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100 figuras rinden homenaje a "El cuervo" de Edgar Allan Poe (VIDEO)

Arte

Por: PIJamaSurf - 09/29/2017

Uno de los cuentos que más han marcado el imaginario (sobre todo el nocturno) es leído por 100 figuras, desde Johnny Cash hasta Yoda y Bill Clinton

Algo tiene "The Raven" ("El cuervo") que simplemente causa fascinación. Su delicada oscuridad, que raya entre psicoterror y suspenso ominoso, y su cualidad envolvente, lograda gracias a una narración perfecta que inevitablemente transporta al lector a la experiencia misma, son algunas de las principales virtudes de este cuento que podrían ayudarnos a justificar su popularidad.

Y como un reconocimiento a lo anterior, a la latente presencia de esta obra en la vida o memoria de millones, el cómico Jordan Monsell editó la voz de 100 disímiles figuras y celebridades para que, de forma colaborativa, narraran "The Raven". Lo extravagante del ejercicio es que en él podemos ver desfilar a gente como David Bowie, Johnny Cash o John Wayne, e incluso al gran Yoda, Apu (personaje de Los Simpson) o Bill Clinton.

Sun duda se trata de un homenaje anticlimático al cuento, en un ánimo matemáticamente opuesto al que, intuimos, experimentó Poe al escribirlo, pero quizá sea justamente eso lo que llama la atención de este oximorónico homenaje. 

 

Morgan Freeman

Kermit the Frog

Johnny Cash

Ringo Starr

David Bowie

Rick Moranis

Gary Oldman

Peter Lorre

Adam Sandler

Don Knotts

William Shatner

George Takei

Michael Dorn

Daffy Duck

Ricky Gervais

Foghorn Leghorn

Liam Neeson

Nicholas Cage

John Travolta

Anthony Hopkins

Rod Serling

Cookie Monster

Jay Baruchel

Jeff Bridges

Johnny Depp

Archer

Dr. Phil

Gollum

Mandy Patinkin

Wallace Shawn

Billy Crystal

Owen Wilson

Dustin Hoffman

Krusty the Klown

Apu

Christian Bale

Michael Caine

Tom Hardy

Heath Ledger

Mickey Mouse

John Wayne

Jerry Seinfeld

Phil Hartman

Goofy

Al Pacino

Marlon Brando

Jack Lemmon

Walter Matthau

Christopher Walken

Rowlf the Dog

John Cleese

Robin Williams

Katharine Hepburn

Woody Allen

Matthew McConaughey

Cowardly Lion

Jimmy Stewart

John C. Reilly

James Mason

Sylvester Stallone

Arnold Schwarzenegger

Stewie

Daniel Day Lewis

Maggie Smith

Alan Rickman

Dobby

Jack Nicholson

Christoph Waltz

Bill Murray

Dan Aykroyd

Sean Connery

Bill Cosby

Christopher Lloyd

Droopy Dog

Kevin Spacey

Harrison Ford

Ronald Reagan

JFK

Bill Clinton

Keanu Reeves

Ian McKellen

Paul Giamatti

Sebastian

Stan Lee

Jeff Goldblum

Hugh Grant

Kenneth Branagh

Larry the Cable Guy

Pee-Wee Herman

Shrek

Donkey

Charlton Heston

Michael Keaton

Homer Simpson

Yoda

Willem Dafoe

Bruce Willis

Robert Shaw

Christopher Lee

Edgar Allan Poe

Semillas en los escombros: lo que escribió Octavio Paz sobre el sismo del 85 es muy relevante hoy

Arte

Por: pijamasurf - 09/29/2017

Las palabras de Paz para entender la historia de México y la posibilidad de efectuar una transformación consciente

Octavio Paz publicó este artículo en El País el 10 de octubre de 1985; lo llamó "Escombros y semillas". Vio semillas de un pueblo que estaba oculto, un pueblo que había considerado esencialmente pasivo, pero que ahora resurgía con una grandeza enterrada. Calificó el desastre como "la conjunción de una fatalidad natural y un error histórico", el error histórico era (y sigue siendo) la ambición que genera un "urbanismo desenfrenado e inescrupuloso". Notó también el problema de la centralización del poder y la negligencia del gobierno, pero fue siempre muy cauto, incluso tímido, en criticar al Estado. Hoy estos problemas siguen estando en el centro de la herida, en la grieta (grieta por donde también entra la luz). Hoy se vuelven a ver las semillas en los escombros, los brotes de esa "marea social que demuestra la realidad verdadera" de México, pero habrá que hacerlas germinar no con el ímpetu y el furor de la reacción heroica sino con el cuidado lento y meticuloso de la razón y la organización concienzuda.

