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Qué fue el prerrafaelismo: la hermandad secreta que revolucionó el arte en la era victoriana

Arte

Por: Carolina De La Torre - 07/07/2025

Fundado en 1848 por jóvenes artistas británicos, el movimiento prerrafaelita rompió con la academia para recuperar la belleza natural, el simbolismo medieval y una nueva forma de mirar lo femenino. Su legado sigue latiendo en cada trazo.

Londres, 1848. En una casa de Gower Street, mientras el mundo avanzaba a ritmo de humo industrial y moral victoriana, tres veinteañeros hacían un pacto secreto. Dante Gabriel Rossetti, John Everett Millais y William Holman Hunt decidieron desafiar los cimientos de la pintura oficial, esa que había convertido al arte en una repetición sin alma de formas renacentistas. Juraron pintar como si Rafael nunca hubiera existido. Juraron devolverle a la imagen el temblor de lo vivo, el detalle, el espesor simbólico de lo medieval. Nacía la Hermandad Prerrafaelita.

Ofelia, John Everett Millais, (ca.1851)

Lo que al principio fue una sociedad secreta pronto se convirtió en una declaración de guerra estética. A Millais y Hunt se les unieron el escultor Thomas Woolner, los críticos y artistas James Collinson, Frederic George Stephens y William Michael Rossetti, así como el propio Dante Gabriel Rossetti, que volvía a encabezar la rebelión. Siete nombres que, más que formar un movimiento, encendieron una insurrección. Contra la Royal Academy, contra los ideales prefabricados de belleza, contra la mirada embalsamada del arte académico.

Sus principios eran tan claros como radicales: la naturaleza debía ser observada con devoción casi religiosa, cada flor, cada tela, cada reflejo de luz merecía ser retratado con una meticulosidad que rozaba la obsesión. La belleza no era una idea platónica: era piel, humedad, imperfección, misterio. Sus paletas se cargaron de pigmentos puros, sus temáticas se adentraron en lo simbólico, en la mitología, en las leyendas medievales, en la poesía de Tennyson o en los dramas de Shakespeare.

Las características del hechizo prerrafaelita

Lo que parecía una estética romántica escondía una ética del detalle. El prerrafaelismo se reconocía por sus colores intensos, por una luz que no sólo iluminaba sino que parecía emanar del interior de la escena. Cada obra era un poema visual donde lo natural se volvía sagrado y lo espiritual, carne. Preferían representar la belleza que late, no la que posa. Nada de abstracciones idealizadas: cuerpos con poros, cabellos enredados, emociones trágicas.

Además, la narrativa era esencial. Las pinturas no eran simples imágenes: contaban historias, muchas veces tomadas de los mitos, la literatura medieval o las escrituras. Y, al centro, casi siempre, la figura femenina: no como objeto de contemplación pasiva, sino como símbolo de lo insondable, del amor que arde o del deseo que se desvanece.

Fue en 1849 cuando hicieron su primera aparición oficial. En la Royal Academy se colgaron las obras "Isabella" de Millais y "Rienzi" de Hunt. Parecían cuadros tradicionales, pero en alguna esquina, casi imperceptibles, brillaban las iniciales PRB (Pre-Raphaelite Brotherhood). Al año siguiente ya no habría duda: "Cristo en casa de sus padres" de Millais escandalizó a la opinión pública. Charles Dickens lo tachó de feo y blasfemo. El escándalo no fue un accidente: era parte del hechizo.
A la par, los prerrafaelitas intentaron plasmar su manifiesto en una publicación: The Germ. Duró apenas cuatro números, pero funcionó como estallido. Las ideas estaban sueltas. El germen había sido plantado.

Cristo en casa de sus padres, John Everett Millais,1850

La feminidad como fuerza que condensa deseo, pureza, tragedia. Mujeres de cabelleras encendidas, de ojos que parecían custodiar un secreto antiguo. Algunas, como Elizabeth Siddal, pasaron de musas a autoras. Su "Dama colocando un banderín en la lanza de un caballero" no es solo una pintura: es un acto de insumisión en una época donde el arte todavía era campo de hombres.

El caso de Ophelia, pintada por Millais en 1851, es casi una leyenda. Siddal posó durante horas en una bañera fría, mientras Millais capturaba cada hoja, cada flor, cada gesto de abandono. El resultado: una escena de muerte que está viva. Una belleza trágica que no se idealiza, sino que respira.

La dama de Shalott, John William Waterhouse, (1888)

La hermandad oficial se disolvió en 1853, tras el distanciamiento de Millais por razones amorosas que incluyeron una fuga con Effie Gray, la esposa de John Ruskin, su antiguo protector. Pero el movimiento había mutado en corriente. El eco se sintió en William Morris, en el movimiento Arts and Crafts, en el simbolismo y, más adelante, en los universos de Tolkien.

Hoy, los prerrafaelitas siguen hablando. Desde las paredes del Tate Britain o entre las líneas de un poema oculto, sus obras invitan a mirar de nuevo, a observar como si cada cosa respirara. Su legado no es solo estético, sino vital: nos recuerdan que la belleza no es un molde, sino una vibración. Que el arte no tiene por qué ser estatua: puede ser cuerpo, flor o sombra. Puede mojarse los pies, y seguir avanzando.


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Imagen de portada: La Ghirlandata, Dante Gabriel Rossetti, (1873)