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Estos hermanos españoles convivieron desde muy temprano con un gran acervo de lectura. Esta es su historia de éxito

Todos sabemos que en las sociedades occidentales el querer ser se mama desde la más temprana infancia, que es parte fundamental de los juegos de niños y una prerrogativa que sostiene el mundo profesional y laboral, para bien y para mal. Quizá recuerdes que antes de los 10 años querías ser bombero, superheroína, chofer de un tráiler o futbolista, pero el medio exterior y los estímulos a los que estamos expuestos determinan en gran medida nuestras decisiones interiores y sus consecuencias para que lleguemos a ser lo que alcanzamos a ver que somos.

En la provincia española de Ourense la historia de los hermanos Martinón Torres, nacidos entre 1971 y 1982, ilustra de un modo muy particular esa verdad que construimos cotidianamente. Hijos de Federico Martinón Sánchez, bibliófilo y jefe del área de pediatría del Hospital de Ourense hasta su jubilación, y de Georgina Torres, enfermera hasta la llegada de sus hijos y melómana empedernida, los siete hermanos crecieron entre los libros de una biblioteca familiar que ocupa un piso entero.

Federico, el mayor de los siete (y como buen primogénito), heredó positivamente el nombre y la profesión del padre, se licenció con el premio al mejor expediente académico y en la actualidad es uno de los pediatras más citados en España. También dirige el Grupo de investigación en Genética, Vacunas, Infecciones y Pediatría (GENVIP), que tiene como principal objetivo buscar nuevos enfoques para tratar enfermedades infantiles.

La segunda de la camada, nombrada como la madre, Georgina, nació en 1972 y ahora es geriatra en el Hospital General Universitario de Ciudad Real y miembro de la red Cochrane, una organización no lucrativa dedicada a la divulgación de información sanitaria libre de las artimañas del mercado. En la defensa de su tesis doctoral se expresa su formación familiar y bibliófila, pues allí analiza la obra pictórica de Velázquez, en especial Vieja friendo huevos o Cristo en casa de Marta y María, lienzos de 1618 y cuya modelo es la suegra del pintor. Georgina interpreta a Velázquez como “un médico total” y le sirve para estudiar el proceso de envejecimiento y depresión en las personas mayores.

María Martinón Torres nació 2 años después y hoy en día es paleoantropóloga, investigadora en los yacimientos de Atapuerca (Burgos, España) y responsable del hallazgo de los restos de 47 personas fallecidas hace más de 80 mil años. Su estudio de estos fósiles asiáticos descubiertos en la cueva de Fuyan, al sur de China, está replanteando la prehistoria de la humanidad, pues muestra que el Homo sapiens habitaba nuestro planeta desde mucho antes de lo que se creía. Cuando se le pregunta a María sobre este acontecimiento, se remonta a su fascinación infantil por las aventuras de Sherlock Holmes y las novelas de Julio Verne.

Mateo, más discreto, es el cuarto de los hermanos y se dedica a la gestión informática en una empresa de alimentación en Santiago de Compostela. Por su parte, Marcos, nacido en 1977, es catedrático en el University College de Londres y pasa los días entre los guerreros de terracota de Xian (China) y entre estatuas precolombinas en los alrededores de Bogotá. El arqueólogo de 38 años busca sacar del anonimato e identificar a los “Picassos chinos y americanos”, mientras evoca su infancia en la biblioteca paterna: “Yo quise ser arqueólogo desde muy pequeño porque estaba expuesto al arte y a la historia sin salir de casa”, sentencia Marcos, quien además dirigió el primer proyecto académico en Ruanda después del genocidio de 1994 que dejó 80 mil muertos, donde demuestra que la tecnología del hierro era conocida en África mucho antes de su llegada a Europa.

Dedicada a otro campo de estudio, aunque no menos célebre, Nazareth también se dedica a la pediatría y ha sido premiada por la Universidad de Salamanca debido a sus estudios sobre la meningitis. La investigadora de 33 años analiza los estragos de esta enfermedad bacteriana que ataca al cerebro y resulta mortal en el 50% de los casos registrados en el África subsahariana, región en la cual identifica un “cinturón de la meningitis” que recorre de costa a costa el continente, desde Senegal hasta Etiopía. Dicha enfermedad recrudece en invierno hasta formar epidemias que merman principalmente a la población infantil, por eso el objetivo de Nazareth es salvar vidas con base en estudios genéticos que podrían señalar ciertas zonas de los genes humanos que influyen tanto en la mortandad como en la resistencia a este mal.

Finalmente, Lucas, el séptimo y más pequeño de la camada, trabaja como periodista y director general de comunicación en la Xunta de Galicia, donde también destacó como artífice y escritor de los discursos de Alberto Núñez Feijóo, hoy presidente de la mencionada provincia española. Debido al éxito de esta campaña electoral, la prensa local no dudó en comparalo con Jon Favreau, el joven prodigio que le escribía los discursos a Barack Obama.

