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Las Guerreras del K Pop: un fractal histórico de vergüenza y libertad

AlterCultura

Por: Pepe Moss - 01/23/2026

Una de las grandes lecciones de esta historia es que la autoaceptación es la verdadera fuerza que dignifica a la humanidad; la luz y la oscuridad que habita en cada uno de nosotros es identitaria, reprimir una y resaltar la otra lo único que genera es lo que Freud llamó neurosis.

Quiero iniciar con una confesión: no esperaba nada de Las Guerreras del K-Pop; creí que sería otra película más de Netflix, un musical animado con el objetivo de vender merch, con una moraleja cursi del “poder de la amistad”, clichés bien conocidos del anime, doramas y feminismo blanqueado… ¡Y sí! Es todo eso, pero no lo es lo único.

K-Pop Demon Hunters es la reinterpretación de la historia del chamanismo coreano, sus rituales, la feminidad, la vergüenza, la represión, el inframundo, el capitalismo, el poder y la eterna lucha entre el bien y el mal, todo en medio de canciones y luces que, a simple vista, parecen sólo dibujitos.

La historia como inspiración

En el prólogo de Las guerreras del K-pop nos cuentan cómo los demonios siempre acecharon nuestro mundo, robando almas y canalizando la energía hacia su rey, Gwi-Ma; hasta que aparecieron tres heroínas que a través de sus cantos sobre el valor y la esperanza crearon una barrera mágica para proteger al mundo, la Honmoon. Esta historia es una analogía de la instauración del confucianismo sobre el Musok o chamanismo coreano.

En el siglo XIV la influencia de China sobre la península de Corea expandió el confucianismo como una filosofía de progreso, cambiando a un sistema jerárquico basado en la supremacía masculina, confinando a las mujeres a tareas de cuidado y servicio. Sin embargo, el antiguo chamanismo ofreció a las mujeres un espacio de expresión y resistencia cultural y espiritual; la antropóloga Verónica del Valle asegura que “chamanismo coreano se le puede considerar como una experiencia cultural inherentemente femenina”.

Las mudang, chamanas coreanas tradicionales, son descritas como seres que fungen de intermediarias entre el cielo y la tierra, entre los espíritus y la humanidad, que tienen la función de reconciliar y armonizar los opuesto, y al igual que las cazadoras Mira, Zoey y Rumi, lo hacen a través de cantos, mantras y danza.

Durante los siglos XVII y XIX el cristianismo se vio como una puerta a la modernidad y una solución al atraso social y económico que vivía la península; con ello se replantea el papel de la mujer, pero se sigue manteniendo una estructura patriarcal.

En la película ganadora del Golden Globe, se expone esta aparente libertad femenina pero reprimida en lo privado: la dualidad de Rumi (mitad demonio) se envuelve en la vergüenza y la culpa que distingue al cristianismo, colocando a la humanidad como imperfecta y pecadora, indigna de admiración por ser quien es, sino por el cumplimiento del deber ser. En el cristianismo y la religión católica se admira y se aspira a una perfección impuesta, imposible; por eso se beatifica y admira a los santos, y se glorifica la virginidad de María.

Una de las grandes lecciones de esta historia es que la autoaceptación es la verdadera fuerza que dignifica a la humanidad; la luz y la oscuridad que habita en cada uno de nosotros es identitaria, reprimir una y resaltar la otra lo único que genera es lo que Freud llamó neurosis: la incongruencia entre lo que  se desea, se piensa y se actúa.

No hay infierno bajo nuestros pies, está en nuestra cabeza

El modelo estructural de la personalidad propuesto por Sigmund Freud, divide la mente en tres instancias: el Ello, el Yo y el Superyó. Sin ponerme muy teórico, el Ello es esa parte instintiva, rebelde, liberal, salvaje; el Superyó es la voz castigadora, punitiva, controladora que nos enseñaron de pequeños; mientras que el Yo actúa como un mediador. Algo así como el angelito y el diablito que vemos en las caricaturas.

Las voces de culpa que Gwi-Ma hace resonar en la cabeza de los demonios y las personas son el Superyó, también es la vergüenza que siente Rumi por ser calificada como un error desde niña, es la represión impuesta por su tutora, Celine.

Desde la moral cristiana, la lucha entre el “bien y el mal” se ha reducido a lo “correcto o lo incorrecto”, a la normativa social, el comportamiento esperado, la dicotomía de la virtud y el pecado; sin embargo, para el chamanismo coreano, esos pecados no son más que excesos, faltas, desequilibrios energéticos que puede ser restaurados a través de rituales de reconciliación y limpieza que traen de vuelta la armonía. 

Esa restauración la podemos equiparar a otro concepto psicoanalítico: la fuerza Yoica. Es la capacidad del Yo para mantener el equilibrio entre los deseos y demandas instintivas del Ello y las restricciones y exigencias moralistas del Superyó. Es decir, tomar decisiones responsables sin obedecer al “diablito” o al “angelito”.

Esa fuerza Yoica se ilustra cuando las cazadoras crean una nueva Honmoon que une ambas fuerzas, más allá del castigo por parte del rey demonio y la represión de las cazadoras que precedieron a las protagonistas. Una Honmoon que acepta el lado luminoso y oscuro de la humanidad, la autenticidad, el equilibrio, la homeostasis.

El consumo como identidad y cultura

Las Guerreras del K-Pop, como toda buena historia, es atemporal, un mito que se repite infinitamente para responderse con las mismas preguntas; la película dirigida por Maggie Kang y Chris Appelhans no sólo hace una analogía de la historia del chamanismo coreano, también reinterpreta y reafirma a la cultura como parte esencial del poder blando.

El politólogo Joseph Nye define al poder blando como “la habilidad de obtener lo que quieres a través de la atracción, en lugar de la coerción y la fuerza”, algo muy similar al plan que le propone Jinu al demonio mayor, Gwi-Ma: una boyband para atraer fans y robarles su alma; sin obligarles, sino atrayéndoles.

Pero esto no es exclusivo de los demonios, el K-pop debe su éxito a la Cultura Tecnológica ideada por el productor Lee Soo-man (el padre del K-pop), quien escribió un manual para que su sello discográfico, SM Entertainment, asegurara el éxito de cada Idol, controlando no sólo la música sino su alimentación, peso, complexión, forma de vestir, de hablar, con quién socializar, qué lugares visitar. Muy similar a Gwi-Ma, ¿no crees?

La Cultura Tecnológica prioriza la cultura sobre la economía, porque a través de la cultura se obtienen ganancias no sólo monetarias; la Ola Coreana es el poder blando manufacturado y empaquetado, una receta infalible para adaptar la cultura coreana a los convencionalismos locales de cada país o región, porque el fin último es la conquista del mercado, no del territorio. No controla tu mente, pero sí la cultura y forma de consumo.

Las Guerreras del K-Pop es una gran película porque aprovecha uno de los grandes conflictos de la humanidad: ¿quién soy? Y nos da una respuesta en forma de fractal ¿Por qué? Porque cuestiona la imposición, la represión, la enajenación, pero al mismo tiempo refleja y legitima eso que desaprueba: cantamos en la misma armonía que la libertad y el dinero, bailamos al ritmo de la autenticidad y la moda, consumismos felicidad y pagamos con vergüenza para recibir películas que nos dicen que nos amemos por quienes somos. La cultura es el arma más sofisticada del imperialismo.


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