 

Lee también aquí la excelente crónica que hizo Carlos Monsiváis del terremoto

 

Ante los infortunios y los desastres, lo mismo los naturales que los históricos, los hombres han respondido siempre con actos y con obras. La religión, el pensamiento, el arte y la acción son nuestra respuesta a la universalidad del mal y de la pena. Los aztecas creían que esta edad del mundo estaba regida por el sol del movimiento, y esta idea les dio ánimo para ver de frente y con entereza los terremotos, las erupciones volcánicas y las inundaciones; la creencia en la justicia y la misericordia divinas alivió a nuestros antepasados de la Nueva España e impregnó de sentido a las catástrofes y convulsiones naturales que padecieron. Ahora, los temblores del 19 y el 20 de septiembre nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras élites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio. La sabiduría popular no es libresca ni moderna, sino antigua y tradicional. Es una mezcla de estoicismo, silenciosa energía, humor, resignación, realismo, valor, fe religiosa y sentido común. Ese sentido que, precisamente por ser común, es comunal, comunitario. En suma, la sempiterna combinación humana que Santayana definió en uno de sus libros como "escepticismo y fe animal". Yo más bien diría: escepticismo y fe vital, confianza en este mundo y en el otro. Los mexicanos han sido siempre grandes constructores, y las distintas ciudades de México -la azteca, la novo-hispana y la del siglo XX- nos han dejado monumentos admirables. Pero nuestra ciudad comenzó a desfigurarse hace unos 30 años. Ha padecido un crecimiento frenético y canceroso, que ha destruido casi totalmente su trazo y su fisonomía. Tres fuerzas nefastas se han confabulado para producir este colosal disparate que es hoy México. La primera ha sido el centralismo político, económico y cultural, que, conjugado con el excesivo crecimiento de la población, engendró un hacinamiento humano contranatural. El centralismo comenzó en Teotihuacán hace más de 2 mil años; después se trasladó a Tula, primero, y más tarde a México. Aquí ha sido azteca, español y mexicano. En su origen fue teocrático-militar, y hoy es sobre todo político, ya que en el México actual, la política domina a la cultura y a la economía. Constante a través de nuestra historia, alternativamente benéfica y fatídica como todas las grandes fuerzas históricas, la tendencia hacia la centralización se ha agudizado más y más desde 1950. Este crecimiento ha sido paralelo al de una extensa y poderosa burocracia estatal con ramificaciones en todos los centros vitales de la nación. No es extraño que la doble acción del centralismo y la burocracia, ambos esencialmente autoritarios, haya terminado por asfixiarnos y paralizar a sus mismos y directos beneficiarios: los gobernantes. En efecto, hay una relación directa entre la concentración del poder en un grupo y el centralismo: el excesivo crecimiento del segundo inmoviliza al primero.

La segunda fuerza ha sido de orden económico: el espíritu de lucro de los empresarios e industriales de la construcción, que aprovecharon el auge relativo de este cuarto de siglo para entregarse a una especulación urbana desenfrenada e inescrupulosa, con la complicidad de la burocracia gubernamental. Así, en unos cuantos años, la ciudad se extendió de manera caótica y se cubrió con multitud de edificios, no sólo feos, sino inseguros. Por último, la megalomanía de los últimos Gobiernos, empeñados en levantar en un parpadeo sexenal Babilonias de cemento del tamaño de su vanidad. Los cimientos de esas moles estaban podridos como la moral de los que las erigieron. Justicia poética: mientras el temblor, en unos pocos minutos, echó por tierra esas construcciones alzadas por la vanagloria, la ambición y la codicia, los viejos edificios siguen en pie. Lo verdaderamente terrible ha sido el costo en sangre: las víctimas nos duelen más que las pérdidas materiales. La naturaleza y la historia son divinidades crueles, y el desastre del 19 de septiembre debe verse como la conjunción de una fatalidad natural y un error histórico.

