Donald Trump y Xi Jinping: dos memorias de la nación en la era de la nueva globalización
Sociedad
Por: Fernando Vizcaíno - 09/23/2026
Por: Fernando Vizcaíno - 09/23/2026
Los presidentes de Estados Unidos y China comparten la defensa de la nación, aunque en sentidos distintos. China todavía recuerda el “siglo de la humillación”, marcado por las Guerras del Opio, agresiones extranjeras y pérdida de territorios y puertos. Por eso, Taiwán, tanto o más que un asunto de soberanía, representa la superación definitiva de aquella subordinación histórica. Estados Unidos, en cambio, parece más que nunca temer la pérdida de su supremacía global.
El año de 1949 fue decisivo. En China, con el triunfo de la República Popular liderada por Mao, termina la subordinación y comienza la reconstrucción de la soberanía. En Occidente, con la fundación de la OTAN en ese mismo año, se consolida el triunfo de Estados Unidos de 1945 e inicia el periodo de su poder mundial. A la recuperación gradual de la soberanía China corresponde la creciente dominación internacional estadounidense. Así, la historia reciente puede organizarse siguiendo la emancipación de China y la estructura de poder de Norteamérica.
Hace unos días, en Lima, Perú, participé en una reunión entre académicos de América Latina y China sobre derechos humanos. La discusión me provocó una reflexión sencilla: en buena parte de Occidente, tiende a pensarse cada vez más en el bienestar desde la autonomía de la persona y los límites del Estado. En la narrativa política china, en cambio, el bienestar individual está en el desarrollo y la estabilidad social. La reunión en Lima tenía además, como telón de fondo, Chancay, el gran puerto desarrollado con participación china para ampliar el comercio transpacífico. La idea de desarrollo y la influencia china en el mundo, tanto o más que un discurso sobre derechos humanos, se aprecia, literalmente, en el territorio.
No resulta extraño, entonces, que según un estudio del Pew Research Center (2025), el 73% de los estadounidenses considere que la influencia global de China está aumentando. En realidad, el temor a perder la supremacía mundial no es exclusivamente trumpista. Trump condensa esa inquietud de la sociedad estadounidense: el orden internacional con el que se construyeron los rascacielos en ciudades como Nueva York ahora es discutible.
Hoy, casi ochenta años después, China ha recuperado su soberanía y participa estratégicamente de una nueva globalización: la de la inteligencia artificial y la de los minerales estratégicos. El comercio mundial de aviones y chips, de recursos energéticos y de alimentos básicos sigue siendo determinante para la seguridad económica de los países, pero ahora será decisiva la competitividad ligada a las nuevas tecnologías y las “tierras raras”.
A diferencia del horizonte de valores que justificó la dominación de Occidente, China se está expandiendo siguiendo un principio ancestral: “armonía sin uniformidad”. No se trata de imponer la cultura y las formas de organización política de una civilización al resto de la humanidad, sino de coexistir administrando la diferencia y la competencia. Eso puede ilustrarse con una tesis simple: para China, los mercados, la competencia internacional y los organismos multilaterales son compatibles con la nación y la soberanía. Cuando Trump amenaza con el uso de la fuerza militar y presume el acceso al petróleo de Venezuela como expresión del poder de los Estados Unidos, parece decirnos lo contrario. Por eso el trumpismo quiere frenar la globalización, recuperar los empleos y limitar los organismos internacionales.
Durante décadas hemos asumido que la globalización diluye la nación. En cierta forma es cierto. Mientras más se vincula con el mundo la sociedad, particularmente a través de tecnologías que muchas veces no están controladas por el Estado, más se cuestiona el sentido de pertenencia nacional. Sin embargo, la reunión de Trump y Xi nos muestra que la nación sigue siendo central. Hablan desde una memoria distinta porque sus países recuerdan historias distintas. China está construyendo una posición estratégica en la nueva globalización al tiempo que fortalece su soberanía. Estados Unidos, en contraste, recuerda el tiempo en que su poder modelaba la globalización. Paradójicamente, las redes internacionales que construyó se perciben ahora como la peor amenaza para su autonomía. La disputa del siglo XXI, entonces, seguirá siendo entre nación y globalización. Pero, particularmente, entre naciones que consiguen hacer de la globalización una extensión de su soberanía.