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Esto no es una conspiración: uno de los fundadores de Facebook, el empresario Sean Parker, aceptó que dicha red social nació con el propósito explícito de aprovecharse de la necesidad de validación del ser humano

Desde que Facebook se convirtió en uno de los medios de comunicación más influyentes de nuestra época, han surgido numerosas voces que lo mismo intentan explicar su éxito que alertar sobre los efectos de dedicar tanto tiempo de nuestra vida a dicha red social. 

En parte, el avasallador triunfo de Facebook sobre otras redes como Twitter o Snapchat se ha explicado a partir de esa combinación entre intimidad y conexión que propicia, un espejismo extraño de comunidad nacido del germen del aislamiento, un medio de distracción idóneo para generaciones que se desarrollaron bajo las prácticas del multitasking y la recompensa inmediata.

En esa combinación de factores, el invento de Mark Zuckerberg tocó además algunas de las fibras más sensibles de la psique humana: nuestro sentido gregario, esto es, percibirnos como parte de un grupo social y, por otro lado, nuestro amor propio, sabernos escuchados, comprendidos, valorados, etcétera.

Y aunque todo esto podrían parecer meras suposiciones, recientemente un expresidente de la compañía y fundador de la misma, Sean Parker, hizo algunas declaraciones sumamente preocupantes respecto al origen y el proceso de concepción de Facbook.

Parker conoció el proyecto en el ahora lejano 2004, cuando Zuckerberg lo desarrolló sólo como una especie de directorio para los estudiantes de Harvard pero en el cual Parker vio una oportunidad clara e irrepetible de negocio. En el marco de un encuentro organizado por la plataforma de medios Axios, Parker dijo esto a propósito de esos primeros años:

Cuando Facebook estaba creciendo, había estas personas que llegaban conmigo y me decían: “Eso de las redes sociales no es para mí”. Y yo respondía: “Está bien. ¿Sabes? Ya estarás…”. Y el otro respondía: “No, no. En serio. Valoro las interacciones reales en mi vida. Valoro el momento, la presencia, la intimidad”. Y yo decía: “Te tendremos, eventualmente”. 

No sé si entendían realmente las consecuencias de lo que decía, en vista de las consecuencias inesperadas de una red que creció de mil millones a 2 mil millones de personas y… literalmente cambia tu relación con la sociedad, con el otro. Probablemente interfiere con la productividad de formas perversas. Sólo Dios sabe qué está provocando en los cerebros de nuestros niños.

En cuanto a la idea del “like” (“me gusta”), que en su simpleza es probablemente uno de los elementos decisivos en el éxito mundial de Facebook, Parker reveló que de inicio se plantearon responder una pregunta muy sencilla, muy práctica, muy del mundo de los negocios contemporáneos y, al mismo tiempo, muy perversa: “¿Cómo podemos consumir el tiempo de otros y su atención consciente tanto como sea posible?”.

Parker y sus socios previeron, ya entonces, que el “like” daría a los usuarios “un pequeño golpe de dopamina”, una dosis que, como ocurre en el caso de las adicciones, es suficiente para mantener a la persona dependiente de una sustancia, embriagada por el goce y, al mismo tiempo, incapaz de darse cuenta de los efectos paralelos que dicha adicción tiene en su vida. Parker entendió esto como una debilidad humana que podían explotar y capitalizar para su negocio:

Es un circuito de ida y vuelta de validación social, exactamente algo que un hacker como yo podría crear, pues estás aprovechándote de una vulnerabilidad en la psicología humana.

Los inventores, los creadores –es decir, yo, Zuckerberg, Kevin Systrom en Instagram, toda esa gente– entendíamos esto conscientemente. Y de todos modos lo hicimos.

Ahora Parker es un multimillonario filántropo que, entre otras cosas, dirige una fundación que lleva su nombre, la cual busca apoyar un “cambio sistémico y a gran escala” en los campos de las ciencias de la vida, la salud pública global y el compromiso político. Un giro paradójico de vida, en comparación con lo que revelan sus declaraciones.

