Las decisiones trascendentales se toman sin pensar, según la filósofa L. A. Paul

Decidir una carrera profesional en otro país, compartir la vida en pareja, cambiar de trabajo, adoptar a una mascota de alguna perrera o de la calle, decidir tener un bebé, son una serie de acciones que requieren una larga y profunda reflexión antes de accionar, para poder cumplir el objetivo. La mayoría de estas decisiones las tomamos ponderando sus pros y contras, proyectando a futuro  nuestro self en escenarios positivos o negativos, y reduciendo las posibilidades de pasar un mal momento. Sin embargo, de acuerdo con la filósofa L. A. Paul de la Universidad del Norte de Carolina, en EEUU, no poseemos el suficiente raciocinio para tomar aquellas decisiones con la capacidad de transformar nuestra esencia.

Para la pionera en el estudio de experiencias transformadoras, las decisiones que no somos capaces de evaluar ni poner en perspectiva en función de su peso en el futuro, son las que cambian desde la raíz a las personas. Ella explica que aunque se posean los argumentos para decidir no tener un hijo en este momento, tampoco se puede saber si el yo-del-futuro disfrutará ser padre o no.

Si bien este proceso racional-emocional no está del todo aceptado por las grandes academias filosóficas, para Paul queda claro que puede existir un vacío de raciocinio en el proceso de la toma de decisiones sobre experiencias transformadoras. Esta idea se germinó durante la crianza de sus hijos: ella se dio cuenta de que, como la mayoría de los padres, sus preferencias en general habían cambiado y estaba dispuesta a sacrificarse por alguien más: sus hijos. En sus palabras:

Una de las características más profundas e importantes de ser un padre –el instinto paternal– es epistemológicamente inaccesible. Existe una manera en que yo soy una persona diferente. Soy metafísicamente hablando la misma persona pero soy un self diferente.

Surgen distintas experiencias transformadoras a lo largo de la vida, aquellas que promueven una transformación epistemológica y personal, tales como el consumo de drogas, ir a una guerra, matar a alguien, renacer espiritualmente, tener un accidente físico grave, entre otras. De modo que cuando se enfrenta una decisión que derivará en una experiencia transformadora, lo que sucederá es que estaremos conscientes de que:

Vamos a cambiar lo que somos; sin embargo, no sabemos cuál de las opciones que tenemos nos proveerá una mejor vida. En cada vida, desarrollarás valores sobre la manera de vivir. No puedes decidir proyectándote a ti mismo en un yo-del-futuro suponiendo cómo será o cómo se querría que fuera. No es sólo racional.

Para justificar su teoría Paul cubre la filosofía continental, la cual retoma casi 2 mil años del pensamiento de Platón, Aristóteles, Nietzsche y Sartre. Esto, a diferencia de la filosofía analítica, no se enfoca tan sólo en la lógica y el pensamiento, sino en las preguntas que parecen no poseer una respuesta. De modo que al combinar el rigor de la filosofía analítica, la filósofa pretende retomar tópicos realmente profundos. Pese a que los filósofos de la actualidad no están aceptando  su trabajo, pues “hablar al respecto no es algo que los filósofos serios hacen, [porque] nosotros no hablamos de bebés”, para ella el pensamiento filosóficamente de adulto que atravesó por esa experiencia, el modelo de la toma de decisión tenía “cierta estructura que necesitaba ser explorada”. Mientras tanto, Paul está segura de que las decisiones que más impactan en nuestra esencia son las que se toman sin pensar, sin analizar, sin más: por sí solas.

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