*

X

Esto no es de mal gusto: Die Antwoord y lo zef, un cortocircuito de la cultura

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/26/2017

La banda sudafricana Die Antwoord demuestra que la cultura es un ente que vive gracias a sus contradicciones

La idea general que se tiene de cultura casi siempre presenta un equívoco esencial: con mucha frecuencia, se le asocia sólo con la llamada “alta” cultura, jerarquización un tanto cuestionable que además de que supone una “baja” cultura, impone también una falsa rigidez a algo que por naturaleza se encuentra siempre en movimiento, siempre en cambio constante y, sobre todo, en continua mezcla.

En este sentido, al hablar de cultura sería mejor entenderla como un inmenso panel, inabarcable, en donde concurren miríadas de flujos, corrientes eléctricas, algunas con mayor potencia que otras, que siguen su curso hasta encontrarse unas con otras y generar algún efecto –en ocasiones, incluso un cortocircuito.

¿Qué es ese cortocircuito de la cultura que en años recientes se ha dado en llamar zef y que está plenamente identificado con la banda Die Antwoord?

No existe una definición concreta de lo zef. Lo más cómodo para comenzar sería partir de lo que parece evidente: el “mal gusto”, una categoría que de una u otra forma muchos conocemos, que tiene su propia manifestación en cada cultura local pero, sobre todo, algo que pocos se atreven a cuestionar. Como antes con la idea de “alta cultura”, el mal gusto sólo existe por una oposición que implica también un juicio, en la medida en que tácitamente está por debajo del “buen gusto”. Lo kitsch, lo naco, en cierto momento incluso lo pop: en su origen, todo ello fue considerado de “mal gusto”.

Lo zef, sin embargo, parece tomar distancia de esa categoría moralizante y, como todo lo marginal, no mira con deseo aspiracional todo lo que los agentes del “buen gusto” hacen para adueñarse y monopolizar la cultura. A lo zef esto le tiene sin cuidado. Al menos tal y como lo defienden Ninja y Yo-Landi, los dos raperos sudafricanos que, junto con God, productor y DJ, conforman Die Antwoord desde 2008.

En su definición de lo zef, la mayoría de las reseñas suelen citar estas palabras que Yo-Landi, entre otras ocasiones, dijo una vez a Hermione Hoby, en Londres, cuando la periodista entrevistó a la banda para The Guardian:

[Lo zef] está asociado con personas que modifican sus coches y suenan a oro y más mierda. Zef es que eres pobre pero fancy. Eres pobre pero sexy: tienes estilo.

Esto, sin duda, nos da ya una idea si no acabada sobre lo zef, sí al menos útil para empezar a entender, al menos por la vía de la comparación. En esta época, prácticamente en cualquier territorio podríamos encontrar un equivalente local para el zef sudafricano, más aún si tomamos en cuenta que esta categoría comenzó a cobrar relevancia entre la década de 1960 y la de 1970, cuando la clase media y obrera de Johannesburg vivió cierto auge económico gracias al aumento del precio del oro en el mundo, metal que entonces se explotaba profusamente en la zona. La mejora en la economía personal y familiar se tradujo, entre otros fenómenos en uno muy especial: el “pimpeo” de los autos que ya tenían esos obreros, fuera con rines lujosos, motores mejorados, llantas nuevas. Según parece zef proviene de Zephyr, un modelo de la automotriz Ford bastante popular entre las clases medias de la capital sudafricana. Quienes comenzaron a delimitar lo zef mostraban también el desdén hacia quienes elegían gastar su recién adquirido dinero en algo aparentemente trivial como modificar un coche.

Pero eso no es todo en la definición de Yo-Landi. Antes de esas palabras –que sin duda coinciden con la historia de lo zef– hay algo más:

Zef es un poco como que nada te importa un carajo, como que vienes en tu propia presentación y estás en tu misión personal.

Y quizá esa sea la esencia auténtica tanto del término en sí como de Die Antwoord.