Hoy se habla de reconstrucción. Pero esta palabra es engañosa, pues no designa realmente la naturaleza de la tarea que nos espera. No se trata de repetir lo hecho, sino de rectificar el curso ancestral de la historia de México. Creo que es el momento de iniciar en serio el proyecto de descentralización que figuró de manera prominente en el programa del presidente De la Madrid, y que fue uno de sus puntos más atractivos. Si algo puede unir a los mexicanos, es precisamente esta idea. Cierto, es una tarea que, de llevarse a cabo, requerirá los esfuerzos de dos generaciones. No importa: éste es el momento propicio para comenzarla. Si el presidente, que se ha mostrado valeroso y sobrio ante el desastre, comienza de verdad a descentralizar, merecerá nuestra gratitud y la de nuestros descendientes. Al impulso centralista que ha animado nuestra vida social desde la época prehispánica debe suceder otro, hacia afuera, centrífugo, al encuentro de la provincia.

En su origen, México fue plural. El mundo precolombino fue una sociedad internacional de ciudades con culturas y lenguas distintas que el Estado azteca no logró sujetar enteramente. El proceso de unificación de los aztecas fue continuado con éxito por el régimen hispano. Sin embargo, bajo la Monarquía austriaca, el centralismo fue menos absoluto y rígido que con los Borbones.

El México independiente continuó en esto, como en tantas cosas, al despotismo ilustrado. Los liberales se dijeron federalistas, pero en verdad fueron, por influencia francesa, acentuadamente centralistas. Los Gobiernos revolucionarios y posrevolucionarios han seguido la misma política de concentración de poder. Esto ha sido fatal, porque en la provincia de México duermen muchas fuerzas que debemos despertar. Ese despertar, por lo demás, está escrito en el proceso histórico mismo de nuestra nación. La provincia está destinada a ser en el porvenir inmediato, como lo fue varias veces en el pasado, un protagonista central en la vida del país. Lo que no sabemos es si ese despertar será un desgarramiento, el comienzo de una rebelión en contra del centro, como a veces se manifiesta ya en el Norte, o si será una conjunción. La descentralización conjurará los peligros de un cisma o, peor aún, los de una escisión. Es una empresa larga, como todas las que cuentan en la historia. También es una empresa impostergable.

La reacción del pueblo de la ciudad de México, sin distinción de clases, mostró que en las profundidades de la sociedad hay -enterrados, pero vivos- muchos gérmenes democráticos. Estas semillas de solidaridad, fraternidad y asociación no son ideológicas, quiero decir, no nacieron con una filosofía moderna, sea la de la Ilustración, el liberalismo o las doctrinas revolucionarias de nuestro siglo. Son más antiguas, y han vivido dormidas en el subsuelo histórico de México. Son una extraña mezcla de impulsos libertarios, religiosidad católica tradicional, vínculos prehispánicos y, en fin, esos lazos espontáneos que el hombre inventó al comenzar la historia. Kropotkin y Santo Tomás, Suárez y Rousseau, suspendiendo por un momento sus disputas, habrían aprobado con una sonrisa conmovida la conducta del pueblo. Las raíces comunitarias del México tradicional están intactas. La acción popular recubrió y rebasó en unas pocas horas el espacio ocupado por las autoridades gubernamentales. No fue una rebelión, un levantamiento o un movimiento político: fue una marea social que demostró, pacíficamente, la realidad verdadera, la realidad histórica de México. O, más exactamente: la realidad intrahistórica de la nación. La enseñanza social e histórica del sismo puede reducirse a esta frase: hay que devolverle a la sociedad lo que es de la sociedad.

Los gérmenes del renacimiento están en el origen. Son los de nuestro comienzo. Han sobrevivido a muchas desdichas y tradiciones, a la seducción de la falsa modernidad y a las simplificaciones de las ideologías. Hay que preservarlos y vivificarlos. Sería funesto que se desvaneciesen o volviesen a ocultarse. De ahí que sea indispensable que en la tarea de reconstrucción-rectificación que será larga y penosa, participen todos los distintos grupos sociales. Tenemos que encontrar nuevas vías de participación popular. Es inaplazable asimismo que las autoridades oigan la crítica y acepten la fiscalización de la sociedad. Si el Gobierno quiere reconquistar la confianza popular y no exponerse (y exponernos) a un estallido más grave y profundo que el temblor, debe mostrarse más abierto y flexible. El Gobierno no es una fortaleza, sino un lugar de encuentro. No pido que abdique de su autoridad, sino que la comparta, que sea más atento y sensible a las voces de los que están fuera. El temblor sacudió a México, y entre las ruinas apareció la verdadera cara de nuestro pueblo: ¿la vieron los que están arriba?