Tonantzin y la Virgen de Guadalupe: lo que realmente pasó en el Tepeyac
Sociedad
Por: Carolina De La Torre - 12/11/2025
Por: Carolina De La Torre - 12/11/2025
Cada 12 de diciembre la Basílica de Guadalupe, en el cerro del Tepeyac, se llena de peregrinos que vienen a ver a la “madre de los mexicanos”. Ese movimiento humano, que parece casi natural para quienes crecimos viéndolo, tiene una historia más compleja de lo que solemos imaginar. Porque antes de que el manto verde y dorado se convirtiera en el rostro espiritual del país, ese mismo cerro ya era un lugar sagrado. Un punto al que los pueblos nahuas acudían para honrar a su propia madre: Tonantzin.
Tonantzin no era una figura única. Era un título. “Nuestra madrecita”. Un nombre que en náhuatl servía para referirse con cariño y reverencia a distintas deidades femeninas: desde Cihuacóatl, ligada a la vida y la muerte, hasta Coatlicue, la madre de la fertilidad; desde Toci, protectora de la salud, hasta Omecíhuatl, principio creador del universo. Ese diminutivo —lejos de restar— era una forma de mayor veneración. Y en el Tepeyac, Tonantzin tenía un peso particular: ahí se celebraban sus fiestas, como el Tititl, registrado por frailes como Sahagún y Torquemada, un periodo que iba de finales de diciembre a principios de enero. Un detalle que más tarde, irónicamente, se mezclaría con las celebraciones cristianas.
La mayor parte de lo que sabemos sobre ese culto indígena proviene de cronistas coloniales. Fray Bernardino de Sahagún (un fraile franciscano español del siglo XVI, considerado el pionero de la antropología y etnografía en América) mencionaba con inquietud que en el Tepeyac se adoraba a Tonantzin, la “madre de los dioses”. Ciudad Real hablaba de una “doncella preciosa” venerada ahí. Jacinto de la Serna, en uno de los testimonios más detallados, aseguraba que los indígenas seguían diciendo “vamos a la fiesta de Totlazonantzin” incluso cuando ya existía el santuario cristiano, como si ambas presencias —la indígena y la mariana— convivieran en silencio. Para ellos, la devoción no había cambiado, solo el rostro.

Con la llegada de los españoles, el Tepeyac no perdió importancia: se convirtió en un territorio en disputa simbólica. Los evangelizadores sabían que arrancar la fe de raíz era imposible; por eso levantaron una ermita cristiana justo donde antes se honraba a Tonantzin. Era una estrategia calculada: aprovechar un espacio que ya cargaba siglos de devoción. Y no era un fenómeno aislado. Se repitió en pueblos enteros del virreinato: un santuario indígena sustituido por un templo cristiano, esperando que el viejo significado se disolviera con el tiempo.
Pero eso nunca ocurrió por completo. Los pueblos nahuas siguieron acudiendo al Tepeyac, reinterpretando a la nueva figura desde su propia cosmovisión. Para Sahagún, esta continuidad era “sospechosa”: la gente venía desde muy lejos a visitar a “Tonantzin”, aunque ahora en la iglesia colgara otra imagen. Lo que él veía como confusión era, en realidad, un sincretismo profundo: una negociación espiritual entre dos mundos que no podían coexistir sin influenciarse.
Más de cien años después de la Conquista, ese cruce simbólico sería retomado por un texto clave: el Nican Mopohua, escrito en náhuatl por Antonio Valeriano, un intelectual indígena formado por los franciscanos. Ahí se narra la historia que todos conocemos: las apariciones de la Virgen a Juan Diego. Pero lo verdaderamente importante es cómo lo narra: con metáforas del mundo prehispánico, con imágenes de jade, plumas, paraísos como Tlalocan y Tonacatlalpan. Lenguaje indígena para una devoción cristiana. Era, en cierto modo, una forma de traducir la maternidad divina a categorías familiares para los pueblos originarios.

Y es aquí donde entra la versión más contada: la del ayate. La escena donde Juan Diego, tras varias apariciones, recoge flores imposibles para diciembre, las guarda en su tilma y, al desplegarla frente al obispo Zumárraga, aparece la imagen que hoy veneran millones. Ese relato es el corazón de la tradición popular, pero no necesariamente de los textos históricos. Mientras la narrativa milagrosa habla de una revelación divina, la historiografía subraya que estos documentos aparecieron tardíamente y que lo constante —desde los cronistas del siglo XVI— no es el milagro, sino el sincretismo. Es decir, que el culto guadalupano se construyó sobre un suelo indígena que nunca dejó de serlo, aunque con el tiempo la versión cristiana se impusiera en el discurso oficial.
Valeriano no era un improvisado. Era un poeta, un funcionario indígena y un puente cultural. Y aunque sus maestros franciscanos vieron con recelo ese sincretismo, el texto terminó moldeando el imaginario guadalupano. Esa mezcla —entre la devoción indígena, la estrategia evangelizadora y la narrativa criolla del siglo XVII— terminó convirtiendo a Guadalupe en símbolo nacional.
Por eso, decir que la Virgen de Guadalupe “sustituyó” a Tonantzin es simplificar un proceso que fue mucho más complejo. Lo que ocurrió en el Tepeyac no fue un reemplazo, sino una superposición. La madre indígena no desapareció: sobrevivió en el nombre, en la peregrinación, en la manera en que los pueblos reinterpretaron a la nueva madre divina. La Virgen no borró la memoria del cerro; se enraizó en ella.
Y aun así, la colonización espiritual hizo su trabajo. Porque cada 12 de diciembre no se peregrina a Tonantzin, sino a la Virgen de Guadalupe. El sincretismo existe, sí; pero la voz dominante, la que se repite en himnos, en misas, en discursos oficiales, es la cristiana. Esa es la huella más visible de un proceso que no solo mezcló creencias, sino que redefinió cuál de esas madres sería nombrada y celebrada públicamente.
Hoy, cuando millones caminan hacia la Basílica, quizá sin saberlo, participan de una memoria que empezó mucho antes de Juan Diego. Una historia que une el maíz con el rosario, la cosmovisión nahua con la teología cristiana, la poesía indígena con los relatos coloniales. Un territorio donde dos maternidades —la ancestral y la mariana— ahora conviven.
Por eso, el Tepeyac sigue siendo ese cruce. Un cerro donde las historias no se cancelan del todo, sino que se mezclan. Donde Tonantzin y Guadalupe comparten un mismo suelo, aunque sus rostros sean distintos. Y quizá por eso, cada 12 de diciembre, esa peregrinación tan enorme y tan íntima a la vez sigue teniendo sentido: porque más allá de la imagen que se mira en el altar, lo que todos buscan es a esa madre que nunca dejó de estar ahí.