio de Google. Para mí, acaso un reaccionario irremisible, es imposible codificar la creatividad poética, reducir la poesía, una de las formas de la genialidad, a un algoritmo, al patrón que debe seguir un programa de computadora.

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