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Los personajes en Star Wars parecen olvidar pronto hechos históricos que son cercanos en el tiempo

***Este texto contiene información sobre la trama y los personajes de las películas de Star Wars, incluido el Episodio VIII***

Quien haya visto las películas de la saga Star Wars y esté al tanto de su historia y su cronología, sin duda se habrá dado cuenta de que los hechos que conforman la trama general transcurren en sólo dos generaciones: la de Anakin Skywalker y la de los hijos de éste, Leia y Luke Skywalker. 

Como se sabe, los episodios I al VI comprenden la historia de Anakin como “el Elegido”: su descubrimiento, sus años de gloria, su caída y su redención. En cuanto a la trilogía que inició con el Episodio VII y que está en desarrollo, si bien el personaje central es otro, tanto Leia como Luke participan aún en esa línea de tiempo, con un papel no del todo protagónico pero sí al menos de cierto magisterio o preponderancia, entre la autoridad moral y el tutelaje que se le reconoce a personas que, como ellos, poseen experiencia, conocimiento e incluso un linaje especial.

Si lo pensamos en términos reales, dos generaciones del tipo padre o madre e hijos suelen comprender cerca de 100 años. Si una persona tiene su primer hijo a los 30 años y éste vive al menos 70, entre ambos habrán testimoniado los hechos de un siglo de historia que, por otro lado, si bien es una cantidad de tiempo importante, hasta cierto punto nos puede parecer asequible o hasta un poco cercana. Así, por ejemplo, cuando nuestros padres nos cuentan historias de su juventud, aunque pertenecientes ya al pasado, al escucharlas no tenemos necesariamente la sensación de que hayan ocurrido en un tiempo remoto, sino más bien lo opuesto: podemos reconocer aún los lugares de los que nos hablan, identificar a ciertas personas, percibir la continuidad de los hábitos o las costumbres, etc.

En el universo Star Wars, sin embargo, la percepción del tiempo parece ser otra, en particular la del tiempo de los hechos que podríamos denominar “históricos”, los cuales, según podemos inferir por la forma en que algunos personajes se expresan sobre éstos, aun cuando se encuentran dentro de ese periodo de una misma generación señalado (la del padre o la del hijo, o el lapso en que éstas coinciden), se perciben como pertenecientes a un tiempo distante.

En el Episodio IV, las alusiones a los Jedi y la Fuerza suelen estar acompañadas de un cierto desdén hacia lo antiguo. En el episodio III, la “tragedia de Darth Plagueis ‘El Sabio’” que el canciller Palpatine cuenta a Anakin parece provenir de una época sumamente anterior (por más que Plagueis haya sido maestro de Sidious). Ese peculiar fenómeno es un tanto más evidente (y menos sujeto a la polémica) en la nueva trilogía, en donde Luke Skywalker y todo lo relacionado con los Jedi tienen un tinte legendario. En el Episodio VII Rey incluso llama a Luke “un mito” y, en otra escena, Han Solo pronuncia un discurso que por las palabras que usa y la actitud que toma, lo hace ver a él mismo como un sobreviviente de una época increíble. O, mejor dicho, olvidada.

El olvido es el concepto clave en esa peculiar percepción del tiempo histórico en el universo de Star Wars. Los personajes parecen considerar remotos ciertos hechos más o menos cercanos en el tiempo porque, en general, parece existir una tendencia común al olvido, un olvido social u olvido histórico, podría decirse, con cierto eco de las categorías que se usan en los estudios y las políticas públicas que tienen como propósito preservar la memoria colectiva de ciertos hechos (migraciones, tiempos aciagos, matanzas, etc.).

De nuevo, la escena de Han Solo y Rey abordo del Halcón Milenario es sumamente elocuente al respecto: el antiguo contrabandista es una de las personas que atestiguaron los hechos de dos generaciones, la suya (que correspondería más o menos a la misma que la de Anakin Skywalker/Darth Vader) y la de de Luke, a quien conoció y acompañó. Han, en este sentido, sería como uno de esos amigos de la familia o primos mayores que no es lo suficientemente viejo para tener la edad de nuestros padres ni lo suficientemente joven para tener nuestra edad. Con todo, al relatar el intento fallido de Luke por restaurar la Orden Jedi, su huida y su desaparición, la historia tiene la apariencia de haber ocurrido cientos de años atrás, en un pasado remoto, y no apenas diez o quince años antes, en la adolescencia de Ben Solo.

Aunque todo esto es ficción, existe un rasgo muy específico del universo Star Wars que podría esgrimirse como causa de esa forma tan singular con que en la saga (y especialmente en la nueva trilogía) se experimenta el tiempo colectivo y dicho rasgo es la ausencia de cultura escrita. 

En un libro y un par de artículos, el escritor y columnista Ryan Britt ha notado que, en todas las películas de Star Wars, nadie lee nunca nada, ni un libro ni una revista y ni siquiera algo que se les semeje, así sea vagamente a un periódico. Se dirá que así es la ciencia ficción, género en el cual está permitido e incluso es necesario distanciarse tanto como sea posible o se desee de la realidad que todos conocemos y vivimos.

