Este estudio demostró que un vino barato puede ser tan bueno como un vino costoso

En el modo de vida propiciado por el capitalismo solemos pensar que el precio de una mercancía tiene una relación directa con su calidad, es decir, que mientras más costoso sea un producto es “mejor”, lo que sea que eso signifique.

Sin embargo, además de que esa impresión es en sí misma sumamente cuestionable, en nuestra época el costo de una mercancía suele estar determinado por muchos otros factores y, paradójicamente, no siempre la calidad de los insumos es uno de los primeros. Alimentos que vienen de tierras lejanas y sobreexplotadas, gadgets hechos en China en jornadas de trabajo inhumanas, prendas deportivas que para su elaboración se sirven de mano de obra infantil… Todo lo cual reduce los costos de producción, pero eleva el precio final de venta. ¿Curioso, no?

Es posible, no obstante, que exista al menos un producto que parece escapar de ese círculo pernicioso, pues su calidad depende de una coincidencia singular de circunstancias: el vino. El terreno donde se siembra, la uva que se utiliza, el clima, las condiciones en que ocurre la fermentación. Todo ello hace que cada cosecha de vino tenga algo no sólo de irrepetible sino también de azaroso, lo cual a su vez se conecta con otra singularidad: la de nuestro propio gusto. Por todo esto, en el vino el precio puede llegar a ser sólo un accidente que, por fortuna, no determina la calidad ni el placer que podemos sentir al disfrutarlo.

Prueba de ello es un experimento realizado por investigadores de la Escuela de Economía de Estocolmo y de las universidades de Yale y de California en Davis, quienes reunieron a un grupo de voluntarios para examinar su respuesta ante dos grandes tipos de vino: los de precio de venta elevado y los de precio bajo. Cabe mencionar que las personas participantes constituyeron un grupo heterogéneo, pues lo mismo se encontraban conocedores de las cualidades del vino que individuos sin ningún tipo de entrenamiento o formación para paladearlo.

Después de poco más de 6 mil pruebas del tipo “ensayo a ciegas” (es decir, sin que la persona supiera qué vino probaba), los investigadores observaron una tendencia de relación indirecta entre el precio y la sensación de disfrute: curiosamente, mientras más caro era un vino, las personas lo disfrutaban menos. Sólo en el caso de individuos que sabían distinguir las propiedades del del vino, este fenómeno se revirtió parcialmente.

“Estos hallazgos sugieren que los consumidores no expertos en vino no deberían prever un gran placer en cuanto a las cualidades intrínsecas del vino sólo por su costo elevado o porque es apreciado por los expertos”, escribieron los científicos en el artículo respectivo, publicado en la revista especializada Journal of Wine Economics (disponible en este enlace).

Así que ya lo sabes: es imposible elegir un buen vino por su precio. La única opción de conocerlo y saber si lo disfrutarás es probándolo.

 

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