9 trabas psíquicas que sólo amargan y entorpecen tu existencia

La mente puede ser una de tus mejores herramientas o tu principal obstáculo. Puede suceder que en ti encuentres la fuerza para encarar un reto –y quizá superarlo– o, en otro sentido, el miedo que te impida acometerlo. Así como puedes entusiasmarte y poner toda tu energía en la prosecución de un objetivo, así también puedes sabotearte y trazar tú mismo la ruta de tu fracaso.

¿Es posible encontrar el aurea mediocritas de la vida psíquica, ese justo punto medio en que seamos capaces de ver las cosas como son, vivirlas en sus circunstancias, volverlas parte de nuestra existencia en su justo valor?

No lo sabemos bien a bien, pero quizá podemos comenzar por abandonar algunos de estos nueve hábitos mentales que –consideramos– no hacen más que estorbar nuestro camino libre por la vida. 

No perdonar a los otros

En diversas tradiciones y disciplinas, lo mismo espirituales que religiosas o de la ciencia y la filosofía, el resentimiento se objeta por sus efectos nocivos en nuestro ánimo. Un acto que se sintió como una ofensa, que nos hizo sufrir o que nos llevó a la ira o la decepción pueden convertirse en verdaderos fantasmas que persistan en su persecución y su acecho, todos los días de nuestra vida.

Efectos: Depresión, tensión, estrés (y las consecuencias fisiológicas asociadas con estos trastornos: propensión a enfermedades como la obesidad, cardíacas o diabetes, trastornos de sueño, etcétera).

Alternativa de solución: Perdonar, como aconsejan las religiones, lo cual, por otro lado, puede no ser sencillo, no porque seamos especialmente rencorosos sino por otras razones que usualmente se refieren a la propia historia de vida de cada cual. Etimológicamente perdonar es el “mayor don”, la máxima ofrenda que alguien puede dar a otra persona, pero curiosamente, no como un acto de magnanimidad, esto es, de narcisismo y egolatría, sino más bien justo en sentido opuesto, de amor auténtico, como un don que se da al otro o se recibe del otro. En pocas palabras perdonar es también situar al otro en su justa medida, su lugar de persona distinta, con su propia historia –y la relación que ésta tuvo con la nuestra.

 

No perdonarte a ti mismo

Todos tenemos circunstancias personales que no nos hacen sentir bien con nosotros mismos. La negatividad propia de la existencia nos alcanza bajo las formas del fracaso, la sumisión, la vergüenza, el miedo, el abandono, el rencor, etc, lo cual es inevitable. La vida también conlleva eso. La diferencia, en todo caso, es cómo vivimos con eso. ¿Tenemos siempre presente esas situaciones? ¿Las llevamos como una carga que nos impide movernos con soltura y fluidez? ¿Son recordatorios constantes que ante una circunstancia parecida nos hacen repetir el fracaso?

Efectos: Depresión, tensión, estrés, frustración.

Alternativa de solución: ¿Qué significa perdonarse a uno mismo? Como en el punto anterior, la respuesta pasa por aceptar las circunstancia de la vida, en un primer momento, como algo dado, fatal en el sentido que Nietzsche dio a ese término: lo necesario porque ya sucedió y no es posible cambiarlo. Sin embargo, y este el segundo momento de la solución posible, sí se puede entenderlo, abrazarlo como parte de la existencia, preguntarnos por los efectos que eso tuvo sobre nuestra vida. Perdonar, en este sentido, sería comprender.

 

Todo o nada

Aunque la vida está llena de matices, hay quienes poseen una aproximación que no admite más que absolutos: bueno o malo, éxito o fracaso, amor u odio, alegría o tristeza, etcétera.

Efectos: Pánico, baja autoestima, frustración, estrés.

Alternativa de solución: Este es posiblemente uno de los hábitos mentales más difíciles de destrabar, pues requiere de un trabajo sostenido respecto del origen e implicaciones de dicha exigencia perfeccionista. De entrada, sin embargo, es posible ejercitarse en el pensamiento de la diversidad, aceptar –tanto para uno mismo como en relación con los demás– que el rigor y la vida son términos contradictorios, opuestos entre sí.

 

Sostener ideales (para ti y para los demás)

Los ideales son importantes en la vida. En cierta aspecto pueden motivarnos, impulsarnos para trabajar en pos de su consecución. No obstante, en otro sentido también pueden ser grandes obstáculos, sobre todo si desde el origen están vinculados a lo inalcanzable. Pensar en una pareja ideal, por ejemplo, puede ser causa más que suficiente para no tener nunca una relación satisfactoria. Y lo mismo vale si creemos que existe tal cosa como una “vida ideal”, un “trabajo ideal”, una “familia ideal”, etc. Además, es muy posible que al tener un estándar elevado (tanto que nada ni nadie, ni siquiera tú, eres capaz de cumplirlo) las personas involucradas en esa exigencia terminen por frustrarse, fatigarse y, en última instancia, alejarse.

