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Europa crea una computadora que simula el futuro: ¿el primer paso hacia la inteligencia cuántica?

Ciencia

Por: Carolina De La Torre - 11/19/2025

Un superordenador alemán logró un hito histórico: simular una computadora cuántica sin construirla. ¿Qué significa esto? Que Europa podría adelantarse en una tecnología que cambiará todo: desde la medicina hasta la inteligencia artificial. Te contamos por qué este logro importa incluso si no sabes qué es un qubit

En un mundo que corre por desarrollar el primer ordenador cuántico funcional, Europa acaba de dar un golpe silencioso, pero profundo. Y lo hizo sin fabricar un solo qubit (unidad básica de información cuántica capaz de estar en varios estados a la vez, a diferencia del bit clásico que solo puede ser 0 o 1). Desde el Forschungszentrum Jülich, en Alemania, el superordenador JUPITER logró simular el funcionamiento de un procesador cuántico real de 50 qubits. En pocas palabras: reprodujo de forma virtual lo que la computación cuántica aspira a ser. Y lo hizo con una precisión tan alta que parece ciencia ficción. Pero no lo es.

Primero, una pregunta básica: ¿qué es un qubit y por qué importa tanto? A diferencia de los bits tradicionales —que solo pueden representar un 0 o un 1—, los qubits pueden estar en ambos estados al mismo tiempo. Esta capacidad, llamada superposición, es lo que convierte a los ordenadores cuánticos en máquinas potencialmente miles de veces más potentes que los computadores actuales. Sin embargo, los qubits también son extremadamente inestables. Se descomponen con facilidad y mantenerlos funcionando es hoy uno de los mayores desafíos tecnológicos.

Entonces, ¿por qué simular un procesador cuántico en lugar de construir uno físico? Porque los qubits reales todavía enfrentan problemas básicos: errores constantes, interferencias ambientales y una fragilidad que impide que estas máquinas trabajen durante mucho tiempo. La simulación permite imitar su funcionamiento sin esas limitaciones. Esto le da a los investigadores un mapa para saber qué podría funcionar, qué no y cómo diseñar mejor el hardware cuando esté listo.

Y aquí entra JUPITER. Este superordenador logró algo que nadie había conseguido: simular un procesador cuántico de 50 qubits ejecutando operaciones en las que cada una mueve dos cuatrillones de valores numéricos complejos. Imagina esto: el número 1 seguido de quince ceros. Y no se trata de guardarlos, sino de procesarlos como si fueran datos típicos. Una escala tan grande que hasta hace pocos años se habría considerado inabarcable.

Además, esta simulación no fue solo una aproximación. Fue una reproducción fiel de los principios físicos que rigen el comportamiento de los qubits: cómo se superponen, cómo interfieren entre sí, cómo se corrigen los errores internos y cómo responden a su entorno. Es como desarmar un cerebro para entenderlo desde dentro, pero sin tener que extirparlo.

El logro también implicó un desafío monumental en términos de memoria. Para representar cada posible estado del sistema de 50 qubits, JUPITER necesitó unos 2 petabytes de memoria. Eso equivale a dos millones de gigabytes —o lo que se traduce a aproximadamente  500 mil películas en calidad 4K. Es información que no cabe en ningún disco externo casero, ni en los sistemas normales más avanzados.

¿Qué significa esto? Mucho más que un récord. El continente europeo acaba de demostrar una capacidad que va más allá de la carrera por construir hardware. Está construyendo entendimiento. Porque simular un computador cuántico funcional, a esta escala, permite acelerar la investigación sin depender de chips inestables. Permite diseñar y probar algoritmos, planificar escalabilidad, anticipar problemas y, sobre todo, avanzar a un ritmo que la tecnología física aún no permite.

Y todo esto fue posible gracias a una arquitectura que parece sacada de una película de ciencia ficción. JUPITER está compuesto por 24,000 superchips NVIDIA GH200, unidades híbridas que combinan CPU y GPU para procesar datos de forma combinada. Cada módulo del superordenador se comporta como un barrio dentro de una ciudad, y todos están conectados por una red ultrarrápida que convierte al sistema en una especie de cerebro colosal. Literalmente, puede ejecutar más de un quintillón de operaciones por segundo. Es una velocidad casi imposible de imaginar.

Por si fuera poco, JUPITER no solo es potente. Es eficiente. Su sistema de refrigeración líquida directa permite mantener estables sus miles de componentes, mientras reutiliza el calor que genera para abastecer edificios del propio campus. Esa mezcla de sostenibilidad y sofisticación lo convirtió ya en el superordenador más ecológico del mundo según el ranking Green500.

En un contexto global en el que Estados Unidos y China compiten por el liderazgo cuántico, Europa optó por otro camino. En lugar de apostar todo al hardware, entendió que el control de la simulación es igual de estratégico. Porque antes de construir un chip que funcione, hay que entender cómo debe hacerlo. Y antes de que un algoritmo pueda ser ejecutado por qubits reales, es vital saber si tiene sentido.

De momento, no existe un ordenador cuántico industrial que pueda hacer lo que JUPITER simula. Pero eso, por ahora no importa. Porque lo que este superordenador está construyendo no es un chip: es el futuro. Uno en el que imaginar con precisión abre caminos que la tecnología física aún no alcanza. JUPITER no solo simula un procesador. Simula una ventaja. Y quizás, una independencia.


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Imagen de portada: HD Teconlogía