*

X

Cómo el matrimonio dejó de tratarse del amor y pasó a ser un medio para el desarrollo individual

Sociedad

Por: pijamasurf - 11/06/2017

El matrimonio ha cambiado mucho en la era del individualismo; de sacrificarse por la felicidad del otro, pasó a ser un vehículo para la autoexpresión

El matrimonio por mucho tiempo ha sido la base de la integración social, una especie de institución que preserva y promueve ciertos valores. Pero, evidentemente, el matrimonio o la forma en la que se produce el matrimonio entre personas es algo dinámico, que cambia en el tiempo. Algunos sociólogos y psicólogos han notado un marcado cambio en cómo estamos viviendo el matrimonio en esta época. Habiendo cada vez más divorcios y parejas que prefieren no casarse (pero sí llevar una relación monógama duradera; los llamados "life partners") y con cada vez menos hijos, el matrimonio ha perdido un poco de su dominio como la gran institución social. Este es el tema que ha investigado el psicólogo Eli Finkel, quien junto con otros investigadores sugiere que el matrimonio -que Hollywood nos sigue diciendo que se trata del amor con la persona ideal- actualmente se trata más bien de una relación y un contrato que permite a las personas desarrollarse como individuos dentro de un ambiente favorable a dicho desarrollo. 

A partir de 1965 el paradigma del matrimonio empezó a transformarse, de una orientación basada en el amor hacia la autoexpresión y el desarrollo del propio potencial, donde el énfasis yace en "que la pareja se ayude el uno al otro a desarrollarse como personas y crecer auténticamente", según Finkel. Paul Amato explica claramente cómo ha evolucionado el matrimonio en la sociedad estadounidense:

El matrimonio cambió de ser una institución formal que responde a las necesidades de la sociedad en general a una relación de compañía que responde e a las necesidades de una pareja y sus hijos, hasta convertirse luego en un pacto privado que responde a las necesidades psicológicas de esposos como individuos. 

Aunque las personas siguen buscando amor y pasión en sus relaciones de pareja, el matrimonio cada vez más es considerado inadecuado si no logra también promover la autoexpresión, señala Finke. Parece ser que los esposos piensan en ayudarse el uno al otro, para así también recibir el soporte y la seguridad para evolucionar como individuos. Y esto último parece ser la prioridad.

Este cambio tiene que ver, indudablemente, con la expansión de la cultura del individualismo que ha sido parte de la ideología dominante en Estados Unidos y en general en Occidente después de la década de los 60. Esta nueva conformación puede entenderse desde las ideas de la autosuperación y desarrollo del potencial (human potential movement), desde la filosofía posmoderna que exalta las diferencias de los individuos y su derecho a expresar su diferencia (su individualidad), por el declive en la influencia de las instituciones religiosas y las narrativas colectivas aglutinantes y, también, debido a las ideas promovidas por el marketing y la publicidad, donde las marcas buscan presentar sus productos como vehículos para la autoexpresión y diferenciación de las personas (marcas y productos que nos separan de los demás y nos hacen sentir especiales, auténticos o únicos y nos ayudan a cumplir nuestro sueño de autodescubrimiento).

Los psicólogos Roy Baumeister y Micheal MacKenzie señalan que en nuestra época el yo se ha convertido en un valor fundamental, una entidad que "es en sí misma aceptada como inherentemente buena y positiva, sin referencia a otros valores más fundamentales". Al secularizarse las sociedades, el yo y los deseos personales han reemplazado a Dios y la voluntad divina; el yo ha cobrado brillo y poder y, con él, la búsqueda de la autoexpresión se considera el bien supremo para el individuo. "Ser uno mismo" es el eslogan de nuestra era. Para ser uno mismo, sin embargo, necesitamos ayuda. Un buen matrimonio, un buen trabajo y un buen sueldo permiten que exploremos mejor quiénes somos y lleguemos a la meta de ser todo lo que podemos ser, o al menos, esto es lo que se cree. 

El sociólogo Eric Klinenberg observa que antes, "alguien insatisfecho con su esposo o esposa debía justificar su decisión si quería un divorcio. Hoy ocurre lo opuesto: si no estás contento con tu matrimonio, debes dar razones para quedarte en él, puesto que existe una enorme presión cultural a ser bueno con uno mismo". Sacrificarse o luchar por un matrimonio en el cual uno no está contento es visto como estúpido o simplemente como autovictimizarse y tolerar un abuso, puesto que lo primero hoy en día es el yo, el sí mismo. Antes ocurría lo contrario, como señala la investigadora Virginia Kidd: "poner al otro primero era visto como la definición de la conducta amorosa" y "pensar en uno mismo antes era considerado como poco amoroso y muestra de una falta de cariño hacia los demás". Este cambio puede verse también como una transformación de la definición del amor, que antes era visto como sacrificio del yo y compromiso, y actualmente se entiende más como "autoexpresión e individualidad" o, por lo menos, como aquello que nos brinda esto.

