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Mirar el teléfono tantas veces al día sí te está afectando (aunque parezca normal)

Salud

Por: Carolina De La Torre - 12/01/2025

Estudios recientes muestran cómo el hábito de desbloquear el celular casi sin pensarlo está afectando la atención y la memoria a nivel global global

Revisar el teléfono ya no es un acto consciente. Es un gesto automático que se cuela entre una respiración y otra: desbloqueas, deslizas, revisas algo que probablemente ni siquiera necesitabas ver. Y aun así, lo repites. Esa escena, que parece inofensiva, tiene un costo que solemos ignorar: nos está drenando atención y memoria.

Un artículo publicado por The Washington Post lo explica con claridad, pero vale la pena aterrizarlo a nuestra vida diaria, donde los minutos se nos escurren revisando notificaciones que ni recordamos.

Diversos estudios han marcado un punto crítico: a partir de cierto número de revisiones al día, el teléfono empieza a comprometer nuestra capacidad cognitiva. Investigaciones de la Universidad de Nottingham Trent y la Universidad de Keimyung encontraron que quienes revisan su dispositivo unas 110 veces al día entran en un uso de “alto riesgo”. No se trata solo de cuánto tiempo pasamos frente a la pantalla, sino de la frecuencia con la que interrumpimos lo que estamos haciendo para desbloquearla.

Larry Rosen, psicólogo y profesor emérito de la Universidad Estatal de California, lleva ocho años estudiando a adolescentes y millennials. Su hallazgo es incómodo: la gente revisa su smartphone entre 50 y más de 100 veces al día, casi siempre cada 10 o 20 minutos. El dato duele porque suena familiar.

Las propias configuraciones de Android y iOS permiten ver cuántas veces desbloqueamos el teléfono a lo largo del día. Un registro promedio muestra picos desde muy temprano en la mañana, subidas constantes durante las horas de trabajo y repasos nocturnos cuando ya estamos en cama. No es casualidad: el 66% de los estadounidenses usa su teléfono dentro de los primeros 10 minutos de despertarse, y el 62% lo revisa justo antes de dormir. El círculo perfecto para no desconectar nunca.

Para Anna Lembke, psiquiatra y especialista en adicciones de Stanford, la explicación es más biológica de lo que creemos: los teléfonos estimulan la misma vía de recompensa que sustancias adictivas. Cada notificación, cada desbloqueo, alimenta un ciclo que, si se interrumpe, provoca ansiedad. No es solo una metáfora: es química pura.

La encuesta de YouGov citada en el reportaje lo confirma. Ocho de cada diez personas duermen con el teléfono en la habitación. Algunos lo revisan durante la madrugada, incluso varias veces. Hay dispositivos con registros de hasta 45 desbloqueos en una sola hora. Y aun así, cuando se le pregunta a la gente cuántas veces cree que lo revisa, la mayoría responde: “unas diez”. La brecha entre percepción y realidad es enorme.

El costo invisible: atención rota y memoria dispersa

Un estudio de la Universidad de Administración de Singapur es contundente: las interrupciones frecuentes generan más lapsos de atención y fallas de memoria. La clave no está en las horas totales de pantalla, sino en el acto mismo de revisar el teléfono muchas veces. Esa microfragmentación obliga al cerebro a cambiar de tarea constantemente.

Décadas antes, el informático Gerald M. Weinberg ya advertía que el multitasking reduce la productividad hasta en un 80%. Hoy lo vemos con claridad: trabajar, comer o convivir mientras revisamos el teléfono crea un estado mental disperso que cuesta recomponer. La investigadora Gloria Mark, de la Universidad de California en Irvine, calcula que después de una interrupción laboral se necesitan más de 25 minutos para recuperar la concentración original.

Y aun así, el hábito está normalizado. Más de la mitad de los encuestados por YouGov aceptaron revisar su teléfono durante comidas, citas, reuniones o momentos sociales. En una reunión de 30 minutos, una de cada cuatro personas mira su pantalla al menos una vez. Es casi un reflejo cultural.

Todos caemos: no es un tema generacional

El uso compulsivo del teléfono ya no distingue edades. Desde que el iPhone apareció en 2007, el hábito se extendió entre generaciones. Hoy, la mayoría de los adultos en Estados Unidos tiene uno, y nueve de cada diez usan internet a diario. Para Rosen, las diferencias generacionales prácticamente desaparecieron: todos estamos enganchados a la misma dinámica.

Investigadores de la Universidad de Heidelberg fueron más allá: tras solo 72 horas sin smartphone, la actividad cerebral empezó a mostrar patrones parecidos a los de una abstinencia leve. La buena noticia es que pausas breves ayudan a reorganizar los circuitos de recompensa y a flexibilizar los hábitos.

¿Cómo romper el ciclo sin demonizar el teléfono?

Los especialistas coinciden en que no se trata de vivir desconectados, sino de recuperar agencia sobre nuestra atención. Algunas estrategias sencillas:
Apagar notificaciones que no sean esenciales.

  • Eliminar aplicaciones innecesarias.
  • Activar la escala de grises para bajar el estímulo visual.
  • Dejar el teléfono lejos de la cama.
  • Apagarlo entre usos para cortar el impulso automático.

Anna Lembke lo resume bien: dejar el teléfono de vez en cuando es un recordatorio de que seguimos siendo capaces de movernos por el mundo sin él. Y Rosen añade algo clave: retomemos el control sobre la frecuencia con la que nos conectamos; que la pausa la decidamos nosotros, no el dispositivo.

Al final, revisar el teléfono no es un pecado moderno, sino una costumbre que, si no ponemos atención, se vuelve un drenaje silencioso de nuestra energía mental. Entenderlo ya es un primer paso para romper el hechizo cotidiano de la pantalla.

Un fenómeno que no conoce fronteras

Aunque muchos de los estudios citados se enfocan en población estadounidense o provienen de universidades en Europa y Asia, el problema no pertenece a una región en específico. El peso que los teléfonos han tomado en nuestras vidas es global, y los patrones de uso —las interrupciones constantes, la ansiedad por las notificaciones, la dependencia cotidiana— se repiten en prácticamente cualquier país. La forma en que estos dispositivos moldean nuestra atención ya es un tema mundial, una conversación que atraviesa culturas, edades y estilos de vida.


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Imagen de portada: El Tiempo