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La venta récord de una pieza del pintor Gustav Klimt y la polémica alrededor del retrete de oro de Maurizio Cattelan marcaron una noche que nadie quiso perderse en Sotheby’s

El mercado del arte volvió a moverse con una de esas ventas que dejan claro quién sigue marcando las reglas. En Nueva York, durante la primera noche de la subasta de la colección de Leonard Lauder en la nueva sede de Sotheby’s, un retrato de Gustav Klimt alcanzó una cifra histórica: 236.4 millones de dólares por el Retrato de Elisabeth Lederer. Con esto, se convierte en la obra moderna más cara jamás vendida en una subasta.

La pintura fue realizada entre 1914 y 1916 y pertenece a la etapa final de Klimt, cuando su técnica ya estaba completamente depurada. Fue un encargo de una familia que se convirtió en su principal mecenas y, además de su valor artístico, carga con una historia complicada: sobrevivió al expolio nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Lauder la adquirió en los años ochenta, y desde entonces fue una de las piezas centrales de su colección.

La puja abrió en 130 millones de dólares y terminó en un enfrentamiento telefónico entre dos postores. El ganador, cuya identidad Sotheby’s solo describió como una “empresa estadounidense”, se llevó la obra después de unos minutos de tensión que cerraron con aplausos en la sala. Más allá del récord, el momento representa un impulso para un mercado que viene arrastrando una caída del 12% en medio de la incertidumbre económica global.

Después del Klimt llegó el turno de un contraste curioso: America, el retrete de oro macizo creado por Maurizio Cattelan, conocido por llevar la provocación al límite. Su precio de salida fue de 10 millones de dólares, exactamente lo que cuesta esa cantidad de oro en bruto, dada la subida del metal en el último año. Al final, apenas subió a 12.1 millones, lo que revela que el verdadero valor de la pieza se ubica en ese margen simbólico, no en la materia prima.

La historia del retrete ha alimentado su fama. Una versión fue robada en Londres y nunca apareció; la policía concluyó que fue fundida. La que se subastó ahora pertenecía al inversor y coleccionista Steve Cohen, aunque Sotheby’s intentó mantener el dato en reserva. Desde su primera exhibición en el Guggenheim, en 2016, la obra generó interés por la coincidencia con el inicio del mandato de Donald Trump y por el carácter abiertamente irónico de su título: America.

Mientras el Klimt reafirma el lugar que siguen ocupando los grandes nombres en el mercado del arte, el retrete de Cattelan funciona como un comentario directo sobre el exceso, el lujo y la posibilidad de que una obra se convierta en noticia solo por el absurdo. Son dos formas distintas de medir valor en un momento en el que las cifras dictan más que las palabras.

La colección de Lauder continuará este miércoles, pero la primera noche dejó claro que, incluso en tiempos inciertos, el arte sigue encontrando maneras de romper récords y capturar la atención global.


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Imagen de portada: RTVE