En Pijama Surf compartimos hace tiempo un análisis de Zygmunt Bauman, para quien "las redes sociales son la trampa de la modernidad individualista"; igualmente, en otro momento, el sociólogo afirmó que "el éxito de Zuckerberg fue darse cuenta de que nuestra peor pesadilla es ser abandonados".

A los argumentos para considerar con mayor cuidado o reflexión el uso que damos a nuestras redes sociales (y el uso que éstas nos dan como usuarios) podríamos sumar, ahora, esta revisión hecha a posteriori por uno de los protagonistas de la creación de Facebook.

 

También en Pijama Surf: ¿Qué es la dopamina digital y cómo se convirtió en la droga más popular y adictiva del mundo?

 

Ilustraciones: John Holcroft

¿A quién le pertenece realmente el espacio público de una ciudad? ¿Y el plano virtual de ese mismo espacio?

Ahora, casi todos estamos habituados a que el espacio público esté invadido de publicidad. Anuncios en todos los tamaños y en variedad de presentaciones nos asaltan en prácticamente cualquier punto del lugar en que vivimos: las calles, los parques, las estaciones de autobús, etcétera. 

Este fenómeno, que nos puede parecer “normal”, no es, sin embargo, incuestionable. Desde ciertas perspectivas hay quienes critican que un espacio que supuestamente es de todos sea al mismo tiempo entregado para su explotación a entidades específicas, como las grandes marcas, que por su sola capacidad monetaria tienen acceso a un beneficio que a otros se les niega. 

Pero por si esto no fuera suficiente, la “propiedad” del espacio está por llegar también a la realidad aumentada (AR, por sus siglas en inglés), ese desarrollo tecnológico contemporáneo gracias al cual es posible “superponer” ciertos elementos virtuales a la realidad física. En el medio digital, posiblemente la forma más conocida y utilizada de AR son los filtros de Snapchat, después replicados en otras plataformas.

Snapchat, sin embargo, no parece conformarse con la utilización individual o privada de los recursos de AR y, hace unos días, anunció la intervención de puntos específicos del espacio público con elementos de realidad aumentada. 

En emblemáticos parques públicos de París, Nueva York, Londres, Río de Janeiro y otras ciudades importantes, Snapchat ha situado una escultura de Jeff Koons que sólo es visible por medio de su plataforma, pues se trata de una colocación virtual. Hasta cierto punto la elección del artista y las obras mostradas no es casual, pues tanto por su carácter pop como por sus dimensiones, parece ser el tipo de arte ideal para individuos y sociedades que se exponen permanentemente en las vitrinas de las redes sociales.

Y aunque bien pudiera pensarse que este es un proyecto altruista o cultural de Snapchat, que acerca el arte al gran público, lo cierto es que en el fondo la intención es comercial. Eventualmente, esta posibilidad de situar una pieza en la realidad aumentada del espacio público se ofrecerá también a las marcas, que podrán así conquistar también ese otro plano.

Ante dicho escenario, el artista y diseñador Sebastián Errázuriz ideó y ejecutó el primer acto de protesta de realidad aumentada al crear un filtro similar al de Snapchat pero que “vandaliza” las esculturas de Jeff Koons.

Errázuriz –de origen chileno y asentado en Nueva York– diseñó junto con el equipo de su estudio Cross Lab una app que permitiera ver el Balloon Dog de Koons “colocado” en Central Park pero con grafitis en su superficie, alusivos a su vez a nombres de artistas que actualmente viven y trabajan en Nueva York.

Al respecto, publicó en su cuenta de Instagram:

¿Se le debe permitir a las corporaciones poner cualquier contenido que quieran sobre nuestro espacio digital público? Central Park le pertenece a la ciudad de Nueva York. ¿Por qué las corporaciones podrían, libremente, etiquetar sus coordenadas de GPS gratis? Sabemos que harán dinero rentando lugares específicos de GPS a marcas y bombardeándonos con publicidad. Ellos deberían pagar renta, nosotros deberíamos escoger para aprobar lo que puede ser etiquetado geográficamente en nuestros espacios digitales públicos y privados.

Una reflexión que vale la pena considerar, no sólo con respecto a la realidad aumentada sino a todos los espacios que habitamos a lo largo de nuestra vida, física y virtualmente.