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En esta entrega de DECÁLOGO, compartimos las 10 películas definitivas de la época dorada del blockbuster

Aunque las tres películas más taquilleras de la historia a nivel mundial fueron estrenadas en diciembre, Avatar (2009) y Titanic (1997) dirigidas por James Cameron, así como Star Wars: El despertar de la Fuerza (2015) de J. J. Abrams, los denominados blockbusters tuvieron su origen en el verano de 1975, cuando la cinta Tiburón del joven Steven Spielberg irrumpiría como un estruendo que transformaría, para bien y para mal, la forma de producir el cine como industria. Spielberg derrumbaría los patrones tradicionales de los estudios cinematográficos, redimensionaría las apuestas financieras del cine independiente justo en la que quizá haya sido la mejor década de este cine en Estados Unidos. Así es, la paradoja de una década que regaló obras maestras como Contacto en Francia (1971) de William Friedkin, Deliverance (1972) de John Boorman, Taxi Driver (1976) de Martin Scorsese o The Deer Hunter (1978) de Michael Cimino, nos trajo tras Tiburón a la primera propuesta seria de superhéroes que hoy empalagan las salas de cine con Superman (1978) de Richard Donner, y sobre todo, con la obra maestra de las cintas catalogadas como independientes, de estudio, ciencia ficción, aventuras y mitología al mismo tiempo, Star Wars (1977) del entonces visionario George Lucas. Star Wars catapultaría no sólo la taquilla sino la forma de distribución de las películas, los acuerdos comerciales, la venta de licencias, la comercialización de artículos aleatorios y el sello de valor que tendrían las franquicias a partir de ese instante para transformar la historia del cine desde la taquilla y los efectos especiales hechos no sólo para que la película sea veraz, sino para la taquilla misma. Diversos directores como Francis Ford Coppola (director de El Padrino (1972) y que apoyara la taquillera cinta independiente American Graffiti del mismo Lucas), David Cronenberg, David Lynch, Milos Forman, Brian de Palma, John Cassavetes, Peter Bogdanovich, Woody Allen, Ridley Scott, entre otros, revolucionarían el cine desde las propuestas narrativas, visuales y publicitarias, sin que éstas eliminaran posibilidades creativas, artísticas y filosóficas al mismo tiempo.

Esta generación de realizadores encontró su nicho creativo; todos estarían definidos por la forma en que filmarían atendiendo a la industria desde el comercio, los festivales o desde la necesidad de llenar las butacas de las salas de cine. A continuación en esta entrega de DECÁLOGO, compartimos las 10 películas definitivas de la época dorada del blockbuster y que definirá las décadas posteriores, donde el impacto taquillero pasó de ser un fenómeno a una obligación para la subsistencia de una industria. La lista no está definida por la taquilla estadounidense ni global, sino por el impacto que haya tenido desde el concepto “blockbuster”: estreno de verano, considerado en la industria como el período comprendido entre los meses de mayo y agosto, gran producción, efectos especiales, grandes resultados de taquilla, impacto en audiencia y fenómeno cultural. Las primeras cintas de este fenómeno deslumbraron; con los años, la fórmula terminó por crear películas desde el artificio comercial y sin mayor aportación argumental.

 

1- TIBURÓN (Jaws)

(1975, Dir. Steven Spielberg)

Fundacional ofrenda del cine de calidad que refresca, innova, sorprende y cautiva, que hace de los efectos visuales una sinfonía en cuyas notas compuestas por John Williams caracterizó el suspendo de las playas, la fama de las aletas que se asoman y el tarareo de la amenaza. Steven Spielberg alcanzó la inmortalidad muy pronto, después lograría repetir el milagro en películas emblemáticas de la ciencia ficción: Encuentros cercanos del tercer tipo (1978), E.T., el extraterrestre (1982) y Sentencia previa (2002). No obstante, serían sus películas históricas las que le brindarían el reconocimiento de la crítica tradicional: La lista de Schindler (1993), Rescatando al soldado Ryan (1998) y Lincoln (2012), por ejemplo. Aunque son las aventuras, que más adelante aparecerán en la lista, su legado de nostalgia y fascinación que incluso como productor logró cautivar a la audiencia generacional. Cierto es que cuando una fórmula se aprende y repite, termina por abandonar el asombro en la rutina, dejando los ojos deslumbrados en la costumbre de la cotidianidad. Tiburón es la primera de tres cintas que aparecen en este decálogo, dirigidas por el director nacido en Cincinnati en 1946. 

