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La fiebre digital por las redes sociales ha provocado que el 92% de los bebés ya esten inscritos en alguna comunidad virtual; parece que ahora no sólo es el nombre lo que sus padres eligen por ellos

Existe un nicho masivo de la población de Estados Unidos que pertenece a diversas redes sociales de Internet sin ni siquiera saberlo: los bebés. Resulta que un gesto que seguramente deben considerar como algo muy simpático, los padres del 92% de bebés estadounidenses los han hecho ya miembros de estas comunidades digitales. Lo curioso es que esta nueva generación de bebés digitales no sólo no podrá incidir en la desición del nombre que llevará (como a todos nos ha pasado) sino que ahora formarán parte de redes sociales aún antes de entender lo que esto significa, y pero aún, han ya pasado a formar parte de las masivas bases de datos que estas comunidades, en especial Facebook, comparte con diversas marcas para que se vayan generando perfiles de los niños como potenciales futuros consumidores (dark side of akasha).

El estudio realizado por la firma de seguridad para software AVG también recopiló información de otros nueve países occidentales y juntos promedian un 82% de bebés digitalizados. Tras Estados Unidos quien encabeza la lista, le sigue Nueva Zelanda en un cercano segundo lugar con 91%, y luego Canadá y Australia con un 84%. Otros países incluidos en el reporte fueron Alemania, Italia, España, y Reino Unido.

via CNN

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Google se ha convertido en un monopólico mar de nuestra episteme, en la memoria de la mente colectiva: un pulpo máquina inteligente (¿munificente?) de infinitos y, a veces insospechados, tentáculos.

Sometimes I write a letter on paper with a pen then burn it laughing about how Google must be crying over information it will never index.

@abraham

El lunes pasado pijamasurf publicó una nota sobre Google Translate, una que anticipa la posibilidad de que pronto esta herramienta de Google traducirá poesía poéticamente, es decir, considerando en su labor reglas poéticas como la acentuación, la métrica o la rima. Si esto se concreta y si los resultados son convincentes, la empresa californiana habrá batido uno de los problemas más añejos de los sistemas de traducción automática: el tono afectado y artificial que siempre ha distinguido las traducciones hechas por una máquina.

El asunto, aunque toca un ámbito tan inútil como la poesía, no es menor ni trivial ni desdeñable. Haciendo suyos bienes cuya propiedad a nadie interesaba, poco a poco Google va convirtiéndose en la ortopedia cotidiana de la humanidad: gracias a Google encontramos la calle donde nos citaron o el reporte más reciente sobre cierto personaje de nuestro interés o ese soneto de Lope que malamente recordamos. Por Google podemos saber cómo construir un clóset, preparar un pastel o armar una bomba, creer que detectamos los síntomas de una enfermedad, conocer el curriculum vitae del profesor al que aborrecemos o la posición de las estrellas en este hemisferio en esta época del año. Virgilianamente Google nos guía, corrige nuestros errores, llena las lagunas de nuestra ignorancia, repara nuestros olvidos. Basta tener al alcance una conexión a internet y un dispositivo para conectarse y, potencialmente, cualquiera sabrá todo sobre todo.

Es imposible aventurar cómo será la relación futura entre Google y la humanidad, hasta ahora sin sobresaltos ni rompimientos. Algunos, sin embargo, previenen ya contra el inmenso, inagotable caudal de información que Google controla, ordena, dirige o, como los Google Books, guarda bajo su custodia y administra según sus criterios. No es posible saber si en el futuro habrá algún tipo de restricción explícita o irrevocable sobre los contenidos del buscador o si la empresa reclamará la propiedad de bienes intelectuales a los que todos tenemos derecho.

Por otro lado, vale la pena preguntarse también cómo está cambiando Google nuestra conducta, cómo (ahora que es innegable su presencia en nuestra vida diaria) va modificando algunos aspectos de nuestra subjetividad, por ejemplo, la memoria, una de las habilidades más valoradas del ser humano durante muchos siglos. Ahora resulta extravagante y hasta sospechosa una persona con buena memoria e incluso este concepto se ha reblandecido: para ser calificado como alguien con buena memoria basta dictar media docena números telefónicos sin consultar la agenda o decir en qué capítulo de qué libro se encuentra cierto pasaje o recitar dos o tres sonetillos de apenas catorce versos cada uno. Ahora no importa memorizar nada de eso porque, en cierta forma, cae en la categoría de lo inútil o lo banal: como dije antes, toda la información es potencialmente recuperable.

Quién sabe en qué otros aspectos estaremos cambiando a causa de Google y, en general, de la tecnología que nos circunda y que asiste nuestras vidas.

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