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El lenguaje del trauma se expandió del ámbito clínico a redes sociales, libros y pódcasts. A partir de un artículo de The Guardian, analizamos cómo el sufrimiento cotidiano empezó a etiquetarse, consumirse y venderse como identidad y solución

En los últimos años, el concepto de trauma ha dejado de ser un término clínico reservado para experiencias extremas y se ha convertido en una categoría cultural omnipresente. Hoy aparece en redes sociales, libros de autoayuda, pódcasts, talleres de bienestar y discursos motivacionales. El dolor emocional ya no solo se vive o se procesa: se nombra, se clasifica y se vende.

Esta expansión del lenguaje del trauma es el punto de partida del artículo de opinión de la periodista Katherine Rowland, publicado en The Guardian, donde analiza cómo la cultura contemporánea ha transformado el sufrimiento psicológico en un producto de consumo. Su texto no niega la existencia del trauma ni su impacto real, pero sí cuestiona los efectos de su uso indiscriminado.

Rowland abre con un episodio significativo: en 2023, el médico Gabor Maté diagnosticó públicamente al príncipe Harry con varios trastornos psicológicos tras leer sus memorias. El acto, realizado sin evaluación clínica formal, fue ampliamente aceptado por el público. Para la autora, este momento refleja un cambio profundo: la normalización del diagnóstico exprés y la idea de que toda dificultad emocional debe tener una etiqueta clínica.

El trauma, explica Rowland, solía definirse como una respuesta psíquica a eventos extraordinarios como la guerra, la violencia sexual o los desastres. Sin embargo, hoy se presenta como la explicación central de problemas cotidianos: dificultades en las relaciones, falta de motivación, ansiedad laboral o hábitos compulsivos. Plataformas como TikTok refuerzan esta tendencia al convertir rasgos comunes en síntomas y recompensar la confesión pública con visibilidad y validación.

Este fenómeno ha dado lugar a una industria en expansión. Librerías repletas de títulos sobre sanación, pódcasts dedicados al sistema nervioso “desregulado”, retiros terapéuticos de alto costo y experiencias de bienestar que prometen alineación emocional. El mensaje se repite con claridad: algo en ti está dañado, pero puede repararse si consumes el contenido adecuado.

La autora advierte que esta lógica tiene consecuencias. Una de ellas es la dilución del significado del trauma. Cuando todo se interpreta como una herida profunda, el término pierde precisión clínica. El psiquiatra Arash Javanbakht, citado por Rowland, lo resume así: cuando todo es trauma, nada lo es. Esto no solo genera confusión, también puede trivializar el sufrimiento de quienes han atravesado experiencias verdaderamente devastadoras.

Otro efecto es la construcción de una identidad basada en la herida. El trauma deja de ser un evento que se atraviesa y se convierte en una explicación permanente del comportamiento. Según diversos especialistas, esta narrativa puede reducir la agencia personal y fomentar una visión de uno mismo como frágil e incapaz de recuperación, a pesar de que la evidencia muestra que la mayoría de las personas desarrollan resiliencia incluso tras eventos extremos.

Rowland también señala una dimensión política y social. El trauma se ha convertido en una categoría moral que otorga legitimidad, atención y recursos. Sin embargo, quienes tienen mayor acceso a plataformas y capital simbólico son los que más visibilidad obtienen, mientras que el sufrimiento estructural, ligado a la pobreza, la violencia sistemática o el desplazamiento, permanece en segundo plano.

El artículo no propone silenciar el dolor ni regresar al estigma. Propone algo más incómodo: distinguir entre trauma y dolor, entre experiencias clínicas y malestares propios de una vida atravesada por incertidumbre, precariedad y aislamiento. No todo sufrimiento requiere una etiqueta diagnóstica, ni toda incomodidad es una patología.

En un contexto donde el dolor se convierte en mercancía y la sanación en promesa infinita, Rowland invita a repensar el lenguaje con el que nombramos nuestras heridas. Más que apropiarnos del trauma como identidad, quizá sea necesario recuperar la capacidad de procesar el dolor sin convertirlo en marca personal ni en producto de consumo.

Artículo original: Aquí

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Imagen de portada: Eleven A.M.,Edward Hopper (1926)