Los lagos subterráneos en su mirada cristalina: Reflexión de la cinta ‘La morgue’ (André Øvredal, 2016)

Es sabido que en la mayoría de casos, los mejores talentos cinematográficos se van a Hollywood, por obvias razones: más dinero, más industria, más fama, en fin, el sueño americano en su versión fílmica. Sobre todo directores, fotógrafos, en fin, puestos creativos en el equipo de filmación; son pocas las excepciones que siguen trabajando en su lugar de origen sabiendo lo que le sucede a la mayoría al aceptar la grandilocuencia: menos control creativo, y tener que apelar a todas las sensibilidades de la población para hacer negocio, dejando de ser auténticos en el camino. El caso del director noruego André Øvredal es curioso, no sólo ha debutado excepcionalmente en Hollywood, sino que su primer película americana es muy superior a la cinta que lo llevo allá. Trollhunter (2010) era una simpática cinta bien articulada de material encontrado, rodada en cámara en mano simulando material amateur, vertiginosa narración basada en puntos de vista; pero que explotaba las leyendas clásicas noruegas, en esos bosques misteriosos que hacen soñar despierto, pero nada más.

Media década después, Øvredal hace una película de horror puro, una invocación que ocurre enteramente en un sótano de dimensiones feministas, una obra excepcional. Lo primero que llama la atención es el reparto principal, padre e hijo con resonancias arquetípicas dentro del mundo del celuloide; el hijo Austin es interpretado por Emile Hirsch, aquel joven magníficamente dirigido por Sean Penn en la ya clásica Hacia rutas salvajes (Into the Wild, 2007), que se volvió un icono para su generación como joven (hijo) rebelde. El padre, Tommy, es interpretado por el gran actor Brian Cox (Zodiac, Match Point, Troya, El ladrón de orquídeas, L.I.E.), que es una presencia de padre en pantalla con cierta parte disfuncional que se ajusta perfectamente a la trama de La morgue, entrando al inconsciente del espectador desde que aparece en pantalla.

Lo siguiente que llama la atención es la manera como los efectos especiales físicos logran irnos involucrando con la trama de manera visceral; todo ocurre en una morgue privada, involucrando muertos y autopsias, bombardeando los nervios del espectador con macroinsertos de partes internas expuestas del cuerpo humano, extremadamente bien fotografiadas y con un sonido apabullante que acompaña a las imágenes dotándolas de vida.

Un cuerpo (Olwen Kelly) de una joven llega a la morgue familiar en condiciones misteriosas, descubierto junto a una matanza pero sin ser parte de ella, porque ya estaba ahí quién sabe desde cuándo. Aquí es donde es relevante el nombre de la película en inglés, La autopsia de Jane Doe, que quiere decir el nombre médico de un cadáver desconocido. Es un cadáver que arroja físicamente cierto misterio, brilla por decirlo de algún modo, aprovechando una gran actuación del cadáver que nunca deja de mirar al más allá, con sus dos dientes ligeramente separados de manera infantil naturalmente. Hay cadáveres en el pasado de los personajes, y del futuro, cuerpos-presencias-fantasmas femeninos (esposa y novia respectivamente del padre y del hijo, en un espíritu santo). La figura femenina juega un papel de sacerdotisa para una iniciación masculina, la mujer como elemento aparte, intocable como el cielo mismo, siempre resultando desconocida más allá de su rol de novia y esposa para el hombre, a través de los dos personajes.

Se van desatando conforme va avanzando la noche una serie de acontecimientos extraordinarios en el más puro sentido del escritor Edgar Allan Poe, suscitándose en los pasillos oscuros de la antigua casa que ha sido una morgue por décadas en un negocio familiar. Lo interesante también es el terror espiritual que se desprende de un cadáver, porque lo espiritual no tendría por qué ser únicamente bueno ¿o sí?, únicamente es opuesto a lo material, de capacidades fuera de este mundo, o que influyen en él sin ser parte suya.

El género cinematográfico antecediendo la emoción de los distintos momentos que van juntándose, en lo que pareciera un melodrama que más bien es una pieza, de profundas tesituras pero que en gran parte queda enterrada su parte emocional; que si existe (sabemos el pasado emocional de los personajes y cómo los hace ser como son), pero que no permea finalmente en la trama, puntos de partida para generar la emoción en un gore elegante. La esposa murió y el padre se cree responsable, quizás lo sea, y la novia tendría que vivir la misma suerte. Películas similares dentro del género han podido reflexionar sobre la figura femenina más allá de lo que provoca a un hombre, o mejor dicho resonando encerradas dentro de las estructuras masculinas que componen las paredes de nuestra sociedad: pensemos en La bruja (Robert Eggers, 2016) o en El Babadook (Jennifer Kent, 2105). Pero en La morgue, la mujer brilla por su ausencia, y vaya que brilla, sobre todo en medio de una estrepitante tormenta nocturna.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

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