No existe tal cosa como el “mal gusto”. Lo excéntrico, lo diferente, lo inusual, lo que sale de la norma, son signos con los que la cultura hace evidente la vitalidad que le es propia. Y no por la cultura en sí, sino por las personas que la construyen. Esa vitalidad es en su origen subjetiva: la decisión de un par de raperos y un DJ por emprender esa misión propia, sin importar nada, sin importar que alguien califique como de mal gusto su música, su atuendo, su performance.

 

Agradecemos a Supra México la invitación que hizo a Pijama Surf para asistir al concierto de Die Antwoord en la Ciudad de México. 

Las palabras del sendero del bodhisattva de Shantideva sobre la paciencia son invaluables herramientas para dejar de perder energía en frustración y preocupación

El budismo, en tanto una religión o una ciencia espiritual de la mente, reconoció tempranamente que siempre el enojo y el odio producen sufrimiento. Shantideva, el gran maestro indio que fue tan influyente en el budismo tibetano, escribe en el capítulo sobre la paciencia en su Camino del Bodhisattva:

El enojo destruye toda buena conducta, tal com la generosidad o la devoción a los maestros iluminados, que ha sido adquirida por miles de eones... No hay un vicio como el odio, y no hay austeridad como la paciencia... la mente no encuentra paz, ni encuentra placer y dicha, ni siquiera descanso y fortaleza cuando la espina del odio reside en el corazón.

En los versos que quizás son los más famosos actualmente de este texto que ha inspirado a miles de maestros budistas, se dice con una lógica impecable:

Si hay un remedio, ¿de qué sirve entonces la frustración? Si no hay remedio, ¿de qué sirve entonces la frustración?

Esta es la traducción de Alan Wallace, pero alternativamente ha sido traducido el término frustración por "preocupación" o "abatimiento". Se lee a veces: "Si hay un remedio, ¿de qué sirve entonces la preocupación? Si no hay remedio, ¿de qué sirve entonces la preocupación?". Esta es la forma correcta y desapegada de ver las cosas. La frase hace referencia al hecho de que las cosas no serán nunca resueltas en el pasado ni en el futuro y dedicar nuestra energía a anticiparlas o a lamentarnos por ellas es simplemente absurdo. Podemos simplemente relajarnos y no luchar contra el mundo. Al preocuparnos y luego frustrarnos somos víctimas de nuestra propia mente desbocada, que vive en la irrealidad del miedo y la esperanza, y perdemos presencia y la atención indivisa que nos da atender a lo presente, a lo real inmediato. Al perder esta atención presente, perdemos también energía y recursos para resolver cualquier cosa. La preocupación es siempre un multitasking, una forma de estar sin estar del todo. Al preocuparnos y anticipar sucesos (desear que ocurran o que no ocurran) aumentamos siempre la posibilidad de generar más frustración o insatisfacción, ya que evidentemente nuestra preocupación poco control tiene sobre los resultados de los cuales se pre-ocupa. Incluso la imaginación que tanto nos puede servir para resolver alguna cuestión, y que en cierta forma es una actividad mental que se aleja de la observación de lo inmediato, obtiene su verdadera fertilidad cuando se dispara de la presencia, de un estar observando el mundo en su frescura y no del obsesivo diálogo interno de la preocupación y de la angustia.

Merece hacer una breve digresión para recuperar cómo encontramos esta sabiduría milenaria también en la tradición occidental bajo una enigmática frase atribuida a Pitágoras en el texto “Sobre la educación de los hijos”, atribuido a Pseudo Plutarco. Se cita ahí el consejo de vida: “no devorar el corazón”, mejor conocido por el fraseo en latín: Cor ne edito. El mismo Pseudo Plutarco (autor desconocido que se agrupa en el genérico Pseudo Plutarco) explica de manera muy práctica que “No te comas el corazón” significa simplemente “no dañar el alma consumiéndola con preocupaciones”. La frase funciona por su poder gráfico: la angustia, la preocupación nos hacen autodevorarnos, el estrés es un asesino silencioso, diríamos en la modernidad. El estrés es también un asesino fantasmagórico, ya que nos excitamos y angustiamos por cosas que no están realmente ahí, por cosas que no han llegado aún. Pero nos cuesta trabajo ver esta simple realidad: la inexistencia de nuestros enemigos y la inutilidad de nuestras preocupaciones. Por supuesto, la clave yace en la paciencia. Parece evidente que las tradiciones antiguas tenían algo más parecido a una ciencia de la paciencia que nosotros. Pero somos nosotros, en un mundo cada vez más saturado de pequeños estímulos y estrés, los que la necesitamos más. 