Las historias de vida de los Martinón Torres son una muestra de la importancia que tienen los estímulos y el medio en el que nos desarrollamos cuando niños, del modo en que los detalles cotidianos influyen en nuestros deseos y en las decisiones que tomamos. Se trata de historias de éxito, de lo que una sociedad determinada valora como una realización buena y razonable según una lógica de la formación pasiva, como si el medio exterior determinara nuestro rumbo y fuéramos sólo una materia dispuesta que se amolda a los requerimientos sociales del momento. También cabe pensar que la voluntad y cierta plasticidad de la experiencia individual operen alguna vuelta de tuerca que ponga en entredicho la preponderancia de un medio que no nos tocó elegir. ¿Será?

Con su habitual búsqueda por la libertad, Henry David Thoreau llegó a preguntarse sobre el sentido del trabajo y el afán incansable de productividad que lo rodea, una reflexión sumamente necesaria actualmente

El trabajo es una de las categorías más importantes lo mismo de nuestra época que, en buena medida, de la vida en sí. El trabajo puede ser, al mismo tiempo, fuente de preocupación o de satisfacción, causa de angustia o un medio para transformar paulatina y positivamente la existencia propia e incluso la convivencia social.

Por todo el tiempo que dedicamos a trabajar, por toda la energía y recursos que ponemos en ello, parece necesario y acaso incluso urgente hacer una pausa para reflexionar qué lugar tiene el trabajo en nuestra vida, qué efectos, qué fines perseguimos al trabajar y cómo esto se encuentra en relación con los demás aspectos de nuestra vida.

En sus Diarios, Henry David Thoreau dedicó algunas páginas lúcidas y memorables a la cuestión. Como sabemos, Thoreau adquirió relevancia por retirarse en cierto momento de su vida a los bosques de Walden Pond, Massachusetts, en un retiro que eligió siguiendo una consigna clara:

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida, para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido.

En este sentido, Thoreau fue siempre un hombre proclive a la reflexión y el cuestionamiento, especialmente de aquello que se nos impone socialmente y ante lo cual, en ocasiones, parece que el individuo se encuentra inerme, indefenso, con ninguna otra opción más que resignarse a aceptarlo –como la obligación de trabajar.

En un apunte de marzo de 1842, Thoreau escribió:

El trabajador realmente eficiente se da cuenta de que no tiene que colmar su día de trabajo, sino más bien acometer sus labores diarias con un aura de tranquilidad y placer. De esta manera, tiene un amplio margen para relajarse durante el día. Del tiempo, guarda con celo el grano y procura no exagerar el valor de la cáscara. ¿O es que una gallina se sienta a poner el día entero? Puede poner solamente un huevo y, paralelamente, no colecta lo necesario para poner otro. Quien trabaja mucho no trabaja arduamente.

Las palabras de Thoreau –en especial las finales– tocan uno de los rasgos más característicos del trabajo en su forma contemporánea: la productividad, sin duda uno de los supuestos propósitos más perseguidos tanto por empleadores como por empleados, quienes participan –a veces inconsciente o involuntariamente– en una carrera frenética en donde parece que el único objetivo es producir más, siempre más, aunque nadie sepa por qué ni para qué o para quién se produce eso que resulta del trabajo cotidiano.

Es esta una competencia ciega que, entre otros efectos, por sus condiciones mismas no conduce a otro fin más que al cansancio perpetuo, al agotamiento y la decadencia en sentido literal y figurado, real y simbólico: en todo el mundo, miles o millones de personas viven perpetuamente fatigadas, sometidas a una exigencia de producción que no cesa, ni de día ni de noche; o, en otro caso, podemos considerar lo que sucede con los recursos y la vida de nuestro planeta, afectados al punto del colapso debido a la producción sin fin de un sistema económico incapaz de frenar sus procesos.

Ante este panorama, el mensaje de Thoreau se inscribe como una suerte de llamado a la pausa y la reflexión. Dicho con un término significativo dentro del psicoanálisis lacaniano, podríamos pensar mejor aún en una interrupción. Es necesario interrumpir el trabajo, su agotante cadena de producción, su exigencia de ser siempre eficiente y acaso, por encima de todo, el vaciamiento constante de sentido al que nos lleva y que además contagia a otros aspectos de nuestra vida. Como una especie de flujo hiperactivo, el trabajo en su forma contemporánea parece más estar erosionando la vida subjetiva y social del ser humano que, como quería Marx, contribuir a transformarla.

También en Walden encontramos esta breve reflexión, que nos ofrece otro motivo para pensar la manera en que trabajamos actualmente:

La mayor parte de los hombres, incluso en este país relativamente libre, se afanan tanto en artificios innecesarios y labores absurdamente mediocres, que no les queda tiempo para recoger los mejores frutos de la vida.

¿Para qué queremos la libertad?, parece preguntarnos entre líneas Thoreau. ¿Para desgastarnos y desperdiciar nuestro tiempo? ¿Para trabajar agotadoramente? ¿O para “recoger los mejores frutos de la vida”?

 

El fragmento citado de los Diarios de Thoreau fue tomado de BrainPickings.

Ilustración: A. Dan (de la novela gráfica Thoreau - La vie sublime, realizada en colaboración con Maximilien Le Roy)

 

Del mismo autor en Pijama Surf: ¿Por qué aceptamos tan fácilmente trabajos que nos enferman, nos endeudan y nos esclavizan?

Twitter del autor: @juanpablocahz