 

2- LA GUERRA DE LAS GALAXIAS (Star Wars)

(1977, Dir. George Lucas)

Ópera espacial por excelencia, el culmen de la ciencia ficción popularizada y su influencia en la cultura de fin de siglo, la concatenación de culturas, credos, filosofías, religiones y fantasías; la símil relación de los resabios de la segunda guerra mundial, los gobiernos totalitarios, los imperios del dogma y la rebelde resistencia que es más la apelación al statu quo del mito. Ninguna película ha tenido mayor influencia en la cultura popular que esta epifanía de efectos visuales, edición audaz, música perfecta, dirección empedernida aunque ausente, una mezcla de actores promesas, en proceso y consagrados, y la muestra redentora de la realidad asequible por una energía predeterminada, sugerente, espiritual, mística e inexorable, un lugar común, extraordinario e improbable, para una película sin mayor pretensión para los distribuidores de su tiempo, pero el sueño realizado de su director. Justo ahora que se apresta a estrenar el octavo episodio de una saga que va y viene, que atiende a la secuela y a la precuela para después volver al ciclo, y celebrando las 4 décadas desde aquella primera traza en pantalla de “En una galaxia muy, muy lejana…” vale recordar el fondo, la forma y la fuerza que acompañan a la película ganadora de siete premios de la Academia, que tras habitar incólume el Rancho Skywalker en San Francisco, ahora reside en las paredes del castillo por excelencia del capitalismo cinematográfico, los estudios Disney.

 

3- INDIANA JONES Y EL ARCA PERDIDA (Raiders of the Lost Arc)

(1981, Dir. Steven Spielberg)

Nominada al Óscar como Mejor Película en 1981, la primera película de la saga de Indiana Jones sacudió los recuerdos de las cintas de aventura, búsqueda y conquista con pericia del territorio inhóspito, del tesoro perdido, de la grandeza escondida y sólo encontrada por el explorador, que tuviera su epítome con El tesoro de Sierra Madre (1948), dirigida por John Huston y protagonizada por Humphrey Bogart.

 

Sin duda bajo la influencia de la enorme cinta que relata la fiebre por el oro, la ambición por la promesa dorada y el egoísmo de su encuentro, Indiana Jones rescata los vericuetos y vicisitudes de la exploración, pero a cambio, ofrece matices, virtudes y una formación profesional al héroe. El arqueólogo que buscó en un momento ser George Lucas en la Universidad del Sur de California, aparece retratado en quien fuese su Han Solo, Harrison Ford completó el dual legado, su herencia más importante, el heroísmo desenfadado, temerario, tosco y a la vez carismático que definirá su carrera. Curiosamente, esta película es una secuela, ya que será Indiana Jones en el templo de la perdición de 1984, la que renombraría a la primera y de hecho, se situaría 2 años antes de la cinta original, dejando así la búsqueda del arca perdida en un punto de interludio de la trilogía original que culminaría con Indiana Jones y la última cruzada, de 1989. El personaje renació en 2008 con la ambigua y mixta Calavera de cristal y en 2009 por quinta vez Harrison Ford asumirá el rol que le daría independencia de Star Wars y que dejaría muy en alto el listón del heroísmo cinematográfico. Acorde al American Film Institute, sólo el Aticcus Finch de Gregory Peck en ¿Cómo matar a un ruiseñor? (1962) de Robert Mulligan sobre la célebre novela de Harper Lee, supera el heroísmo de Jones sobre la pantalla. Nuevamente John Williams acompaña en compases y a fanfarrias al binomio Spielberg/Lucas en una cinta que bien pudiera ser un homenaje fotográfico a las películas de David Lean. Resulta imposible no recordar Lawrence de Arabia (1962) en los cuadros del desierto tunecino.

 

4- VOLVER AL FUTURO (Back to the Future)

(1985, Dir. Robert Zemeckis)

Una de las premisas más recurrentes de la ciencia ficción ha sido el viaje por el tiempo, y si una virtud sobresale de la cinta dirigida por Robert Zemeckis, es sin duda la nostalgia. La película estrenada en 1985 hace de los años 80 una vuelta al pasado que enarbola el nacimiento masivo del rock and roll en 1955. La guitarra que resuena “Johnny Be Good” durante el tradicional baile de graduación, estremece la secuencia en que Marty debe impedir que se altere su futuro y el de su familia.

