3 preguntas que debes hacerte y, según lo que respondas, moldear tu vida

El mundo en el que vivimos no parece priorizar la reflexión profunda. Lo principal es lo económico y aquello que nos lleva al éxito material. Sin embargo, diversos estudios muestran que la verdadera felicidad e incluso la salud están ligadas a lo que se conoce como una vida con significado o sentido (lo que los griegos llamaron eudaimonía). Aunque exista una cierta urgencia biológica a buscar el placer y evitar lo que nos parece difícil y nos saca de la zona del confort, a la larga nos daremos cuenta de que lo más importante no es lo que tenemos sino cómo somos, cómo percibimos el mundo y si hemos logrado llenar nuestra existencia de belleza, amor y sabiduría. 

Así que en vez de preguntarte cómo vas a lograr ser exitoso, cómo vas a conseguir tener un mejor trabajo o cómo vas a lograr encontrar una pareja (cosas que pueden ser importantes, pero que son subconjuntos de cosas más importantes todavía y que se resuelven solas cuando uno tiene una ética y una filosofía personal), hazte las grandes preguntas y vive una vida profunda. Las tres grandes preguntas tradicionalmente son "¿quién eres?", "¿de dónde vienes?" "¿a dónde vas?". Estas preguntas no se refieren, evidentemente, a cómo te llamas o quiénes son tus padres, o a qué te quieres dedicar. Son preguntas filosóficas, existenciales, que requieren de seria meditación e investigación. Son las grandes preguntas que todos los filósofos se hacen, pero que existen naturalmente en el corazón del hombre. Muchas veces las dejamos de hacer porque parecen demasiado difíciles o porque estamos tan ensimismados en el tren de la existencia, lidiando con el día a día, que no tenemos una perspectiva amplia. Son preguntas, sin embargo, que los niños se hacen, y que todo hombre con verdadera curiosidad, con verdadero deseo de saber necesariamente formula. Y no son en ninguna medida inútiles, ya que a partir de sus respuestas o de sus intuiciones un individuo que tiene la mínima integridad, ética y fidelidad a sí mismo y a la verdad, debe orientar su vida. Estas tres preguntas también pueden formularse así:

¿Qué es el ser humano? ¿Qué es la vida? ¿El mundo es real?

¿Cuál es el origen de la vida? ¿Existe un Creador o una divinidad que soporte el universo?

¿Existe vida después de la muerte? ¿Existe un alma inmortal?

Podemos tener distintas respuestas a estas preguntas; incluso podemos concluir que no es posible para el ser humano responderlas, pero de cualquier manera la respuesta o la postura que encontremos naturalmente debe determinar nuestra forma de vivir, nuestros objetivos y las cosas a las que le damos más importancia. Un ejemplo: si una persona piensa que es muy probable que la existencia continúe y que la continuidad de su alma o mente depende de los hábitos y conductas que cultiva en esta vida, esa persona estaría motivada a vivir una vida que favoreciera el cultivo o entrenamiento de su mente y la práctica de la virtud. Sería sumamente contradictorio e incongruente que se dedicara al hedonismo, a apilar cosas materiales y demás. No sería lo mismo para quien considera que no existe una vida después de la muerte, que esto es lo único que hay. Dicho individuo podría de todas maneras practicar una vida virtuosa, acaso entendiendo que en esta vida es benéfico también obrar de cierta forma y demás, pero no tendría la misma motivación o urgencia, por ejemplo, de dedicarse a pacificar su mente o a generar buen karma, etc. Lo mismo ocurre si una persona tiene fe en Dios o si considera que el ser humano es realmente un ser hecho a imagen y semejanza de la divinidad. La primera pregunta también sirve para preguntarse si lo que soy como individuo tiene un destino, un propósito o un dharma particular que debo cumplir. Esto no iría en el sentido de satisfacer mi propia voluntad individual, sino porque existe una fuerza cósmica o divina que me impele a realizar algo. O, por el contrario, determinar que no existe tal determinismo o tal impulso universal, no hay esencia detrás de la existencia y todo lo que soy es mi propia construcción individual.

Por otro lado, uno podría determinar que los elementos que tenemos para conocer la realidad son insuficientes, siendo el universo tan vasto y nosotros tan limitados. Esto llevaría a un agnosticismo, lo cual puede ser una postura de asombro ante la existencia, de estar abierto al misterio y a la maravilla y no cerrarse a las posibilidades. Una postura muy distinta, por ejemplo, al ateísmo o al materialismo, donde se considera que no existe vida espiritual ni nada parecido, por lo cual lo único que hay es esta breve vida material. También se podría tomar la postura del matemático Blaise Pascal, quien determinó que aunque el hombre no puede conocer el infinito o comprobar la existencia o inexistencia de Dios, los beneficios de creer en Dios superan por mucho al no creer en él y, por lo tanto, es conveniente tener fe: "La razón es que, aun cuando la probabilidad de la existencia de Dios fuera extremadamente pequeña, tal pequeñez sería compensada por la gran ganancia que se obtendría, o sea, la gloria eterna". Este argumento se basa en gran medida en que nuestra vida humana a fin de cuentas es sumamente breve, y si es que existe una vida eterna, todo lo mundano palidece ante ello y debe supeditarse.

Para concluir, lo que queremos enfatizar es la importancia de hacernos estas preguntas, puesto que lo cambian todo y dan un sentido y propósito a nuestra existencia, nos permiten vivir de una manera más profunda (claro, sin que incurramos en una parálisis por el excesivo análisis). A la vez, nos obligan a conocernos a nosotros mismos y a formar nuestras propias ideas y conclusiones y no dar por hecho lo que piensan los demás o lo que superficialmente es aceptado -recordemos lo que dijo Nietzsche: "En los individuos, la demencia es rara; pero en los grupos, partidos, naciones y épocas, es la norma". En otras palabras, hacernos estas preguntas requiere que investiguemos la naturaleza de la realidad, que miremos hacia adentro y hacia afuera, que nos informemos seriamente y que practiquemos una conciencia crítica. Al final, el ejercicio sólo es fructífero si somos honestos y somos capaces de ir más allá de nuestros prejuicios y temores.

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