Finkel cita un estudio del 2014 en el cual varios estudiantes universitarios dijeron que el valor fundamental de una potencial pareja, más allá del estándar de compatibilidad, atracción física y demás, es "hacer que lo mejor de uno florezca". La pareja ideal es alguien que "saca la mejor versión de ti". Esto nos puede parecer algo muy normal hoy en día, pero es radicalmente distinto a cómo se entendía el amor y el matrimonio en otras épocas. Y es que, en realidad, el individuo como tal es una invención moderna.

Robots sexuales, ¿la nueva tendencia de la sexualidad en el mundo moderno?

Sociedad

Por: PijamaSurf - 11/06/2017

Cuando se habla de sexualidad, es difícil delimitar lo normal y anormal, lo correcto e incorrecto

Con el paso de los años, la inteligencia artificial se ha modernizado y se han diversificado tanto sus usos como sus prácticas. Algunos de ellos se relacionan con polémicas y situaciones que vulneran los derechos humanos; otros, con avances con fines médicos, tecnológicos y humanitarios. Al enfocar la atención hacia los robots sexuales, ¿se trataría de un riesgo de los derechos sexuales o un apoyo a la diversidad sexual?

Cuando se habla de sexualidad, es difícil delimitar lo normal y anormal, lo correcto e incorrecto. Sin embargo, tomando en consideración algunas variables se puede realizar una guía útil para lograrlo; por ejemplo: la primera, el contexto cultural, temporal y la historia de vida, que permite comprender la diversidad sexual –orientación sexual,  identidad de sexo/género y las prácticas sexuales– de cualquier persona; y la segunda, los derechos sexuales, que “se basan en la libertad, dignidad e igualdad inherentes a todos los seres humanos e incluyen un compromiso referente a la protección del daño” (WAS, 2008).

Por ello, utilizando esta guía, surgen dos posiciones contrarias respecto de los robots sexuales:

Por un lado, las empresas encargadas de construir y comercializar estos juguetes eróticos, como Roxxxy TrueCompanion o Abyss Creations, defienden la idea de que se trata de una alternativa para personas –principalmente hombres– con dificultades para interactuar e intimar con mujeres. De este modo no sólo se permite gozar de los adelantos tanto científicos como tecnológicos mediante muñecas  sexuales hiperrealistas de silicona con IA, sino también del derecho a la privacidad y al grado máximo alcanzable de salud sexual –con experiencias sexuales placenteras, satisfactorias y seguras. Además, se trata de una industria que equivale 30 mil millones de dólares al año, permitiendo un mayor desarrollo tecnológico a favor de la salud sexual de los individuos.

Por otro lado, investigadores y activistas enfocados en la salud sexual han comenzado a cuestionarse las desventajas –frente a las contables ventajas– de los robots sexuales. De acuerdo con esta ola en contra de las muñecas sexuales con IA, la presencia de éstas afecta la manera en que los seres humanos interactúan entre sí, pues el vínculo se convierte en una relación de propietario-objeto en donde la simulación del consenso mutuo de los humanos desaparece. Y como si se tratase de una versión alterada de Blade Runner (2017), el sexo con robots puede extenderse a una interacción egoísta en la que el problema social del dueño continúa profundizándose en una espiral y a una sociedad con mayores problemas interpersonales como resultado de una desconexión entre los individuos. En consecuencia, la gran incógnita sobre la que esta ola invita a reflexionar tiene que ver con la práctica sexual de algunas personas que encuentran deseable una pareja sin autonomía, como si de una violación se tratase. ¿Es esta la práctica que podría normalizarse con la normalización misma de este tipo de sexo?

La realidad es que el consumo de los robots sexuales forma parte del derecho al grado máximo alcanzable de salud, la cual debe incluir la salud sexual que comprende experiencias sexuales placenteras, satisfactorias y seguras; no obstante, ¿qué pasaría si esta práctica simula la tortura o el trato cruel, inhumano o degradante hacia el ser humano? Hay quienes dicen que sería necesario, en este caso, insistir en una educación integral de la sexualidad, como una guía con un enfoque positivo de la sexualidad y el placer.