Marty McFly debe unir a sus padres desde el empoderamiento de su escuálido padre, impedir el enamoramiento incestuoso de su madre, combatir la ambición futura de Biff y alcanzar al Doc justo debajo del reloj que significa su única oportunidad de salvar a bordo del mítico DeLorean tanto al Doc como su propia vida futura. Una épica de emociones y aliento juvenil que desborda imaginación y ritmo, gracias incluso a la banda sonora compuesta por Alan Silvestri y a la canción “The Power of Love” de Huey Lewis and the News. Michael J. Fox y Christopher Lloyd hacen de esta película un testamento del poder creativo de los clásicos blockbusters. Dos entregas más se darían de esta saga, la parte 2 (1989), digna e innovadora secuela, y la parte 3 (1990), donde el western lamentablemente no funciona como el futuro había revolucionado en la anterior entrega. Volver al futuro es toda una experiencia cinemática donde tiempo y espacio juegan desde la imagen.

 

5- PASIÓN Y GLORIA (Top Gun)

(1986, Dir. Tony Scott)

La década del “establishment” de la vida americana ideal tras la segunda guerra mundial y en el origen de la guerra fría, es retratada 30 años después, al medio de un Estados Unidos que se vende al mundo como la tierra de la libertad y la economía, en el punto más álgido de la competencia contra la Unión Soviética tras la década ideológica que tuvo en vilo al mundo en la crisis de misiles de Bahía de Cochinos en Cuba en los años 60, y tras la derrota en Vietnam en la turbulenta década de los años 70. Los 80 y más aún 1985, reflejará la propaganda de guerra, ya mismo ese año verá en Rocky IV, dirigida por el mismo Sylvester Stallone, la caricatura de los prejuicios y perfiles en su máximo esplendor. Testoterona, aviones, voleibol y una banda sonora de antología, hacen de Top Gun el escenario perfecto para la consolidación de Tom Cruise como estrella de cine y de Tony Scott como director de acción tras el éxito de Un policía suelto en Hollywood (1984). Cruise había ya impactado la taquilla juvenil ochentera con la cinta de culto Negocios riesgosos (1983) de Paul Brickman, donde se desliza por la sala de su casa en calzoncillos a ritmo de Bob Seger.

Pero será esta película de secuencias aéreas, sol californiano, amistades de lealtad y rivalidad vuelta en amistad, la que consolidará su registro en la industria cambiando los lentes Ray-Ban Wayfarer por el modelo aviador. La canción “Take My Breath Away” interpretada por el grupo Berlin ganaría el Óscar a Mejor Canción y el impacto de Top Gun sería tal que 2 años más tarde inspiraría la filmación del video promocional dirigido por Pedro Torres sobre la considerada Mejor Canción de los años 80 por el canal VH1, “La incondicional”, compuesta por Juan Carlos Calderón e interpretada por el cantante de mayor impacto de su generación y de varias en América Latina: Luis Miguel. Top Gun, sin muchas expectativas en su inicio, se convirtió en la cinta más taquillera de 1986, un modelo clásico del blockbuster político vestido de cultura pop.

 

*Iván Uriel Atanacio Medellín: Escritor y documentalista. Considerado uno de los principales exponentes de la literatura testimonial en lengua hispana. Sus novelas El surco y El Ítamo, que abordan la migración universal, han sido estudiadas en diversas universidades a nivel internacional. Dirigió los documentales La voz humana y Día de descanso. Es director editorial de Filmakersmovie.com.

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Los lagos subterráneos en su mirada cristalina: Reflexión de la cinta ‘La morgue’ (André Øvredal, 2016)

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Por: Psicanzuelo - 05/22/2017

Lo que se presenta como un cadáver de una chica en una morgue pudiera más bien ser la venganza del espíritu femenino en su más profunda esencia, en una cinta de horror gótico, de tintes industriales contemporáneos, que nos remiten a los más grotescos temores ancestrales

Es sabido que en la mayoría de casos, los mejores talentos cinematográficos se van a Hollywood, por obvias razones: más dinero, más industria, más fama, en fin, el sueño americano en su versión fílmica. Sobre todo directores, fotógrafos, en fin, puestos creativos en el equipo de filmación; son pocas las excepciones que siguen trabajando en su lugar de origen sabiendo lo que le sucede a la mayoría al aceptar la grandilocuencia: menos control creativo, y tener que apelar a todas las sensibilidades de la población para hacer negocio, dejando de ser auténticos en el camino. El caso del director noruego André Øvredal es curioso, no sólo ha debutado excepcionalmente en Hollywood, sino que su primer película americana es muy superior a la cinta que lo llevo allá. Trollhunter (2010) era una simpática cinta bien articulada de material encontrado, rodada en cámara en mano simulando material amateur, vertiginosa narración basada en puntos de vista; pero que explotaba las leyendas clásicas noruegas, en esos bosques misteriosos que hacen soñar despierto, pero nada más.

