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Luc Besson reinterpreta al conde Drácula como un enamorado obsesivo en la Belle Époque, dejando atrás el terror. Un filme visualmente seductor que refleja por qué la industria sigue apostando por el mito en lugar de arriesgar con nuevas historias

I: Un vampiro despojado de horror, vestido solo de anhelo y deseo

Luc Besson visita a uno de los personajes más reinterpretados del cine y la literatura: el conde Drácula. Pero esta vez no lo hace para reavivar el terror ni para reinventar la leyenda. Su Drácula: A Love Tale—que llega a México este 14 de agosto— no es horror, es fantasía con un corazón obsesivamente romántico. Quizá su mayor acierto sea justamente ese: poner en el centro no al monstruo, sino al hombre que, siglos después de perder a su esposa, aún vive encadenado a la idea de un amor tan absoluto que todo lo demás parece pálido y ordinario.

Besson traslada la acción a la Belle Époque parisina y convierte a Drácula (Caleb Landry Jones) en un héroe trágico que, incluso rodeado de la admiración y el deseo de otras mujeres, solo piensa en una. En uno de los momentos más singulares del filme, el conde inventa un perfume capaz de atraer a todas las doncellas de la ciudad, pero el hechizo tiene una sola dirección: hacia ella, la única que importa. Porque por más deconstrucciones o cinismo que atravesemos, siempre queda esa zona del alma que quiere ser amada con una intensidad que quema.

El inicio del filme seduce visualmente: la fotografía y el vestuario nos sumergen en una atmósfera minuciosa, con paisajes nevados y salones opulentos que parecen salidos de un cuadro. Sin embargo, a medida que avanza la trama, esa solidez estética empieza a desdibujarse, perdiendo parte del embrujo inicial. Y aunque la cinta se presenta como fantasía, horror y romance, el horror es casi inexistente; en su lugar aparece un tono que a ratos roza la comedia, sin que quede claro si es intencional.

No es posible ignorar que este estreno llega apenas meses después del Nosferatu de Robert Eggers, lo que inevitablemente despierta comparaciones. Ambas beben de la misma fuente —la novela homónima de Bram Stoker— y ambas han sido cuestionadas por su falta de aportaciones “novedosas” a un mito que ha sido contado de mil formas. Pero donde Eggers jugó con la atmósfera y el simbolismo, Besson apuesta por una historia de amor directo, casi de fanfic, con triángulo romántico incluido.

Las actuaciones son irregulares pero con destellos memorables. Caleb Landry Jones dota a su Drácula de incomodidad y fragilidad, una criatura rota más que un depredador. Zoë Bleu Sidel, como el eterno amor reencarnado, tiene una presencia que magnifica la obsesión del protagonista. Christoph Waltz, en el rol de un sacerdote pragmático que persigue al conde, brilla en pocas pero afiladas intervenciones, dejando frases que son casi tesis morales, como: “Nadie mata en nombre de Dios. Los hombres matan por sí mismos y para sí mismos”.

En conjunto, este Drácula es menos una historia de miedo y más una fábula melancólica sobre la obstinación del deseo. Una versión que no pretende desplazar a Coppola ni a Murnau, y que quizá encuentre a su público en quienes prefieran un vampiro más devoto a su corazón que a sus colmillos. Puede que no aporte sangre nueva al mito, pero sí ofrece un recordatorio: incluso los monstruos más temidos siguen buscando un lugar donde reposar la cabeza… y el alma.

II: ¿Por qué las productoras de cine siguen apostando por Drácula?

A pesar de ser un personaje que data de casi dos siglos atrás, Drácula continúa siendo uno de los personajes más icónicos en la pantalla grande. ¿Pero qué hace que las productoras sigan invirtiendo en este vampiro legendario, en lugar de explorar historias frescas o nuevos personajes? La respuesta, en gran parte, es dinero.

Drácula es sinónimo de marca reconocible. A lo largo de los años ha generado millones de dólares en taquilla, mercancía y derechos de autor. Para los estudios, apostar por Drácula es una apuesta segura: una historia que el público conoce y con la que se siente familiarizado, lo que reduce el riesgo de no ser un “éxito”.

La industria del cine, en especial las grandes productoras, tienden a buscar fórmulas que garanticen un retorno económico. Y no está mal pensar en solo dinero, pero el recurrir a personajes tan conocidos es una "estrategia" que limita a la diversidad y la innovación en el cine.

A pesar de los éxitos comerciales que este personaje tiene, la audiencia actual demanda frescura y originalidad. Existen múltiples historias y personajes inéditos que podrían captar el interés del público si las productoras se atrevieran a financiar proyectos más arriesgados. Además, con las plataformas de streaming y el cine independiente, en años recientes se han abierto espacios para guiones distintos que rompen con los moldes tradicionales que conocemos hoy en día. Pero aún falta que las grandes producciones se sumen a esta ola de innovación para dar un salto en la industria. 

Esta versatilidad que ha tenido este icónico personaje ha permitido a los cineastas experimentar con facetas, desde el horror gótico clásico, thriller psicológico o la fantasía oscura. Drácula es un personaje que transforma, pero nunca pierde su esencia, asegurando su lugar en la cultura pop en nuestra sociedad.

En conclusión, la apuesta a Drácula sigue siendo rentable para cineastas y productoras, la industria del cine enfrenta el reto de balancear el éxito comercial con la innovación. El vampiro sigue dominando la pantalla, pero el público también está listo para descubrir nuevas historias y personajes que reflejen mejor la diversidad actual y complejidad del mundo como lo vemos hoy en día.  


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Imagen de portada: Dracula: A Love Tale, Luc Besson, (2025)