Efectos: Frustración, soledad.

Alternativa de solución: Un camino que podría llevar a la salida de este laberinto es el de la empatía. Al entender que todos somos seres humanos –con nuestras propias dificultades, resultado de nuestra historia de vida–, podemos observar las cualidades de cada persona en su justa medida, no a través del prisma deformante de la idealización.

 

Creer que nada mejorará nunca

Hay una forma elemental, un tanto vacua del pesimismo que lleva a ciertas personas a creer que el mundo es un lugar esencial e irremediablemente horrible, que todo lo que sucede no es más que tragedia y dolor y que cualquier esfuerzo que se realice es inútil, pues al final de todos los caminos se encuentra la muerte.

Efectos: Depresión, soledad, aburrimiento, insatisfacción.

Alternativa de solución: Ante un pesimismo de esa naturaleza hay, al menos, dos posibles alternativas. Una llamaría a transformar radicalmente esa visión de mundo, a reconocer que el mundo también está lleno de circunstancias gratificantes y alegres (lo cual no es falso). La otra opción es persistir en ese pesimismo pero convirtiéndolo en fuente de acción, a la manera de los estoicos y otros filósofos afines, para quienes el sufrimiento inherente del mundo fue, extrañamente, el motivo para sobreponerse y convertirse uno mismo en artífice de la existencia propia.

 

Querer tener el control (o pensar que lo tienes)

Si hay otro concepto con el que la vida no se lleva muy bien es el del control. Por decirlo de alguna manera, las mejores cosas de la existencia no se controlan y, cuando intentamos controlarlas, someterlas a un régimen y un código de reglas, lo más probable es que eso signifique su fin (el amor, por ejemplo). Además, visto desde otra perspectiva, esta práctica es un tanto paradójica, pues con cierta frecuencia la obsesión por el control es una especie de punto ciego respecto de las fuerzas que verdaderamente dirigen la vida subjetiva; es decir, al querer controlar la vida no nos damos cuenta de que hay algo más que está determinando la nuestra, sobre la cual, irónicamente, no tenemos dominio.

Efectos: Soledad, frustración, insatisfacción.

Alternativa de solución: Bruce Lee dijo famosamente “Fluye, sé como el agua”, y Jung escribió: “Hasta que vuelvas consciente el inconsciente, éste dirigirá tu vida y lo llamarás destino”. En vez de dedicar tus esfuerzos a querer controlar la vida, quizá sería mejor vivirla conscientemente –con todo lo que ello implica.

 

Creer que eso que quieres simplemente llegará

Creer en el “príncipe azul” es más común de lo que podemos suponer, pues en cierta forma ese término puede ser metáfora de otras cosas. En un primer momento, en efecto, puede referirse a la espera del “hombre perfecto” que por fin cubrirá todos los satisfactores de una relación, pero en otros sentidos también podemos extender la noción y pensar que hay personas cuyas vidas transcurren en espera de esas condiciones ideales que arribarán un día y que, a partir de entonces, provocarán que comiencen a vivir realmente.

Efectos: Frustración a mediano y largo plazo.

Alternativa de solución: Darse cuenta de que las cosas no “llegan” sino que se trabaja en pos de ello, paso a paso, día a día, sostenidos por el amor y el deseo.

 

Generalizar y abstraer en exceso

Generalizar y abstraer son recursos propios de nuestra forma de aprehender el mundo. Sin estas prácticas sería imposible generar conocimiento. Sin embargo, cuando se trata de cuestiones subjetivas y psicológicas son hábitos que de alguna manera deforman la realidad, nos hace ignorar esos detalles finos que justamente son los que dan su propia singularidad a las distintas circunstancias de la existencia.

Efectos: Perder el sentido de la vida, incapacidad para conectar con otros.

Alternativa de solución: Dejar las generalizaciones y abstracciones para las labores teóricas o académicas. Entender que la vida tiene que vivirse en singularidad, al hilo de lo que sucede, tomando cada situación en su justo contexto.

 

Ser ingrato

Entre los muchos efectos positivos que puede tener la gratitud, uno de los más importantes (y que, además, podríamos ubicar fuera de la esfera de la moralidad) es el hecho de que dar las gracias significa reconocer. Si alguien nos prestó, digamos, un martillo que necesitábamos, agradecer ese gesto es reconocer de entrada que carecíamos de dicha herramienta, pero también que en nuestra vida contamos con la posibilidad de acercarnos a alguien para pedirla y tenerla. Parece algo mínimo, pero hay personas que justamente por su dificultad para agradecer no pueden tejer vínculos así en su vida.

Efectos: Soledad, amargura, frustración.

Alternativa de solución: Para este punto quizá no existe otra solución más que, simplemente, comenzar a agradecer. Quizá incluso en exceso, pues sólo así podemos darnos cuenta de las cosas que tenemos y las que no, y actuar en función de ello. 

 

(Ilustraciones: Henn Kim)

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