Muere Frank Gehry a los 96: adiós al arquitecto que redefinió las ciudades
Arte
Por: Carolina De La Torre - 12/05/2025
Por: Carolina De La Torre - 12/05/2025
Frank Gehry, uno de los arquitectos más influyentes de nuestro tiempo, murió este 5 de diciembre de 2025 a los 96 años, en su casa de Santa Mónica, California. La noticia fue confirmada por medios estadounidenses, señalando que el creador del Walt Disney Concert Hall y del Museo Guggenheim Bilbao falleció de causas naturales asociadas a su edad. Su partida marca el cierre de una era que redefinió cómo entendemos la arquitectura contemporánea.
Gehry no solo diseñó edificios: construyó una forma distinta de ver las ciudades. Su estilo, conocido por las curvas imposibles, los volúmenes que parecen moverse y el brillo de materiales como el titanio, cambió la conversación global sobre qué puede ser un edificio. Lo suyo no era solo funcionalidad; era emoción, presencia, riesgo. Era arte.
Nacido como Frank Owen Goldberg el 28 de febrero de 1929 en Toronto, Canadá, emigró a Los Ángeles en los años cuarenta, donde estudió arquitectura en la USC y más tarde cursó estudios de planeación urbana en Harvard, aunque no los concluyó. Para los sesenta ya había fundado su propio despacho, que evolucionaría hasta convertirse en Gehry Partners, una firma que adoptó tecnología avanzada para hacer realidad sus formas radicales.
Su relevancia vino de romper reglas. Mientras otros arquitectos buscaban orden y simetría, él apostó por lo inesperado: superficies curvas, estructuras que parecían bailar, fachadas que atrapaban la luz como si fueran esculturas vivas. Este enfoque lo posicionó como una figura clave del deconstructivismo, un movimiento que desafiaba las convenciones tradicionales de la arquitectura moderna.
Entre sus obras más emblemáticas destacan el Guggenheim Bilbao, inaugurado en 1997, una pieza que transformó no solo el paisaje cultural sino la economía de la ciudad; el Walt Disney Concert Hall en Los Ángeles, hoy uno de los íconos urbanos más fotografiados del mundo; y la Dancing House en Praga, creada en colaboración con Vlado Milunić, un edificio que parece literalmente moverse junto al río Moldava.
Su impacto fue global. Gehry probó que un edificio podía ser un motor cultural, un símbolo urbano o un punto de inflexión para una comunidad entera. Por eso recibió, entre muchos otros reconocimientos, el Premio Pritzker en 1989, considerado el máximo galardón en arquitectura.
La noticia de su muerte llega en un momento en el que su legado ya parecía consolidado en la historia, pero no por eso deja de sentirse como una pérdida mayor. Gehry deja obras que siguen moviendo economía, turismo y conversación cultural. Deja también una forma distinta de pensar los espacios: menos rígida, más libre, más cercana a la intuición artística.
Se va uno de los últimos grandes maestros de la arquitectura contemporánea. Pero sus edificios siguen ahí, desafiando la gravedad, la lógica y, sobre todo, esa idea antigua de que los espacios deben ser discretos. Gehry siempre apostó por lo contrario: que un edificio puede respirar, sorprender, incomodar o enamorar.