Expareja se reúne para protagonizar este doloroso ensayo fotográfico

Los rompimientos amorosos suelen vivirse como experiencias dolorosas e incluso cabría decir que traumáticas. Para cada uno en distinto grado y en función de las circunstancias en que ocurre, sin duda, pero terminar una relación nunca es fácil. Muchas veces ese sufrimiento está relacionado con aquello nuestro que depositamos en el otro, desde elementos evidentes y casi cotidianos como proyectos o días en común hasta realidades más cercanas al inconsciente y de las cuales no siempre estamos al tanto.

Con todo, sucede. Sartre llegó a decir que amar sólo era posible a sabiendas de que el amor puede terminar en cualquier momento. Paradójicamente lo opuesto, amar desde la posesión, amar pensando que es posible tener a alguien para siempre, lleva casi inevitablemente a la muerte del amor.

Decimos esto como una suerte de introducción a un ensayo fotográfico en el que una expareja decidió reunirse para protagonizar una serie de retratos después de 1 año de haber roto su relación.

Las imágenes muestran a Harrison Bach y Jacqueline Martin, ambos de 22 años de edad y, hasta finales de 2015, novios durante 3 años. Y sin duda, al ver las fotografías y saber estos pocos datos, una de las primeras impresiones que salta a la vista es el contraste entre la tristeza de sus rostros y su propia juventud. Para muchos, podría parecer contradictorio que a una edad tan temprana el fin de una relación se viva con tanta tragedia.

En Duelo y melancolía, Sigmund Freud sostuvo que una persona se vuelve melancólica porque desconoce qué de sí misma estaba depositado en el objeto de amor que perdió. “El complejo melancólico”, escribió, “se comporta como una herida abierta, atrae hacia sí desde todas partes energías de investidura […] y vacía al yo hasta el empobrecimiento total”.

¿Será que estos jóvenes son ese tipo de melancólicos? A la distancia parece ser que no se han dado cuenta aún de que quizá el amor entre dos personas puede terminar pero no el amor propio, esa fuerza que mana de nuestro interior y se nutre de lo que hacemos a diario, de nuestras relaciones, nuestras ocupaciones, nuestros placeres; la energía que nos mantiene unidos a la vida y que, llegado el caso, podemos compartir con alguien más.

 

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