¿Quién es verdaderamente un filósofo? Pitágoras, quien acuñó el término "filósofo", responde

La filosofía, es literalmente el amor a la sabiduría. ¿Pero qué es realmente la sabiduría? ¿Y por qué es importante dedicarse a ella, buscarla, amarla?

Tanto Aristóteles como Platón escribieron que la filosofía se origina en el asombro (thaumazein), en la sensación de lo misterioso y en el deseo de iniciarse en ese misterio. La filosofía es, como sugiere este artículo en el sitio Phalanx, fundamentalmente una iniciación. Una iniciación a los misterios del alma. Al menos esto era lo que ocurría en Grecia, con los misterios de Eleusis -parte de la cosmovisión órfica- que fueron centrales en la filosofía griega y que tuvieron a su gran "iniciado" en Pitágoras. Históricamente, la filosofía es tanto esta admiración ante la vida como este enigma, este deseo de iniciarse en los misterios para "conocerse a sí mismo", como decía el oráculo de Delfos. En los misterios de Eleusis, podemos hoy en día conjeturar con cierta confianza, lo que se mostraba a los iniciados era una dramatización extática de un mito que representaba la muerte -específicamente, la muerte del cuerpo y la separación del alma del cuerpo. O, en otras palabras, la inmortalidad del alma. Así entonces, la filosofía sería también la forma de separar o liberar el alma del cuerpo, algo que se acerca a la famosa definición de la filosofía de Sócrates: un entrenamiento para la muerte.

Fue Pitágoras, el músico, místico y matemático de Samos, quien acuñó el término "filosofía". En su biografía de Pitágoras, el filósofo neoplatónico Jámblico escribe: "el más puro e impoluto carácter es el de un hombre que se dedica completamente a la contemplación de las cosas bellas, y a quien es apropiado llamar un filósofo". Las cosas bellas para la tradición pitagórica-platónica no son meramente cosas que generan impresiones placenteras en los sentidos, sino imágenes o reflejos de la eternidad, de las esencias divinas, de la inteligencia que ordena el universo. Jámblico explica:

...el sondeo del cielo y las estrellas que en él revuelven, es en verdad bello, cuando se considera su orden. Puesto que derivan esta belleza y orden de su participación en la esencia inteligible. Y esta primera esencia es de la naturaleza del número y la razón, que se difunde en todas las cosas, y de acuerdo a la cual todos estos [cuerpos celestiales] están ordenados elegantemente y aptamente ornamentados. Y lo que verdaderamente se llama sabiduría, es una cierta ciencia que conversa con estos primeros objetos bellos, que poseen una unidad sustancial divina e inmutable; y es por participar en ella que las otras cosas pueden llamarse bellas.

Queda claro que la belleza refleja la inteligencia primordial del cosmos, que es divino en su origen. Así, conversar con la belleza es conversar y hacerse partícipe de este orden divino, cuya contemplación a la vez purifica la mente y -en términos platónicos- permite que crezcan las alas del alma para que ésta se alce por encima del mundo corruptible material, hacia lo eterno, lo bello, lo verdadero. El filósofo es, entonces, quien realiza esta contemplación, esta meditación de las esencias y los principios, desatendiendo lo mundano y corruptible. Fijando su atención en la divina armonía cósmica. Por ello Pitágoras consideraba que la música, las matemáticas y la astronomía eran las ciencias divinas, porque revelaban un mismo orden.

Lo anterior debe ser contrastado con la versión moderna de un filósofo (del filósofo académico), la cual se parece más en realidad a la de un sofista, de una persona que crea argumentos convincentes pero que poco se ocupa de la verdad y, menos, de la experiencia de la verdad y la transformación que produce en la conciencia dicha verdad.

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