Sin embargo, en el caso de Star Wars, parece ser que existe una intención manifiesta de privar a sus personajes y el universo en general de la cultura escrita. Según Britt, en varias entrevistas y libros publicados en la década de 1990, George Lucas aceptó que Star Wars se pensó desde el inicio y a propósito como un “universo sin papel”.

El Episodio VIII es el primero en la saga en que se muestran libros a cuadro. Se trata de una media docena de tomos encuadernados rústicamente, visiblemente viejos o maltratados que, según Luke, compendian las enseñanzas y la sabiduría de la Orden Jedi. Con todo, éstos parecen resultar destruidos en el incendio que Luke dudó en iniciar pero que el espíritu de Yoda propaga con alegría y entusiasmo. El milenario Maestro Jedi no da mucha importancia a los libros y se da tiempo para insinuar que Luke, que decía tenerlos en una elevada consideración, no fue devoto de su lectura (en sus textos, Britt asegura que lo más probable es que Luke Skywalker y la mayoría de los seres vivientes en el universo Star Wars no sepan leer ni escribir).

¿Qué implicaciones tiene esta característica del universo Star Wars? Entre otras, el efecto sobre la memoria colectiva de la historia, la cual, de vuelta a la realidad, sabemos que tiende a experimentarse de otra forma cuando mediante el registro más o menos atemporal que brinda la cultura escrita. 

“Los libros rompen las ataduras del tiempo”, dijo Carl Sagan en el que quizá sea uno de los elogios más emotivos y precisos que se hayan hecho a la cultura escrita. En la perspectiva del científico (que comparten otros estudiosos de la cultura del libro o la escritura como Roger Chartier, por citar un ejemplo), los libros están vinculados íntimamente con la memoria colectiva de la humanidad porque son capaces de trascender generaciones y, mientras no se pierda la capacidad de codificarlos, su mensaje pervive. Si sentimos cercano un recuerdo de juventud que nuestro padre nos cuenta, en parte también es porque gracias a la cultura escrita (y otras formas de la preservación) tenemos el referente de épocas verdaderamente remotas: el siglo XVII, la Antigüedad Clásica, los días del Imperio Romano, etc. Eso es antiguo para nosotros y gracias a dicha relativización podemos comparar entre un periodo y otro y tener una percepción clara al respecto.

En el universo de Star Wars, sin embargo, parece ser que la ausencia de libros vuelve inexistente la noción de memoria colectiva. Los personajes olvidan pronto –incluso lo que pasó apenas en la generación anterior, o hace una o dos décadas– porque no parecen practicar el registro y la conservación con el empeño con que éstos se emprenden en la realidad real. La gente parece vivir al día, sumida de lleno en su cotidianidad, sin mayor contacto con el mundo exterior, con lo que ocurre en otros planetas o, más notorio aún, con el devenir de las instancias políticas que de todos modos llega a tener algún efecto en su vida. 

Sobre esto último, quisiera comentar brevemente que como espectador, tanto al final del Episodio IV como del VI (y en menor medida del Episodio III), he tenido la sensación de que los triunfos de la Alianza Rebelde o de los Sith, aunque aparentemente importantes y decisivos para “el futuro de la galaxia”, tienen cierto aire intrascendente al pensarlos desde la perspectiva de Tatooine o cualquier otro de esos planetas miserables y lejanos. De hecho, la transición misma de República a Imperio y de vuelta a una República (defenestrada ésta también en la nueva trilogía), se antoja un tanto irrelevante para esa gente que, en términos generales, parece haber vivido los últimos 20 o 30 años de su vida de la misma manera. 

Un lugar común asegura que conocer los hechos del pasado nos previene frente a la posibilidad de volver a cometerlos o, en un sentido parecido, que los pueblos que no conocen su Historia están condenados a repetirla. Aunque estas afirmaciones podrían debatirse, es posible aceptar que la cultura escrita da al tiempo otra densidad. Leer y escribir son dos actividades que nos hacen experimentar de otro modo el paso del reloj y el efecto de éste sobre nuestra existencia. Como escribió Sagan, los libros nos ponen en contacto con los personajes más destacados de todos los tiempos, lo cual, además de que en sí mismo ya es sorprendente y estimulante, nos hace descubrir también la maleabilidad del tiempo, su flexibilidad inesperada y acaso desconocida, la capacidad nuestra de trascenderlo e ir de un momento a otro de la historia para después volver a nuestro presente y comenzar a experimentarlo de otra manera, según lo aprendido en esos viajes momentáneos que nos permiten los libros.

¿Cómo sería el universo Star Wars si los libros, los periódicos, las revistas fueran objetos corrientes y de uso cotidiano? Tal vez se parecería un poco más al nuestro. Tal vez los Jedi y lo Sith harían campañas políticas en vez de complots y sesiones de consejo en una sala aislada y protegida. No es posible saberlo. En nuestro mundo, la alfabetización suele estar ligada a una mejora general en la calidad de vida y más aún cuando ésta se sostiene y se convierte en la cultivación del saber o escolarización, ¿pero en una galaxia muy muy lejana será igual?