La esencia de la paciencia es la correcta comprensión de la realidad, el entendimiento por una parte de que las emociones tóxicas que el budismo llama kleshas (aquello que nos mantiene en la ilusión del samsara) tienen efectos reales en nuestra mente y en nuestra vida y por lo tanto debemos cortarlas en su raíz, utilizar antídotos para evitar que se impongan a nosotros (o en prácticas más avanzadas emplearlas como energía en un proceso alquímico); y, por otra parte, la comprensión de los principios básicos de la realidad, que para el budismo son la impermanencia y la ausencia de una existencia inherente o de un yo estable y separado que es lo mismo a la total independencia de todas las cosas y la ausencia de absolutismos. Una vez que estos principios son comprendidos, la paciencia se establece de manera natural.

El Dalái Lama glosa este famoso capítulo, señalando que la tradición budista mahayana considera que la perfección de la paciencia es el antídoto del enojo. Para cultivar la paciencia ayuda contemplar la profunda negatividad que significa enojarse. Enojarse, en la mayoría de los casos (salvo cuando estamos utilizando esta emoción en términos tántricos para aniquilar la ignorancia), produce por todos lados efectos destructivos. Simplemente el estado emocional del enojo (y del odio que Shantideva agrupa también aquí) es un semillero de malestar futuro (de semillas kármicas negativas), agrede a las personas que queremos y nos agrede a nosotros física y psicológicamente. Sabiendo esto, sabiendo que enojarse es un error, en tanto que produce situaciones que nos hacen y harán sentir mal en el futuro, es evidente que uno debe intentar evitar enojarse. Esto es lo más básico del conocimiento y dominio de la mente.

Shantideva explica que no obtener lo que queremos, la insatisfacción o la incomodidad mental (yi mi-dewa en tibetano), es el origen del enojo. Esta insatisfacción da origen a la frustración, y cuando esto sucede las condiciones para la irrupción del enojo están dadas. De aquí que lo más inteligente es ir a la raíz, notando que es esta insatisfacción, que da lugar a la frustración, lo que acaba produciendo enojo. La insatisfacción surge como consecuencia de no comprender la naturaleza de la realidad. Esto es, que todas las cosas son impermanentes y que el yo con el que nos identificamos y desde el cual confrontamos al mundo no tiene la importancia que le damos. Es más, según la psicología budista, este yo como lo concebimos no existe. Ni es sólido, ni existe por separado de los demás, ni lo podemos ubicar en algún lugar específico (no está en el cerebro, ni tampoco en el cuerpo, sino que surge de manera interdependiente, es un yo relativo y no absoluto). Ni existimos tampoco enfrentados a un universo de objetos, ni nosotros somos el único sujeto en una especie de castillo amurallado en el cual nos protegemos ante un mundo que no se somete ante nuestros deseos. En realidad lo que somos es mucho más fluido y abierto y conectado y por lo tanto no tiene sentido querer que el mundo satisfaga a este yo delirante en su castillo, como un dictador frustrado. Shantideva hace una muy sencilla y poderosa analogía, que nos puede ayudar a entender cómo, si bien nunca podremos controlar el mundo externo, hay algo que podemos hacer para evitar contrariedades:

¿Dónde podría yo encontrar tela suficiente  

Para cubrir la superficie de la tierra?

Pero (usando) tela solamente en las suelas de mis zapatos

Es equivalente a cubrir la tierra con ella.  

Asimismo, no es posible que yo logre  

controlar el curso externo de las cosas.

Pero puedo controlar mi propia mente 

¿Qué necesidad tendría entonces de controlar lo demás?

