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El 6 de julio se conmemora el beso robado, costumbre británica del siglo XIX hoy atravesada por el debate sobre consentimiento. Pijama Surf revisa el capítulo 7 de Rayuela.

Cada 6 de julio se rinde homenaje a todas aquellas intenciones ladronas de robar un beso. La costumbre nació en la Gran Bretaña del siglo XIX, cuando robar un beso funcionaba como gesto de cortejo aceptado dentro de ciertos círculos sociales. El cine romántico retomó esa idea durante décadas y la convirtió en cliché, la escena del beso inesperado como prueba máxima de pasión.

Ese imaginario, sin embargo, choca hoy con una discusión distinta. El consentimiento se volvió el eje desde el cual se revisa cualquier gesto romántico "sorpresa", y pone de relieve que sin acuerdo mutuo la frontera entre romanticismo y acoso se vuelve peligrosamente delgada.

El beso robado (c. 1787-1790), Jean-Honoré Fragonard

El origen puntual de la efeméride se mantiene incierto, pero existe un cierto consenso sobre cuál es la imagen más célebre asociada al beso robado: la fotografía que Alfred Eisenstaedt tomó en Times Square el 14 de agosto de 1945, día en que Estados Unidos declaró su victoria sobre Japón y con ella el fin de la Segunda Guerra Mundial. En ella, un marinero se deja llevar por la fiebre de la pasión y besa a una enfermera desconocida en plena celebración.

En Pijama Surf tomamos como excusa esta fecha para recordar uno de los besos más emblemáticos de la literatura latinoamericana. El capítulo 7 de Rayuela, publicado por Julio Cortázar en 1963, propone un beso que primero se inventa y después se confirma. 

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

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Más de sesenta años después de su publicación, ese capítulo sigue siendo una referencia obligada por lograr transformar en literatura uno de los gestos más difíciles de poner en palabras.


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Imagen de portada: Il bacio (El beso), de Francesco Hayez