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La pornografía: ¿educador sexual o manipulador de información?

Sociedad

Por: PijamaSurf - 10/03/2017

"La pornificación de todo es el modelo de trabajo de la televisión comercial y de la publicidad en Internet"

La pornografía se ha convertido no sólo en una alternativa erótica para adultos, sino también en un educador sexual para muchos jóvenes. Gracias a esto, la incidencia de accidentes e infecciones relacionados con prácticas sexuales cargadas de ignorancia ha aumentado en hospitales y centros de salud. Por ejemplo, muchas mujeres y hombres entran por Urgencias al haberse introducido, sin tener información ni conocimiento adecuado, bolas chinas de manera dolorosa y errónea.

Sin embargo, el consumo –no informado, no regulado, no consciente– de la pornografía puede alcanzar niveles muy profundos en el inconsciente y los procesos neurológicos. Al ver una escena erótica en donde al simple tacto del dedo sobre el brazo, la mujer gime de placer, un chico o una chica puede considerar que esa es la conducta normal y esperada durante el acto sexual: no obstante, no hay conciencia de que la excitación requiere de un proceso que va desde la estimulación de las zonas erógenas –labios, cuello, pezones, piernas, vulva, pene…– hasta la plena atención en las sensaciones durante el acto.

Y conforme el consumo inconsciente del porno se va regularizando, los niveles de adrenalina generados se van asimilando en el sistema nervioso central del cerebro. Es decir, el sistema nervioso normaliza el acto sexual resultando en un mayor deseo y consumo, por lo que el efecto final es similar al de una droga. Aunque esto es una reacción neurológica normal ante los niveles de adrenalina, surge el problema cuando en el video se evidencian conductas agresivas pues se aprehenden, se replican y se vuelven adictivas. Por lo tanto, no nos queda más que preguntarnos: ¿cuáles son las consecuencias de estas imágenes en nuestros cerebros, mentes, corazones y sociedades?

En palabras de Andrew Brown, columnista de The Guardian, el problema de la pornografía radica no en los actos, sino en las actitudes. Para él, si en la adultez no se entiende bien el concepto de consenso (la aceptación consciente), ¿cómo es que podrán entenderlo chicos de 15 años que se ven presionados socialmente y no comprenden racionalmente lo que están viendo a través de la pantalla?

Brown dice:

La pornificación de todo es el modelo de trabajo de la televisión comercial y de la publicidad en Internet. No se trata tan sólo de sexo. Las fantasías de control, dominación y gratificación inmediata son ahora los ideales en la transacción comercial. Son lo que cada publicidad promete. […] Como el porno, se alimenta de un apetito que no puede ser saciado, uno que sólo crece con los fantasmas que nosotros alimentamos. Es por esta razón que la idea de fantasía puede ser altamente peligrosa para la comodidad de las personas solitarias. Ya sea una frustración sexual o política, la fantasía pornográfica ofrece una satisfacción que no puede disfrutarse en la vida real; sin embargo, la vida real no puede sustituirse por completo.

Con esto no se quiere satanizar el consumo de la pornografía, sino conscientizarlo para convertirlo en una herramienta útil para una salud sexual segura y plena. Para ello es importante darse cuenta de las actitudes agresivas, misóginas e incluso raciales que se normalizan a través de la cámara y a lo largo del acto sexual.

La manera en que nos escuchamos genera la realidad en que vivimos: una metáfora de Ursula K. Le Guin

Sociedad

Por: pijamasurf - 10/03/2017

Si perdemos la capacidad de escuchar, perdemos la oportunidad de construir conscientemente nuestra propia realidad

De todas las herramientas que la especie humana ha desarrollado para su supervivencia, quizá ninguna tan fundamental como la comunicación. Sin la posibilidad de comunicarnos, de hablar entre nosotros, de transmitirnos mensajes (incluso de una generación a otra, de un lugar a otro, incluso entre personas que no hablan el mismo idioma), nuestro destino colectivo sería totalmente distinto.

De ahí, para muchos, la contradicción paradójica que en nuestra época parece enfrentar la comunicación mutua. A pesar de que en los últimos años la tecnología de la información y las comunicaciones tuvo una evolución sorprendente, desde cierta perspectiva pareciera que se ha perdido la capacidad de escuchar. Los canales de los que muchas personas disponen actualmente favorecen la emisión de mensajes, pero no siempre su recepción o su codificación clara, como si existiera cierta deficiencia para poder entender lo que nos dice el otro.