No podremos controlar o restringir la manifestación de los fenómenos externos y sus sucesos indeseados, menos aún cuando vivimos un caos interno. Pero si controlamos y somos capaces de domar nuestra mente, entonces lo que sucede afuera nos nos afectará de tal forma que nos haga padecer enojo, odio, ambición, confusión y demás emociones negativas. Tendremos ecuanimidad. Y, con el tiempo, ya que el budismo mantiene que todos los fenómenos proceden de la mente, al calmar nuestra mente calmaremos también los fenómenos que ocurren a nuestro alrededor, y podremos habitar de manera armónica, sin tal dicotomía entre nuestra realidad interna y externa, todo acoplándose en un mandala de orden, belleza y creatividad.

Merece hacer un reforzamiento del tema de la impermanencia, que es la condición básica de todas las cosas de este mundo: todo cambia y todo muere, todo surge y todo desaparece. Si entendemos esto verdaderamente, no a un nivel intelectual solamente, sino a un nivel visceral, no estaremos constantemente sintiendo malestar porque las cosas a nuestro alrededor están cambiando y comportándose de formas que van en contra de nuestros deseos (nunca nada pudo haber sido poseído). Como dice Suzuki Roshi, el verdadero entendimiento de la renuncia no es renunciar a todo lo que tenemos en el sentido de abandonar todas nuestras posesiones y vivir como vagabundos, es simplemente entender que todas las cosas (personas, fenómenos, conceptos) de todas maneras se están yendo, en este momento ya se están disolviendo y desapareciendo y eventualmente todo a lo que le tenemos apego dejará de existir. Esto significa, de hecho, que la renuncia, el desapego es la perspectiva correcta de la realidad. Es la visión panorámica, más amplia y más inteligente. 

A diferencia del psicoanálisis que permite llegar a un estado de aceptación de la condición humana en el cual la neurosis consustancial es paliada en un estado general de contentamiento, el budismo ofrece una perspectiva diferente y más radical: el sufrimiento y la insatisfacción pueden ser completamente erradicados. Esta es la tercera noble verdad del Buda (la cuarta es el sendero que lleva a la erradicación total del sufrimiento). El mundo no dejará de ser impermanente y todas las cosas se disolverán, pero es posible verlo desde otro lugar. El budismo propone que si uno deja de percibirse desde la cerrazón del yo individual en oposición al mundo, en la constricción dual sujeto-objeto, y se da cuenta de la vacuidad o la ausencia inherente de la existencia, entonces naturalmente deja de existir esta avidez y aversión ante las cosas. Descubrir la vacuidad es la solución a todos los problemas, porque no hay un alguien que los tenga. En otras palabras, si uno deja de fijar su conciencia en el yo, deja un punto de vista cerrado sobre sí mismo y extiende y distiende su mente a las relaciones, al conjunto entero de las interconexiones, puede experimentar la realidad como un proceso interdependiente, que nunca cesa, y en el cual todo está involucrado en todo (por lo cual no hay carencia ni deseo). Esta es la maravilla del estado búdico, según es descrito por los grandes maestros del zen y del vajrayana, en el cual la mente se experimenta a sí misma como la totalidad, sin disolverse como una gota en el océano, sino experimentando tanto la gota, la existencia particular, como el océano. Este es el misterio que propone el budismo (y también, a grandes rasgos, otras religiones como el hinduismo), que la cognición, o el acto de darse cuenta de la existencia, no se limita solamente a un cerebro y a un cuerpo material, sino que se extiende a todas las cosas, es como el espacio mismo, una luminosidad autocognitiva que se experimenta como todas las formas posibles, una de ellas es este ego que se siente atrapado y en perpetua lucha contra un feroz y seductor universo. Este principio de cognitividad impersonal, que no es una cosa, sino un proceso infinito, es la existencia misma, una vacuidad radiante que es la base de todos los fenómenos, lo único que no cambia en un mar de manifestación y disolución. Es por ello que se dice que, en su sentido más esencial, el universo no es nada más que sabiduría.

 

Twitter del autor: @alepholo