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Todos los días son Día de Muertos: Los inicios de la escena oscura en México

Arte

Por: Emilio Revolver - 11/01/2017

El revival del post-punk está reescribiendo lo que pensábamos o creíamos saber de la escena oscura

El revival del post-punk está reescribiendo lo que pensábamos o creíamos saber de la escena oscura. Y estas fechas de Día de Muertos son una excelente oportunidad para revisitar el caso mexicano; ver cómo la tradición del rock se transforma a través de los ojos de las sombras, y cómo nuevas-viejas joyas brillan con distintas y seductoras luces.

Muchas de nuestras bandas tótem, de mayor renombre en México, como Santa Sabina, proceden del movimiento oscuro, y son, incluso, los Caifanes mismos los que, guarecidos siempre en una tiniebla mística, nos muestran hasta qué punto oscuridad significa modernidad e identidad en México. Un día de pronto todos se vestían de negro, me cuenta José Hernández, Hollow Kid, representante de la escena y nuestro Virgilio en este viaje. Era la moda, como hoy lo es tener tatuajes; de U2, enfundados en negro en el Joshua Tree, a Soda Stereo, con sus camisas y sacos, todos se vestían de negro. En México a finales de los 80 se les decía “posmos”. Al inicio eran sólo unos pocos en fiestas del sur de la ciudad, que hablaban de discos con Walter Schmidt de Size o que se paseaban por el Chopo vendiendo sus copias del soundtrack de El ansia porque no venía “Bela Lugosi’s Dead”. Pero, unos años después, esta escena fue llevada al mainstream por las disqueras. Su estética visual y sonora rompía radicalmente con Avándaro, lo cual mostraba un mercado de consumo joven amplísimo e inexplorado. La estética oscura encajaba perfectamente con el plan, rematada en todas sus esquinas con sintetizadores y novedosos delays. Los tres ahora míticos lanzamientos de BMG-Ariola: Divisiones, de Neón, Monstruos Transparentes, de Alquimia y Caifanes, eran, en efecto, un ataúd, pero para esa generación de jipismo y prohibición del rock. Había llegado la sica moderna.

 

 

Alquimia era la versión personal de Siouxie and the Banshees de Margarita Saavedra, me relata José, mientras tomamos un café muy cerca de lo que alguna vez fue Rockotitlán. Era una güera vestida de negro apostada en una esquina del Chopo (en los días en los que éste se encontraba en la calle de Oyamel). Cientos de cosas ocurrieron para que la banda no despegara; el excesivo control de la disquera, por ejemplo, monstruo que así como propulsó, devoró las carreras de varios. Por ello, las siguientes agrupaciones, menos confiadas, se volvieron endogámicas, círculos cerrados que se alejaron del engaño del mainstream, que sólo infecta y corrompe, y se recluyeron en una suerte de torre de marfil bajo la tierra, underground. Fueron algunos espacios y específicamente Rockotitlán, de los hermanos Arau, el nicho de difusión y exploración.

En un primer momento, el “rock en tu idioma” y la escena oscura parecían ser lo mismo. Neón, Ritmo Peligroso, Fobia, llenaban los fines de semana en Rockotitlán, y la “Batalla de las Bandas” coronaba el año. La batalla inaugural la ganó Ansia, y se les conoció como “la banda favorita de Caifanes” pues Saúl, uno de los jueces, les había puesto 10 en todo. En Ansia destacaba, junto a lo oscuro, el recién llegado ímpetu de los 90 y su llamada “música alternativa”.

En la segunda batalla de las bandas el grupo que quedó en segundo lugar fue El Clan. Ellos son el grupo madre del goth. Toda su vestimenta los hacía verse como muertos vivientes. El vocalista, El Castor, se mostraba como un vampiro moreno y agresivo, que daba miedo cuando caminaba por la calle. Su show era frenético, y en algún punto, aparecían unas marionetas en las manos del Castor y éste les hacía desquiciadas voces. Fueron la comprobación del dominio de la Cleopatra Records y la escena de California en esa época, que tenía a bandas como Christian Death, Nosferatu o London After Midnight.

Todo realmente empieza con London After Midnight. Ellos vinieron a la ciudad en 1994 y ya hay una comunidad enorme esperándolos. Ese concierto es el reconocimiento por parte de la propia escena de que no son sólo unos cuantos, engavetados en alguna parte del sur de la ciudad o en el Chopo, sino un movimiento, y con éste también ha llegado una forma de pensar y mirar lo mexicano. Era la certeza de que de Size, luego Caifanes y Alquimia a El Clan, La Concepción de la Luna (quienes ganaron la tercera Batalla) o La Divina Comedia, había una línea continua, genuinamente mexicana, que en ese momento hizo ebullición. Programas de radio, escritores, pintores, músicos, bazares, cafés; toda manifestación cultural encontró su interpretación oscura. De entonces al 2000 hay un auge, una explosión, me cuenta José. En el 2000 hay un concierto en el Zócalo organizado por Goliardos que congrega a miles. Pero entonces, la tecnología, los celulares, el iPod, le hicieron a la escena lo mismo que el sintetizador le había hecho a la escala de blues.