Habrá quien explique esta situación por el narcisismo que, según se dice, impera en nuestros días. Otros pensarán que se debe al modelo económico y social en que vivimos, en donde se privilegia la competencia, el individualismo y el afán de ganancia –todo lo cual conduce inevitablemente al aislamiento. Algunos más podrán esbozar otras hipótesis.

Y aunque las explicaciones pueden ser necesarias, no menos importante es el recordatorio de por qué es tan vital saber escuchar al otro: porque nuestra única posibilidad de sobrevivir ha sido siempre vivir en comunidad. Nuestras mejores oportunidades surgen cuando pensamos y actuamos colectivamente. 

A propósito de este principio, compartimos en esta ocasión un fragmento del ensayo “Hablar es escuchar” (“Telling Is Listening”) de la escritora de ciencia ficción Ursula K. Le Guin. Se trata, grosso modo, de una reflexión sobre el efecto que escuchar realmente a los otros genera sobre la realidad, llevándonos a tejer lazos más fuertes y más sinceros entre los unos y los otros. Veamos.

[Cuando] dos personas hablan, forman una comunidad. También es posible formar comunidades de muchas personas, a través del envío y recepción de bits de nosotros mismos y los demás, ida y vuelta, continuamente; en otras palabras, a través de hablar y escuchar. Hablar y escuchar son, en última instancia, lo mismo.

El discurso nos conecta de manera inmediata y vital porque, de inicio, es un proceso físico, corporal. No mental ni espiritual, o lo que sea en que termine.

Si se montan dos péndulos en cada uno de los lados de una misma pared, gradualmente comenzarán a oscilar juntos. Se sincronizan entre sí porque cada uno recoge las pequeñas vibraciones que emite el otro a través de la pared.
Cualquier par de objetos que oscilan en aproximadamente el mismo intervalo, si están físicamente cerca uno del otro, tienden poco a poco a pulsar exactamente en el mismo intervalo. Los objetos son perezosos. Se necesita menos energía para el pulso cooperativo que para el pulso en oposición. Los físicos llaman a esta hermosa fase la pereza económica de bloqueo o de arrastre.

[...]

Al igual que los péndulos, aunque a través de procesos mucho más complejos, dos personas juntas pueden llegar mutuamente a la fase de sincronización. Una relación humana exitosa implica ese “arrastre” –es decir, entrar en sincronía. Cuando no es así, la relación es incómoda o desastrosa.

Pensemos en acciones deliberadamente sincronizadas como cantar, remar, marchar, bailar, tocar música; consideremos los ritmos sexuales (el cortejo y los juegos previos son dispositivos para entrar en sincronía). Tomemos en cuenta cómo el bebé y la madre están relacionados: la leche viene antes de que el bebé llore. Consideremos el hecho de que las mujeres que viven juntas tienden a coincidir en el mismo ciclo menstrual. Nos sincronizamos unos a otros todo el tiempo.

[...]

Escuchar no es una reacción, es una conexión. Al escuchar una conversación o una historia, más que responder a ésta, nos unimos: nos convertimos en parte de la acción.

[...]

Esta es la razón por la que cual expresarse es magia. Las palabras tienen poder. Los nombres tienen poder. Las palabras son eventos, generan cosas, cambian cosas. Transforman tanto al hablante como al oyente; alimentan la energía de uno y otro y la amplifican. Alimentan el entendimiento de uno y otro y lo amplifican.

Para glosar las palabras de Ursula K. Le Guin, podríamos agregar esta propuesta. Siempre que hables con alguien, pregúntate: ¿realmente lo estás entendiendo? ¿Te das cuenta de por qué dice lo que dice? ¿Lo escuchas desde tus ideas y prejuicios o intentas darle un lugar a sus propias palabras? Escuchar es, en buena medida, un ejercicio de compasión, de entender que el otro está librando sus propias batallas. 

Si perdemos la capacidad de escuchar, perdemos la oportunidad de construir conscientemente la realidad en que vivimos.

 

Imágenes: Marion Fayolle