Si algo nos brinda la cultura de lo escrito es un medio para poner distancia frente a nuestra cotidianidad –pausarla, interrumpirla, mirarla de lejos–, de modo tal que su peso no nos agobie ni nos aplaste y, por otro lado, nos permita comprenderla mejor. Ofrece instantes de reflexión y divagación en los que la percepción se nutre con saberes propios y ajenos. Si de la lectura se dice que es una válvula de escape, no es sólo porque permite a alguien distraerse de su vida cotidiana, sino también porque le permite imaginar otras posibilidades, tener otras ideas, dudar, preguntarse, salir por un instante de lo que es y parece que está destinados a ser. Cabe suponer que esto sucede así en cualquier persona, sea Sith, Jedi o granjero de Tatooine.

 

Twitter del autor: juanpablocahz

Del mismo autor en Pijama Surf: Quien trabaja mucho no trabaja arduamente: Thoreau sobre un trabajo significativo y no sólo productivo

Este es el criterio indiscutible para distinguir los buenos libros de los malos libros (según Virginia Woolf)

Libros

Por: pijamasurf - 12/17/2017

Con sensibilidad y sabiduría, Woolf nos invitar a experimentar la lectura como un estímulo para nuestra vida

Establecer la diferencia entre “buenos” libros y “malos” libros será siempre polémico, en buena medida porque dichos adjetivos son tan generales que tienden a la ambigüedad y, por otro lado, porque es difícil desprender de ellos la carga moral con la que usualmente se asocian.

En efecto, al hablar de cosas buenas y cosas malas casi de inmediato pensamos que se trata de una cualidad esencial de aquello que calificamos y que, además, lo bueno parece ser por sí mismo recomendable y lo malo deleznable.

De ahí la reticencia que muchas personas experimentan frente a una clasificación de este tipo, sea porque “bueno” y “malo” son palabras pobres para condensar una opinión o porque pretenden expresar un juicio personal y, por ello, limitado e incluso cuestionable.

Aun así, no menos cierto es que con todas las críticas que pueda recibir la división elemental entre bueno y malo, ésta ya es un inicio, un punto de partida o de referencia que, como en los mapas y en la geografía, nos permite navegar por los mares usualmente confusos y revueltos de lo humano. Por ejemplo, los libros.

En un apunte fechado en 1924, Virginia Woolf se preguntó qué hace “buena” o “mala” a una novela. Su respuesta, contrario a lo que podríamos suponer, es más bien sencilla y directa, no sólo por la forma en que está enunciada sino, sobre todo, por el criterio al cual apela para hacer tan difícil distinción. Veamos:

Una buena novela es cualquier novela que le hace a uno pensar o sentir. Tiene que meter el cuchillo entre junturas del cuero con el que la mayoría de nosotros estamos recubiertos. Tiene que ponernos quizás incómodos y ciertamente alerta. El sentimiento que nos produce no tiene que ser puramente dramático y por lo tanto propenso a desaparecer en cuanto sabemos cómo termina la historia. Tiene que ser un sentimiento duradero, sobre asuntos que nos importan de una forma u otra. Una buena novela no necesita tener trama; no necesita tener final feliz; no necesita tratar sobre gente simpática o respetable; no necesita ser lo más mínimo como la vida tal como la conocemos. Pero tiene que representar alguna convicción por parte del escritor. Tiene que estar escrita de modo que transmita la idea del escritor, ya sea simple o compleja, tan fielmente como sea posible. No tiene que repetir aquello que es falso o trillado simplemente porque al público le resulta fácil mascullar una y otra vez sobre lo falso y lo trillado.

Todo esto se refiere a las novelas escritas en el pasado. Es imposible estar seguro de cuáles serán las características de una buena novela en el futuro. Las novelas contemporáneas nos sorprenden a menudo por ser muy distintas de aquello que hemos aprendido a admirar y crean una belleza que, al ser tan distinta de la antigua, resulta mucho más difícil de apreciar. Pero lo contrario también es cierto; algunas de las mejores novelas también se han hecho inmediatamente populares y del todo fáciles de entender. El único método seguro de decidir si una novela es buena o mala es simplemente observar nuestras propias sensaciones al llegar a la última página. Si nos sentimos vivos, frescos y llenos de ideas, entonces es buena; si quedamos hartos, indiferentes y con poca vitalidad, entonces es mala. Pero estar seguro de lo buena que es una novela y el tipo de virtud que tiene resulta extremadamente difícil. El mejor método es leer lo antiguo y lo nuevo uno al lado del otro, compararlos y así desarrollar poco a poco un criterio propio.

En pocas palabras, Woolf nos invita a experimentar la lectura también como una forma de autoconocimiento. Más allá de los criterios culturales, de los cambios que la marcha de la historia trae consigo, de la tradición o de otros elementos que pueden tomarse en cuenta, la valoración última corresponde al propio lector. 

Todo aquello que nutre nuestra vida, todo aquello que nos da más vida, es “bueno” en un sentido muy amplio, y los libros no son la excepción.

 

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