De 2 años para acá ha pasado todo, me dice José. Actualmente él y su proyecto Hueco, que llegaron a la final de la cuarta Batalla de las Bandas de Rockotitlán en 1996, forman parte del colectivo Übon, que significa “experimento” en alemán, pero también Unión de Bandas Oscuras Nacionales. Lo conforman integrantes de 14 bandas de mínimo 20 años de trayectoria, una especie de supergrupo a escala. Además, cuentan con aliados en foros, tiendas, editoriales, centros culturales, y su intención es configurar una red inmensa de trabajo que dé cohesión y seguimiento a todas las manifestaciones de la estética oscura. Paradójicamente, parece haber mucha luz en el futuro, remata José. Él está por terminar un libro con una investigación sobre esos años y hasta la fecha, a publicarse en el 2018. Podríamos decir que si la modernidad del rock nacional emergió de las sombras, la hipermodernidad, el mundo en el que todo está conectado, las está trayendo de regreso. Habrá que concluir además, que la música moderna generada en los 80 y 90 redescubrió (a través de numerosas bandas que aún están a la espera de que se les haga justicia) que en México, la muerte y la oscuridad son parte intrínseca de la identidad.

 

Twitter del autor: @emiliorevolver

¿Qué significan los tatuajes de los marineros? Esta ilustración lo explica con claridad

Arte

Por: pijamasurf - 11/01/2017

Si es cierto que los tatuajes suelen narrar la historia de quien los posee, en el caso de los marineros cada símbolo tiene un significado muy especial.

En los tatuajes, uno de los estilos más conocidos es aquel que está hecho sobre todo de figuras alusivas al oficio de marinero. Barcos, anclas, sogas, sirenas y algunos otros motivos pueden grabarse sobre la piel de una persona, por gusto pero también porque alguno aluda a un significado muy específico. 

En la imagen que ahora compartimos, la ilustradora Lucy Bellwood realizó una imagen sencilla y notablemente clara sobre el significado de algunos de los tatuajes más frecuentes en la piel de los marineros. En parte, el dibujo de Bellwood se desprende de su propia experiencia náutica, pues como narra en su sitio, en un par de ocasiones ha navegado en mar abierto: una abordo del último buque ballenero de madera y, a inicios de 2017, en la expedición científica del Schmidt Ocean Institute a bordo del Falkor, un buque de investigación que surcó el océano Pacífico. La también caricaturista condensó ambos viajes en un par de creativos e interesantes cómics que pueden encontrarse en este enlace y en este otro.

Compartimos a continuación la imagen, traduciendo su contenido y, en algunos casos, agregando algunas anotaciones que creímos pertinentes.

Un barco completamente aparejado: El marinero ha pasado por el Cabo de Hornos. Uno de los puntos más australes del planeta, el Cabo de Hornos (en el sur de Chile) representa fue para los marineros uno de los puntos decisivos de la navegación, especialmente comercial, pues antes de la apertura del Canal de Panamá (en 1914), los intercambios entre Europa y buena parte del resto del mundo seguía la ruta clipper, que pasaba necesariamente por el Cabo de Hornos. Por lo demás, esta zona tiene fama de ser de navegación difícil.

Golondrina: Una por cada 5 mil millas náuticas recorridas. Una milla náutica equivale a 1,852 kilómetros, con lo cual cada golondrina tatuada vale por 9,260 km recorridos en alta mar.

Ancla: Una sola ancla significa que el marinero ha cruzado el Atlántico o que fue un marinero mercante.

Soga: Una soga anudada alrededor de la muñeca indica que el marinero tiene el rango de marinero de cubierta (en inglés, deckhand, traducido también como “grumete”).

Anclas cruzadas: Cuando se encuentran sobre la palma de la mano, entre los dedos pulgar e índice, aluden a la amistad con un contramaestre.

Mujer hula: Marineros estadounidenses que estuvieron en Hawái.

Cerdo y gallo: Durante la Segunda guerra mundial, los tatuajes de un cerdo y un gallo prevenía al marinero de morir ahogado. Los gallos y los cerdos eran embarcados entonces en jaulas que flotaban, por lo cual frecuentemente se les encontraba como únicos sobrevivientes de un naufragio.

HOLD FAST: Las palabras HOLD y FAST (que juntas se pueden traducir como “AGARRA FUERTE”) se escribían en los nudillos de cada mano, con la esperanza de que al marinero diera un buen agarre en los aparejos.

Cañones cruzados: Significan servicio naval militar.

Caparazón de una tortuga: Obtenido tras la iniciación en la Corte del Rey Neptuno después de haber cruzado el ecuador.

Estrella náutica: Para que un marinero siempre encuentre su camino a casa.

Otros tatuajes y sus significados

Rosa de los vientos: igualmente, para que un marinero siempre encuentre su camino a casa.

Cruces: en las plantas de los pies, para mantener alejados a tiburones hambrientos.

Daga atravesando una rosa: un marinero leal y dispuesto a luchar con todo, incluso con algo tan dulce como una rosa.

Dragón: un marinero que sirvió en China.

Dragon dorado: tatuado cuando el marinero cruzó la línea internacional de cambio de fecha (en el océano Pacífico).

Arpón: la marca de un ballenero o de un miembro de una flota pesquera.

Rey Neptuno: ganado cuando el marinero cruza el ecuador.

Palmera: marineros ingleses que, durante la Segunda guerra mundial, formaron parte de cruceros en el Mediterráneo, o marineros estadounidenses que pasaron una temporada en Hawái.

 

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