Una lección sobre el dolor que aprendí hoy al nadar

Esta mañana desperté con un dolor en mi brazo derecho, cerca del hombro. Por un momento supuse que se debía a una postura incómoda al dormir, como si hubiera pasado mucho tiempo recostado sobre ese lado, pero apenas lo moví un poco me di cuenta de que se debía a la natación. Lo extendí y lo flexioné, simulé dar una brazada y, en efecto, el dolor se hizo más claro: la sensación, la zona, la combinación de movimientos que lo provocaban. Ya que me había despertado para ir a nadar, pensé si acaso eso no sería imprudente, si el dolor no se agravaría después del tiempo que tenía planeado pasar en la alberca.

Tampoco me duele tanto, me dije, y salí de casa.

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Sin ser un gran deportista, llevo varios años manteniendo algún tipo de rutina física. Creo que todo comenzó, sin planteármelo en serio, cuando escribí mi tesis de licenciatura. Entonces había terminado mis materias y tenía un trabajo de medio tiempo como ayudante de investigador en la universidad, al cual llegaba cerca de las 10 de la mañana. Podría decirse que tenía tiempo de sobra, y no porque descuidara lo que hacía, sino quizá porque en especial con la tesis, me doy cuenta ahora de que la escritura tiene su propia cronología: uno puede pasar una tarde escribiendo y tener dos o tres buenas páginas, pero también puede suceder lo contrario, que en el mismo tiempo apenas se alcance a garrapatear un puñado de frases inteligibles, y a veces ni siquiera eso. Tenía tiempo de sobra porque me parece que vagamente entendía esto, y entonces, no sin exceso de confianza, dejé que la escritura tomara su propio ritmo. Quizá por eso comencé a correr. Escribir requiere asentaderas, dijo Alfonso Reyes, lo cual es una forma más o menos educada de señalar que fácilmente conduce a una vida sedentaria. Pero el cuerpo tiene sus propias maneras de pedir lo que necesita, y como decía, sin que fuera una decisión consciente o absolutamente voluntaria, una mañana salí a correr, y de nuevo al día siguiente y al siguiente. Me mantuve así hasta que conseguí un trabajo de tiempo completo que alteró mi rutina cotidiana, aunque fue sólo al salir de casa de mis padres y mudar mi lugar de residencia cuando abandoné el hábito por completo. La última vez que corrí completé 15km, si no recuerdo mal, y alguna vez, cuando intenté retomarlo hace unos meses, aguanté 5km.

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Ahora nado. Hace poco más de un año comencé a tomar clases, porque no sabía, y a la fecha lo hago tres veces por semana, en rutinas que rondan los 1500m. Curiosamente también fue una respuesta a la vida sedentaria de una oficina en toda regla, de esas con reloj checador y horario fijo. De las cosas que obtuve de esa forma de vida, sin duda la natación es una de las más inesperadas. Nadar ha sido para mí una gran disciplina, en ese sentido de “enseñanza” que a veces se da a las artes marciales, la meditación o cierto ámbito de la filosofía. Sin ponerme muy profundo diré que nadar me ha enseñado tanto cosas de mí como de la existencia misma. Hay que no poder para después poder, me dijo una vez mi psicoanalista, y esto lo comprobé en la alberca: no niego que en ciertos momentos estuve a punto de renunciar y dejar de ir, pues la frustración que sentía por no poder nadar me parecía insoportable. No lo hice, sin embargo, y ahora me alegro por ello.

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Es posible que la natación sea el único ejercicio en que la técnica tiene una importancia vital, a cualquier nivel que se practique. No quiero soslayar la importancia de la técnica al correr o en el ciclismo, por ejemplo, pero creo que casi cualquier persona puede calzarse unos tenis y dar unas vueltas por su colonia, o tomar una bicicleta y lo mismo, y en ambos casos hacerlo sin preocuparse mucho por lo refinado o preciso de su técnica. Sólo con el tiempo, cuando se realiza el ejercicio con mayor seriedad, se toma en cuenta esto: para evitar lesiones, para hacerlo mejor, para rendir más, etcétera.

En la natación, en contraste, me parece que la técnica es importante desde el inicio, y no sólo por la consigna un tanto vaga de “hacerlo bien”, sino por el simple hecho de que sin técnica no es posible nadar. A diferencia de correr o andar en bici, nadar implica operaciones que no son naturales en el ser humano. Se respira de manera distinta, la postura en que se hace es otra, los movimientos que se necesitan son también especiales, y todo esto en un medio, el agua, que tampoco es en el que nos encontramos cotidianamente. Lo interesante, sin embargo, es que aun siendo una operación "no-natural", tiene su propia lógica, o su propia harmonía, lo cual queda de manifiesto, me parece, en el hecho de que ya desde los movimientos más básicos, una técnica poco adecuada provoca de inmediato dolor, soportable quizá, no al grado de una lesión, pero dolor a fin de cuentas. Y no menos sorpresivamente, basta con corregir la técnica para que ese dolor deje de presentarse y entonces los movimientos fluyan. 

En eso la natación es admirable, pues al tiempo que puede ser origen de un problema, ofrece también las posibilidades de solución. 

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Esta mañana, 20 o 30 minutos después de haber iniciado mi rutina, me di cuenta de que ya no me dolía el brazo. No estoy seguro de si corregí totalmente mi técnica de brazada, pero quizá sí al menos lo suficiente como para que el músculo se acomodara o recuperara sus condiciones habituales.

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Una forma contemporánea de lidiar con el dolor son los analgésicos. Sentimos dolor y casi de inmediato y como acto reflejo tomamos una pastilla que nos ayude a no sentirlo. Eso pude haber hecho en la mañana, luego de despertar y sentir que el brazo me dolía. Buscar un analgésico, tragarlo e igualmente ir a la alberca. Pienso, sin embargo, que esto hubiera sido una forma de enfocarme en el dolor y no en aquello que lo estaba provocando. Dicho de otro modo, hubiera ido a nadar sin que el brazo me doliera, pero por ese “sentirme bien” hubiera dejado de notar que su origen era un mal movimiento, y por lo mismo hubiera persistido en la mala técnica. Una tercera forma de decirlo: con el analgésico, el dolor hubiera desaparecido en ese momento, pero volvería a aparecer, pues en realidad no habría hecho nada para remediarlo.

¿Esto es una lección? Quisiera decir que sí, porque tengo cierta tendencia al didactismo. Quisiera escribir que, con cierta frecuencia, así es como procedemos con las cosas que nos duelen. En vez de atenderlas, de preguntarnos por qué nos duele y dónde se encuentra la raíz de ese dolor, buscamos paliativos, analgésicos, formas de atajarlo, pero no de resolverlo.

No es sencillo decir por qué. Por un lado, no podemos negar que lidiar con el dolor no es fácil; sonará demasiado obvio, pero enfrentar el dolor duele, y de alguna manera es comprensible, pero por otro lado esto es necesario no si no queremos sentir dolor, porque eso nunca pasará, porque vivir duele, eventual e inevitablemente, pero sí si queremos hacer algo con ese dolor: entenderlo, saber de dónde viene, querer que ya no se repita, u otra cosa. La posibilidad de diferencia, me parece, está en preguntarnos qué hacemos con el dolor. ¿Lo eludimos? ¿Lo ignoramos? ¿Lo tomamos en cuenta? ¿Nos preguntamos a qué se debe? ¿Lo subestimamos? ¿Qué hacemos?

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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