Media década después, Øvredal hace una película de horror puro, una invocación que ocurre enteramente en un sótano de dimensiones feministas, una obra excepcional. Lo primero que llama la atención es el reparto principal, padre e hijo con resonancias arquetípicas dentro del mundo del celuloide; el hijo Austin es interpretado por Emile Hirsch, aquel joven magníficamente dirigido por Sean Penn en la ya clásica Hacia rutas salvajes (Into the Wild, 2007), que se volvió un icono para su generación como joven (hijo) rebelde. El padre, Tommy, es interpretado por el gran actor Brian Cox (Zodiac, Match Point, Troya, El ladrón de orquídeas, L.I.E.), que es una presencia de padre en pantalla con cierta parte disfuncional que se ajusta perfectamente a la trama de La morgue, entrando al inconsciente del espectador desde que aparece en pantalla.

Lo siguiente que llama la atención es la manera como los efectos especiales físicos logran irnos involucrando con la trama de manera visceral; todo ocurre en una morgue privada, involucrando muertos y autopsias, bombardeando los nervios del espectador con macroinsertos de partes internas expuestas del cuerpo humano, extremadamente bien fotografiadas y con un sonido apabullante que acompaña a las imágenes dotándolas de vida.

Un cuerpo (Olwen Kelly) de una joven llega a la morgue familiar en condiciones misteriosas, descubierto junto a una matanza pero sin ser parte de ella, porque ya estaba ahí quién sabe desde cuándo. Aquí es donde es relevante el nombre de la película en inglés, La autopsia de Jane Doe, que quiere decir el nombre médico de un cadáver desconocido. Es un cadáver que arroja físicamente cierto misterio, brilla por decirlo de algún modo, aprovechando una gran actuación del cadáver que nunca deja de mirar al más allá, con sus dos dientes ligeramente separados de manera infantil naturalmente. Hay cadáveres en el pasado de los personajes, y del futuro, cuerpos-presencias-fantasmas femeninos (esposa y novia respectivamente del padre y del hijo, en un espíritu santo). La figura femenina juega un papel de sacerdotisa para una iniciación masculina, la mujer como elemento aparte, intocable como el cielo mismo, siempre resultando desconocida más allá de su rol de novia y esposa para el hombre, a través de los dos personajes.

Se van desatando conforme va avanzando la noche una serie de acontecimientos extraordinarios en el más puro sentido del escritor Edgar Allan Poe, suscitándose en los pasillos oscuros de la antigua casa que ha sido una morgue por décadas en un negocio familiar. Lo interesante también es el terror espiritual que se desprende de un cadáver, porque lo espiritual no tendría por qué ser únicamente bueno ¿o sí?, únicamente es opuesto a lo material, de capacidades fuera de este mundo, o que influyen en él sin ser parte suya.

El género cinematográfico antecediendo la emoción de los distintos momentos que van juntándose, en lo que pareciera un melodrama que más bien es una pieza, de profundas tesituras pero que en gran parte queda enterrada su parte emocional; que si existe (sabemos el pasado emocional de los personajes y cómo los hace ser como son), pero que no permea finalmente en la trama, puntos de partida para generar la emoción en un gore elegante. La esposa murió y el padre se cree responsable, quizás lo sea, y la novia tendría que vivir la misma suerte. Películas similares dentro del género han podido reflexionar sobre la figura femenina más allá de lo que provoca a un hombre, o mejor dicho resonando encerradas dentro de las estructuras masculinas que componen las paredes de nuestra sociedad: pensemos en La bruja (Robert Eggers, 2016) o en El Babadook (Jennifer Kent, 2105). Pero en La morgue, la mujer brilla por su ausencia, y vaya que brilla, sobre todo en medio de una estrepitante tormenta nocturna.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo